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Gratis · elegí una vozEn las profundidades de un bosque verde y frondoso, cerca del majestuoso río Paraná, vivía una tribu guaraní. Dos jóvenes indios, nacidos bajo la misma luna y el mismo sol, compartían la vida en la aldea. Uno, llamado Taragüí, era un muchacho fuerte y apuesto, como un rayo de sol. El otro era Güiratá, a quien la suerte parecía darle la espalda a cada paso. Decían que era tan feo como masticar escote, y en verdad, las cosas no le salían muy bien.
Güiratá sentía un profundo desprecio por Taragüí. ¡Todo le salía bien! Era valiente, hábil con el arco y la flecha, y además… ¡Irupé, la indiecita de la voz melodiosa y los cabellos negrísimos, prefería a Taragüí! Irupé era dulce como la miel y su risa era como el canto de los pájaros. Güiratá la amaba en secreto, o no tan secreto, pero Irupé solo tenía ojos para Taragüí.
Un día, consumido por la envidia y el deseo de impresionar a Irupé, Güiratá tuvo una idea… ¡una idea descabellada! Escuchó historias de tierras lejanas, de un país llamado Japón, donde existían maravillas tecnológicas. Así que, con todos sus ahorros (unas cuantas plumas de tucán y un collar de dientes de piraña), mandó a buscar un arco con controles electrónicos. ¡Un arco del futuro!
El arco era una verdadera joya. Podía regular la fuerza de la flecha, dibujar en el aire la trayectoria más loca, ¡incluso tenía una pequeña pantalla que mostraba el momento exacto en que la flecha alcanzaba su objetivo! Güiratá pensaba, con este arco, ¡Taragüí ya no será tan guapo! Pero había un pequeño, bueno, ¡enorme! problema: las instrucciones venían en japonés. ¡Güiratá no entendía ni una sola palabra!
"No importa," pensó Güiratá. "Yo soy muy listo, aprenderé a usarlo solo." Y así comenzó su entrenamiento. Colocó un blanco especial que venía en la caja del arco, y empezó a practicar. ¡Ay, Güiratá, qué desastre!
La primera flecha salió disparada con una fuerza descomunal y, en lugar de dar en el blanco, fue a parar directamente al techo de la choza del jefe de la tribu. ¡El jefe se enfadó muchísimo! La segunda flecha, en un giro inesperado, terminó ensartando el canasto de frutas que llevaba una anciana. ¡Las frutas volaron por todas partes! La tercera… bueno, la tercera flecha es mejor no recordarla.
Durante el primer mes de entrenamiento, las cosas fueron de mal en peor. Murieron ensartados por sus tiros (accidentalmente, ¡claro!) ciento veintitrés indios de su tribu, uno a uno. Ciento ochenta y nueve cotorras cayeron del cielo, piando desconsoladamente. Diecisiete yacarés, que tomaban el sol a orillas del río, se llevaron el susto de sus vidas. ¡Incluso un misionero jesuita, que andaba predicando por la zona, y catorce conquistadores españoles de la expedición de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que andaban perdidos buscando oro, sufrieron las consecuencias del arco chiflado de Güiratá!
La tribu estaba al borde del caos. El jefe, con el techo de su choza lleno de agujeros, amenazó a Güiratá con el destierro. Irupé, aunque preocupada por los accidentes, no podía evitar reírse de la torpeza de Güiratá. Taragüí, por su parte, intentaba ayudar a Güiratá, explicándole que la paciencia y la práctica eran más importantes que un arco sofisticado.
Un día, mientras Güiratá intentaba descifrar las instrucciones en japonés (con la ayuda de un diccionario ilustrado), Irupé se acercó a él. Le traía un pastel de mandioca y una sonrisa amable.
"Güiratá," le dijo Irupé, "sé que quieres impresionarme, pero no necesitas un arco mágico para hacerlo. Lo que importa es tu corazón. Y tu corazón, aunque a veces un poco torpe, es bueno."
Las palabras de Irupé tocaron el corazón de Güiratá. Se dio cuenta de que había estado tan obsesionado con vencer a Taragüí que había olvidado lo más importante: ser él mismo. Dejó el arco a un lado y, con la ayuda de Irupé y Taragüí, comenzó a practicar con un arco y flechas normales. Poco a poco, con paciencia y dedicación, Güiratá aprendió a disparar con precisión.
Ya no causaba accidentes. Ya no envidiaba a Taragüí. Y, aunque Irupé seguía prefiriendo a Taragüí (al menos por ahora), Güiratá se sentía feliz. Había aprendido una valiosa lección: la verdadera valentía no está en un arco sofisticado, sino en la honestidad y la perseverancia.
Y así, Güiratá, el indio de la mala suerte, se convirtió en un miembro valioso de la tribu, no por su habilidad con el arco, sino por su buen corazón y su capacidad para reírse de sí mismo. Y el arco japonés… bueno, el arco japonés terminó adornando la choza del jefe, aunque nadie se atrevía a acercarse demasiado.
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