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Gratis · elegí una vozSoy Lorenzo, el lobo. No soy feroz, soy...digamos...pacífico con un apetito considerable. Y mi vida era bastante tranquila hasta que *ella* apareció: Caperucita Roja.
Todo empezó un martes. Estaba yo, tranquilamente, disfrutando del sol cerca del sendero que cruzaba el bosque. Tenía un buen libro sobre botánica (adoro las orquídeas) y una cesta con bocadillos de zanahoria (¡deliciosos!). De pronto, ¡ZAS! Un ruido ensordecedor. Era Caperucita.
No iba cantando una dulce melodía, no, no. Llevaba un radiocasete gigante y a todo volumen sonaba… ¡música disco! Mis delicados oídos casi explotan. Traté de ignorarla, pero era imposible. Se acercó bailando torpemente, pisoteando mis flores silvestres.
"¡Hola, lobito!" gritó, con una sonrisa que parecía más una mueca. "¿Qué haces por aquí? ¿Planeando algo malvado?"
"En absoluto," respondí, tratando de sonar amable. "Sólo leo y disfruto de la naturaleza."
"¡Ja! Como si te creyera," dijo, poniendo los ojos en blanco. "Seguro que estás esperando a una abuelita desprevenida para comértela."
¡Qué barbaridad! ¡Comerme a una abuelita! ¿De dónde sacó esa idea tan descabellada? Le expliqué, con la mayor paciencia de la que fui capaz, que no tenía ningún interés en comer personas mayores, ni jóvenes, ni de ninguna edad. Que mi dieta se basaba principalmente en zanahorias y alguna que otra fruta silvestre.
Caperucita me miró con incredulidad. "¡Bah! ¡Un lobo vegetariano! ¡Qué aburrido!" Y, sin más, siguió su camino, dejando tras de sí un rastro de purpurina y el eco de la música disco.
Pensé que eso sería todo, pero ¡oh, error! Al día siguiente, volvió. Esta vez, llevaba un megáfono y, para mi horror, ¡estaba organizando una búsqueda del tesoro en mi territorio! Niños corriendo por todas partes, gritando y pisoteando mis orquídeas.
"¡Cuidado, niños!" gritaba Caperucita por el megáfono. "¡El lobo feroz está al acecho! ¡Si lo ven, griten bien fuerte!"
Intenté explicarle que estaba perturbando la paz del bosque, que necesitaba tranquilidad para estudiar mis orquídeas. Pero no me escuchó. Me ignoró por completo.
Luego, ocurrió lo peor. Caperucita decidió que sería divertido organizar una obra de teatro en casa de mi abuela. ¡Mi abuela! Una loba anciana y muy sensible que detestaba el ruido y la gente extraña.
Corrí a casa de mi abuela. La encontré temblando detrás del sofá, aterrorizada. Caperucita estaba allí, vestida de abuelita, con una voz fingida y ridícula.
"¡Abuelita, qué ojos tan grandes tienes!" gritaba un niño.
"¡Para verte mejor, mi nietecito!" respondía Caperucita, riendo a carcajadas.
¡No podía soportarlo más! Me enfrenté a Caperucita. "¡Basta!" grité. "¡Deja en paz a mi abuela! ¡Y deja de molestar al bosque!"
Caperucita se echó a reír. "¡Miren, niños! ¡El lobo feroz! ¡Está enfadado!"
Los niños empezaron a gritar y a lanzarme piedras. ¡Piedras! Tuve que huir para salvar mi pellejo.
Decidí que tenía que hacer algo. No podía seguir viviendo así, con Caperucita Roja transformando mi pacífico bosque en un circo. Así que, elaboré un plan.
Al día siguiente, esperé a Caperucita en el sendero. Cuando apareció, con su radiocasete y su sonrisa maliciosa, le ofrecí una taza de té de hierbas que había preparado. Era un té especial, hecho con una hierba que inducía un sueño muy profundo.
Caperucita, sospechosa, aceptó la taza. Bebió un sorbo y luego otro. Al poco rato, empezó a bostezar. Sus párpados se cerraban. Se quedó dormida, plácidamente, en medio del sendero.
Aproveché la oportunidad. Le quité el radiocasete, el megáfono y todos sus accesorios ruidosos. Los llevé a lo más profundo del bosque y los enterré bajo un gran árbol. Luego, regresé junto a Caperucita y le puse una manta encima para que no pasara frío.
Cuando despertó, estaba confundida. No recordaba nada del té, ni del radiocasete, ni del megáfono. Simplemente, se levantó y se fue, murmurando algo sobre llegar tarde a casa de su abuela.
Desde entonces, Caperucita Roja no ha vuelto a molestarme. Parece que se ha dedicado a otra cosa. Tal vez ahora atormenta a otros animales del bosque, no lo sé. Pero lo que sí sé es que, por fin, puedo disfrutar de la paz y la tranquilidad que tanto anhelaba. Y mis orquídeas están floreciendo como nunca. Ah, y mi abuela está mucho más tranquila. Y yo, Lorenzo, el lobo, puedo leer mis libros de botánica en paz. ¡Al fin! Aunque, a veces, me pregunto si debería haberle dado dos tazas de té… ¡Solo bromeo! (O no…).
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