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Gratis · elegí una vozPancho Perezoso era conocido en todo el pueblo de Villa Siesta por una sola cosa: su inmensa pereza. No le gustaba trabajar, ni estudiar, ni siquiera jugar si implicaba moverse mucho. Lo que sí le encantaba era comer. ¡Ay, qué hambre tenía Pancho siempre! Pero, curiosamente, la idea de conseguir la comida por sus propios medios le parecía una tarea titánica.
Una mañana, Pancho se despertó con un rugido estomacal que sonaba como un trueno lejano. "¡Ay, qué hambre!" exclamó, revolviéndose en su cama hecha un desastre. Miró alrededor de su habitación, esperando, tal vez, que un plato de deliciosas empanadas apareciera mágicamente. Pero, por supuesto, nada sucedió.
"Mamá!" gritó, esperando que su madre, la Señora Perezosa (aunque menos perezosa que Pancho), le trajera el desayuno. Pero no hubo respuesta. Su mamá había ido al mercado del pueblo.
Pancho gimió. "¡Qué fastidio! Tendré que levantarme." Con gran esfuerzo, se puso de pie y, arrastrando los pies, llegó a la cocina. La nevera estaba casi vacía. Solo quedaba una manzana arrugada y un poco de queso viejo. "¡Puf! ¡Esto no es suficiente para un Perezoso hambriento como yo!" se quejó.
De repente, recordó algo. El vecino, Don Ricardo, tenía un huerto lleno de frutas y verduras deliciosas. ¡Y Don Ricardo siempre necesitaba ayuda!
"Podría… ayudar a Don Ricardo… y tal vez… me daría algo de comer," pensó Pancho, con una idea que germinaba lentamente en su cerebro. La idea de trabajar le seguía desagradando, pero la idea de comer era mucho más tentadora.
Con renovada (y muy lenta) energía, Pancho se dirigió al huerto de Don Ricardo. El sol brillaba y los pájaros cantaban, pero Pancho solo pensaba en la comida.
Don Ricardo estaba ocupado regando sus tomates. "¡Buenos días, Pancho!" saludó Don Ricardo, con una sonrisa.
"Buenos días, Don Ricardo," respondió Pancho, tratando de sonar entusiasmado. "¿Necesita… ayuda?"
Don Ricardo arqueó una ceja, sorprendido. "¡Vaya, Pancho! ¡Qué amable de tu parte! Precisamente, necesito ayuda para recoger las manzanas. ¿Podrías encargarte de eso?"
Pancho suspiró por dentro. Recoger manzanas parecía un trabajo arduo. Pero se imaginó una tarta de manzana caliente y jugosa, y se animó. "¡Claro, Don Ricardo!" dijo, con una sonrisa forzada.
Al principio, Pancho recogió las manzanas muy lentamente, quejándose a cada rato. "¡Ay, qué cansancio! ¡Esta manzana pesa mucho! ¡El sol me da en la cara!" Pero Don Ricardo, con paciencia, le enseñó la mejor manera de recoger las manzanas sin cansarse tanto. Le mostró cómo usar una escalera, cómo elegir las manzanas maduras y cómo llenar la cesta sin lastimarse la espalda.
Poco a poco, Pancho empezó a disfrutar del trabajo. Le gustaba el olor de las manzanas maduras y el sonido de las hojas susurrando al viento. Incluso se encontró sonriendo sin darse cuenta. Y, lo más importante, se dio cuenta de que el trabajo no era tan terrible como pensaba.
Después de un par de horas, Pancho había llenado varias cestas de manzanas. Don Ricardo estaba muy contento. "¡Buen trabajo, Pancho! ¡Eres un gran ayudante!" exclamó.
Como recompensa, Don Ricardo le dio a Pancho una gran cesta llena de manzanas jugosas, una enorme rebanada de tarta de manzana recién horneada, y un trozo de queso fresco. "¡Para que repongas fuerzas!" dijo Don Ricardo, guiñándole un ojo.
Pancho no podía creer su suerte. "¡Muchas gracias, Don Ricardo!" dijo, con una sonrisa genuina. ¡Esta vez el "ay, que hambre" era de felicidad!
De camino a casa, Pancho mordisqueó una manzana y pensó en todo lo que había aprendido ese día. Aprendió que trabajar no era tan malo, que ayudar a los demás te hacía sentir bien, y que la comida sabía mucho mejor cuando te la habías ganado. Y lo más importante, aprendió que incluso un Perezoso puede cambiar. Cuando llegó a casa, compartió las manzanas y el queso con su mamá. Esa noche, Pancho durmió profundamente, soñando con huertos llenos de frutas y verduras deliciosas, y con la satisfacción de un trabajo bien hecho.
Desde ese día, Pancho Perezoso ya no fue tan perezoso. De vez en cuando, todavía sentía un poco de pereza, pero siempre recordaba la deliciosa tarta de manzana y la sensación de orgullo que había sentido al ayudar a Don Ricardo. Y, por supuesto, nunca olvidaba lo horrible que era tener mucha hambre sin hacer nada para solucionarlo. Pancho aprendió que el trabajo duro trae sus recompensas, ¡especialmente si esas recompensas son deliciosas!
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