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Gratis · elegí una vozEn la Escuela Risueña, la jefa de la Unidad Técnico Pedagógica (UTP), la Señora Rufina, era conocida por su voz potente y sus gafas que siempre resbalaban por su nariz. Hoy era el día de presentar los resultados del primer semestre, y Rufina estaba más nerviosa que un flan en un terremoto.
“¡Buenos días, profesores!” exclamó Rufina, entrando al salón de profesores con una carpeta enorme. “¡Hoy vamos a revisar los resultados! ¡Espero que todos estén preparados!”
El Director, Don Eusebio, un hombre con bigote blanco y una risa que retumbaba como un trueno suave, estaba sentado en la primera fila, con una taza de café en la mano. Sonrió a Rufina.
Rufina comenzó a leer los resultados. “En matemáticas, un 40% de los alumnos no alcanzó el nivel esperado… en lenguaje, un 30%… ¡Y en ciencias…!”
La Señora Hortensia, la profesora de matemáticas, interrumpió. “¡Pero Señora Rufina! ¡Es que los niños están distraídos con los videojuegos! ¡Ya no les interesa sumar ni restar!”
“¡Eso no es excusa, Hortensia!” replicó Rufina. “¡Debemos buscar estrategias! ¡Ser más creativos!”
El Profesor Ramiro, el profesor de lenguaje, se unió a la discusión. “¡Y qué me dice de los padres, Señora Rufina! ¡No ayudan a los niños en casa! ¡No leen con ellos!”
“¡Ramiro, Ramiro!” dijo Rufina, sacudiendo la cabeza. “¡Siempre echándole la culpa a los demás! ¡Nosotros somos los profesores! ¡Tenemos que encontrar la manera de motivarlos!”
La discusión subió de tono. Las voces se alzaron, los dedos apuntaban, y las gafas de Rufina amenazaban con caerse en cualquier momento. Don Eusebio observaba todo con una sonrisa, tomando sorbos de su café. Parecía disfrutar del espectáculo.
“¡Usted no entiende, Señora Rufina!” gritó la Señora Hortensia. “¡Usted está en su oficina todo el día! ¡No ve lo que pasa en la sala de clases!”
“¡Claro que entiendo!” respondió Rufina, con la cara roja. “¡Yo también fui profesora! ¡Sé lo difícil que es!”
“¡Pues no lo parece!” insistió Ramiro, cruzándose de brazos.
De repente, Rufina sintió que algo se rompía dentro de ella. La presión, el estrés, las críticas… ¡Ya no podía más! En un arrebato, se levantó de su silla y caminó hacia la Señora Hortensia.
“¡A ver, Hortensia!” dijo Rufina, con los ojos chispeando. “¡Dímelo a la cara!”
Hortensia se levantó también, dispuesta a defender su punto. “¡Se lo digo! ¡Usted no sabe nada!”
Y entonces, sucedió lo impensable. Rufina empujó a Hortensia. Hortensia respondió con un codazo. ¡La pelea había comenzado!
Los demás profesores se quedaron boquiabiertos. ¡La jefa de UTP y la profesora de matemáticas se estaban peleando! ¡En medio de la reunión de resultados! Don Eusebio, en cambio, soltó una carcajada. La risa resonó en todo el salón.
Rufina, a pesar de su energía, no era muy buena peleando. Hortensia, por otro lado, tenía experiencia en clases de defensa personal. Rápidamente, Rufina se vio en el suelo, con Hortensia encima, intentando quitarle las gafas.
“¡Ya, ya, Hortensia!” gritó Ramiro, intentando separarlas. “¡Por favor, deténganse!”
Finalmente, lograron separarlas. Rufina estaba despeinada, con las gafas torcidas y un moretón en el brazo. Hortensia tenía un rasguño en la mejilla y el pelo alborotado.
Don Eusebio, todavía riendo, se levantó. “¡Bueno, bueno!” dijo. “¡Creo que esto es suficiente por hoy! ¡Continuaremos la reunión mañana!”
Rufina, avergonzada y adolorida, salió del salón de profesores. Don Eusebio la siguió, riendo a carcajadas.
“¡Rufina, Rufina!” dijo Don Eusebio. “¡Nunca había visto algo así! ¡Necesitas relajarte! ¡Tómate unas vacaciones!”
Rufina suspiró. Sabía que Don Eusebio tenía razón. Necesitaba un descanso. Y quizás, también, unas clases de defensa personal.
Al día siguiente, Rufina llegó a la escuela con un yeso en el brazo y unas gafas nuevas, más resistentes. Los profesores la miraron con curiosidad, pero nadie dijo nada. Don Eusebio le guiñó un ojo y le ofreció una taza de té.
Rufina aprendió una lección importante ese día. A veces, la mejor manera de solucionar los problemas no es con gritos ni empujones, sino con calma, paciencia y, quizás, un buen sentido del humor. Y también, que el Director Eusebio disfrutaba demasiado el caos.
Desde ese día, las reuniones de la Escuela Risueña fueron mucho más tranquilas. Y Rufina, bueno, Rufina aprendió a respirar hondo antes de hablar y a aceptar que no siempre se puede controlar todo. ¡Y Don Eusebio siguió riendo, pero ahora Rufina sabía que era solo su forma de ser! La escuela, después de todo, siguió siendo Risueña. ¡Y los niños siguieron aprendiendo, a pesar de todo el drama de los adultos!
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