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Un día soleado, Santiago salió a jugar al fútbol con sus padres y su hermana Sofía en el frente de la estancia. La hierba verde se extendía como una alfombra suave, y el aire olía a flores silvestres. Santiago, con su camiseta de rayas azules y blancas, estaba muy emocionado. ¡Hoy iba a meter muchos goles!
"¡Papá, mira esto!" gritó Santiago, pateando la pelota con todas sus fuerzas. La pelota salió disparada, cruzando el campo a gran velocidad. Pero, ¡oh, no! En lugar de ir hacia la improvisada portería, la pelota rodó, rodó y rodó hasta detenerse debajo de un enorme árbol de sauce llorón que ofrecía una sombra fresca y acogedora.
"¡Voy por ella!" exclamó Santiago, corriendo hacia el árbol. Sofía, su hermana, lo siguió de cerca, saltando y riendo. Cuando Santiago se acercó al árbol, vio que la pelota estaba casi escondida entre las raíces y las hojas caídas. Se agachó para alcanzarla, estirando su brazo lo más que pudo.
De repente, ¡miauuuu! Un pequeño felino de pelaje atigrado saltó de entre las hojas. Era Michi, la gata de la estancia, conocida por su carácter independiente y a veces un poco gruñón. Michi, asustada por el movimiento repentino de Santiago, le mordió el brazo sin querer.
"¡Ay!" gritó Santiago, llevándose la mano al brazo. Sintió un pequeño pinchazo y un dolor agudo. Empezó a llorar, asustado y adolorido. Sus lágrimas resbalaban por sus mejillas, dejando pequeños rastros brillantes.
Al escuchar el grito de Santiago, sus padres corrieron hacia él, preocupados. "¿Qué pasa, mi amor?" preguntó su mamá, arrodillándose a su lado. "¿Estás bien?"
Santiago, entre sollozos, señaló su brazo. "¡Michi me mordió!" exclamó, mostrando la pequeña marca roja en su piel.
Su papá examinó el brazo de Santiago con cuidado. "No te preocupes, campeón," dijo con voz tranquilizadora. "Es solo un pequeño mordisco. Vamos adentro y lo lavamos con agua y jabón."
Mamá tomó la mano de Santiago y lo ayudó a levantarse. Sofía, aunque un poco asustada por lo que había pasado, también se preocupó por su hermano. "¿Te duele mucho, Santi?" preguntó con voz suave.
"Un poquito," respondió Santiago, aún con lágrimas en los ojos.
Juntos, entraron a la casa. Mamá lavó cuidadosamente el brazo de Santiago con agua tibia y jabón suave. Luego, le puso un poco de crema antiséptica y le colocó una curita con un dibujo de un coche de carreras. Santiago sonrió un poco al ver el coche de carreras en su curita. ¡Le gustaban mucho los coches!
"Listo, campeón," dijo Mamá, dándole un abrazo. "Ya estás como nuevo. Ahora, descansa un poco."
Mientras Santiago descansaba en el sofá, su papá fue a buscar a Michi. La encontró acurrucada bajo el porche, tomando una siesta. Papá se agachó y le habló con voz suave. "Michi, no debes morder a los niños," le dijo. "Ellos solo quieren jugar. Si te asustas, puedes alejarte, pero no muerdas, ¿entendido?"
Michi, como si entendiera, ronroneó suavemente y frotó su cabeza contra la mano de Papá.
Después de un rato, Santiago se sintió mucho mejor. El dolor en su brazo había disminuido, y la curita con el coche de carreras lo hacía sentir valiente. Salió al jardín, buscando a Sofía.
"¡Sofi!" gritó Santiago. "¿Jugamos a otra cosa?"
Sofía, al verlo, corrió hacia él con una gran sonrisa. "¡Sí! ¿Qué te parece si jugamos a las escondidas?"
Santiago asintió con entusiasmo. "¡Me parece genial! Tú cuentas primero."
Sofía cerró los ojos y comenzó a contar: "Uno, dos, tres…" Mientras Sofía contaba, Santiago buscó un buen escondite. Vio a Michi, sentada cerca del árbol de sauce llorón, observándolos con curiosidad.
Santiago se acercó a Michi y le habló con voz suave. "Michi, lo siento si te asusté antes," dijo. "No quería hacerte daño. ¿Quieres jugar con nosotros?"
Michi, como respuesta, se levantó y se acercó a Santiago, frotando su cabeza contra su pierna. Santiago sonrió y acarició suavemente el pelaje suave de Michi. Tal vez, pensó Santiago, podrían ser amigos después de todo.
Esa tarde, Santiago y Sofía jugaron a las escondidas en el jardín, riendo y corriendo. Michi los siguió de cerca, observándolos con atención. Aunque al principio había habido un pequeño susto, el día terminó lleno de alegría y diversión. Santiago aprendió una importante lección: que incluso los animales más independientes necesitan un poco de paciencia y comprensión, y que un pequeño mordisco no puede arruinar un día de juego con la familia.
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