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Gratis · elegí una vozBenjamín era un pequeño oso panda que amaba jugar al aire libre. Le encantaba trepar a los árboles más altos, perseguir mariposas de colores brillantes y chapotear en los charcos después de la lluvia. Un día, mientras jugaba a las escondidas con sus amigos, sintió un pequeño cosquilleo en la nariz. ¡Achís! Estornudó. No le dio mucha importancia y siguió jugando.
Pero el cosquilleo volvió, esta vez con más fuerza. ¡Achís, achís! Dos estornudos seguidos. Benjamín se rascó la nariz y pensó: "Mmm, creo que me está dando un poco de frío".
Al día siguiente, Benjamín se despertó sintiéndose fatal. Su nariz estaba roja y goteaba, su garganta le dolía y tenía un poco de fiebre. "¡Ay, no!", exclamó su mamá osa, al tocarle la frente. "Benjamín se ha resfriado".
La mamá osa llevó a Benjamín de vuelta a la cama y lo arropó con una manta suave y calentita. Le preparó una taza de té de miel y limón, que Benjamín bebió con gusto. El té estaba dulce y caliente, y le ayudó a aliviar el dolor de garganta.
"Debes descansar, Benjamín", le dijo su mamá. "No puedes ir a jugar afuera hoy. Necesitas recuperarte".
Benjamín se sintió muy triste. Quería jugar con sus amigos, pero sabía que su mamá tenía razón. Estaba demasiado cansado y no quería contagiar a los demás. Se acurrucó en la cama y suspiró.
Para animarlo, la mamá osa le leyó un cuento muy divertido sobre un conejo travieso que intentaba robar zanahorias del huerto del granjero. Benjamín se rió a carcajadas con las travesuras del conejo, y por un momento se olvidó de su resfriado.
Después de la lectura, la mamá osa le trajo a Benjamín un plato de sopa de pollo caliente. La sopa olía delicioso y Benjamín se la comió toda con gusto. La sopa le calentó el cuerpo y le dio un poco de energía.
Mientras Benjamín descansaba, sus amigos, la ardilla Sofía y el zorro Tomás, fueron a visitarlo. Estaban preocupados por él y querían saber cómo se sentía.
"¡Benjamín, estamos aquí!", gritó Sofía desde la puerta.
"¡Esperamos que te sientas mejor!", añadió Tomás.
La mamá osa los dejó entrar y les pidió que hablaran en voz baja para no molestar a Benjamín.
Sofía le regaló a Benjamín una flor amarilla que había recogido en el bosque. Tomás le dio un dibujo que había hecho de él jugando a las escondidas. Benjamín se sintió muy feliz de tener amigos tan considerados.
"Gracias, chicos", dijo Benjamín con una voz débil. "Me alegra mucho verlos".
Sofía y Tomás se sentaron junto a la cama de Benjamín y le contaron las aventuras que habían tenido ese día. Le hablaron de las mariposas que habían perseguido, de los árboles que habían trepado y de los charcos en los que habían chapoteado.
Aunque Benjamín no podía jugar con ellos, le encantó escuchar sus historias. Se imaginó a sí mismo corriendo y saltando con sus amigos, y por un momento se sintió mejor.
Al caer la noche, la mamá osa les dijo a Sofía y a Tomás que era hora de irse. Los amigos se despidieron de Benjamín y le prometieron volver a visitarlo al día siguiente.
Benjamín se quedó solo en su cama, sintiéndose un poco mejor gracias a la visita de sus amigos. Cerró los ojos y se durmió, soñando con mariposas, árboles y charcos.
Al día siguiente, Benjamín se despertó sintiéndose mucho mejor. Su nariz ya no goteaba tanto, su garganta le dolía menos y ya no tenía fiebre. ¡Se estaba recuperando!
Después de desayunar, Benjamín se sintió con tanta energía que le pidió a su mamá si podía salir a jugar un rato. Su mamá lo pensó por un momento y luego asintió.
"Está bien, Benjamín", le dijo. "Pero no te excedas. Todavía necesitas descansar un poco".
Benjamín salió corriendo al bosque y se encontró con Sofía y Tomás. Estaban muy contentos de verlo recuperado.
"¡Benjamín, estás de vuelta!", gritó Sofía.
"¡Nos alegra mucho que te sientas mejor!", añadió Tomás.
Benjamín y sus amigos pasaron el resto del día jugando juntos en el bosque. Treparon a los árboles, persiguieron mariposas y chapotearon en los charcos. Benjamín se dio cuenta de lo importante que era cuidar su salud y descansar cuando se sentía enfermo. También aprendió lo afortunado que era de tener amigos tan maravillosos que lo querían y lo apoyaban. Y aunque a veces era inevitable resfriarse, sabía que con un poco de descanso, cuidado y el cariño de sus amigos, pronto estaría de vuelta jugando y explorando el mundo. Desde ese día, Benjamín siempre se abrigaba bien cuando hacía frío y se aseguraba de lavarse las manos con frecuencia. ¡No quería volver a tener un estornudo gigante!
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