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Gratis · elegí una vozTula tenía seis años y era la mejor hermana mayor del mundo, al menos eso pensaba ella. Le encantaba cuidar de su hermanito, Mateo, que con solo dos añitos era una bolita de energía imparable. Un día soleado, Mateo comenzó a llorar con fuerza. ¡Quería sandía! ¡Sandía, sandía, sandía!, gritaba, mientras sus pequeñas manitas se estiraban hacia la nevera.
Tula, con su espíritu de superheroína doméstica, decidió que lo mejor era complacer a su hermano. Corrió a la cocina, sacó la sandía gigante y buscó el cuchillo más grande que encontró en el cajón. Era un cuchillo que mamá usaba para cortar el pan, y Tula sabía que no debía usarlo sin permiso, pero Mateo estaba llorando mucho, y ella quería hacerlo feliz. ¡Era una emergencia de sandía!
Colocó la sandía sobre la tabla de cortar, que parecía una pequeña isla en medio del océano de la encimera. Con todas sus fuerzas, levantó el cuchillo y… ¡zas! El cuchillo resbaló, y Tula sintió un dolor agudo en su dedo índice. ¡Ay! Soltó el cuchillo, que cayó con un golpe sordo sobre la tabla. Miró su dedo y vio… ¡sangre! Mucha sangre. El susto le paralizó por un instante.
Mateo, al ver la sangre y la cara de dolor de su hermana, dejó de llorar. Ahora, él estaba preocupado. Se acercó a Tula, con sus ojitos llenos de lágrimas. Vio un pequeño pedazo de piel que se había desprendido del dedo de su hermana y lo recogió con sus manitas gorditas. Con toda la seriedad del mundo, intentó pegar el pedacito de piel de nuevo al dedo de Tula. Lo presionaba con fuerza, pero no funcionaba. La sangre seguía saliendo.
"¡Ya, Tula! ¡Ya!", decía Mateo, intentando consolarla, mientras sus propias manitas se llenaban de sangre. Tula, entre el dolor y el susto, comenzó a llorar también. Ahora, los dos hermanos lloraban a moco tendido, uno por el dedo herido y el otro por no poder ayudar.
Por suerte, Doña Elena, la vecina de al lado, tenía un oído muy fino. Escuchó los llantos desconsolados de los niños y, preocupada, corrió a su casa. Doña Elena era una señora muy amable, con el pelo blanco recogido en un moño y una sonrisa que siempre iluminaba su rostro. Tocó a la puerta con suavidad y, al no obtener respuesta, la abrió con cuidado.
"¡Niños, niños! ¿Qué ocurre?", preguntó Doña Elena, al ver la escena. Tula, con su dedo ensangrentado, y Mateo, con las manos llenas de sangre, la miraron con ojos llorosos. Doña Elena entendió enseguida lo que había pasado. "¡Oh, cielos!", exclamó. "No os preocupéis, yo os ayudaré".
Con calma y dulzura, Doña Elena llevó a Tula al lavabo y lavó la herida con agua y jabón. Mateo, observaba con atención cada movimiento de la vecina. Doña Elena le explicó a Tula que tenía que ser muy cuidadosa con los cuchillos y que siempre debía pedir ayuda a un adulto. Después, le aplicó un poco de miel en la herida. "La miel es un excelente cicatrizante", le dijo con una sonrisa. Luego, le puso una tirita con un dibujo de un osito panda. A Mateo le lavó las manos con cuidado, explicándole que la sangre no era nada grave y que su hermana estaría bien.
Para calmar a Mateo, Doña Elena le prometió que ella misma cortaría la sandía. Con mucho cuidado, cortó la sandía en trozos pequeños y se la ofreció a los niños. Mateo, feliz de tener su sandía, olvidó por completo el incidente del dedo. Tula, con su dedo vendado y un poco avergonzada, aprendió una valiosa lección: los cuchillos son para los adultos, y siempre es mejor pedir ayuda que intentar hacer las cosas sola.
Esa tarde, Tula y Mateo disfrutaron de la sandía más deliciosa de sus vidas, sentados en el jardín, bajo la atenta mirada de Doña Elena. Tula aprendió que ser una buena hermana mayor no significa hacerlo todo sola, sino saber cuándo pedir ayuda. Y Mateo aprendió que la sandía sabe aún mejor cuando se comparte con los amigos y vecinos. Y, por supuesto, ambos aprendieron que Doña Elena era la mejor vecina del mundo.
Al día siguiente, la mamá de Tula y Mateo llegó a casa y se enteró de todo lo sucedido. Le dio las gracias a Doña Elena por su ayuda y abrazó a Tula, diciéndole que se alegraba de que estuviera bien. También le recordó que los cuchillos son peligrosos y que siempre debe pedir ayuda. Tula prometió que nunca más tocaría un cuchillo sin permiso.
Esa noche, antes de dormir, Tula le dio un beso a Mateo y le agradeció por intentar ayudarla. Mateo le sonrió y le dijo: "¡Tula buena hermana!". Tula sonrió también. Quizás no era la superheroína doméstica que creía ser, pero sí era una hermana mayor que amaba a su hermano con todo su corazón, y eso era lo más importante de todo.
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