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Daniela suspiró. Otra vez. Invitaba a su tía Anita María a almorzar sabiendo lo que iba a pasar, pero no podía evitarlo. Quería a su tía, a pesar de su… peculiaridad.
"¡Daniela, mijita, qué rico huele! ¿Cuánto falta para comer?", preguntó la tía Anita María, apenas había cruzado el umbral de la puerta. Su voz resonaba como una campanada. "¡Me estoy muriendo de hambre!"
Daniela sonrió, intentando ocultar su impaciencia. "Hola, Tía Anita María. Bienvenida. Recién estamos empezando, relájate un poquito. Siéntate, por favor. ¿Quieres un jugo?"
La tía Anita María se sentó en la silla, pero no paraba de moverse. "Sí, un jugo, por favor. ¡Pero apúrate, que el tiempo es oro!"
Tatiana, la hermana de Daniela, entró a la sala con su hija Sofía, una niña de cinco años, llena de energía.
"¡Hola, Tía Anita María!", saludó Tatiana con una sonrisa un poco forzada. Sabía que la siguiente pregunta era inevitable.
Y, por supuesto, ahí estaba. "¡Tatiana, qué linda estás! ¿Y por qué no tienes más hijos? ¡Una sola niña es fome!" La tía Anita María soltó la pregunta con la misma naturalidad con la que respiraba.
Tatiana tragó saliva. Le costaba mucho hablar de esto. No era que no quisiera tener más hijos; simplemente, ya no podía. Pero la tía Anita María no lo sabía, y a Tatiana le daba pereza explicarlo. "Bueno, tía, las cosas son así", respondió con una sonrisa triste.
Daniela le lanzó una mirada de reproche a su tía. La tía Anita María, ajena a la tensión, seguía con su parloteo. "¡Pero con lo lindos que son los niños! ¡Y Sofía necesita un hermanito para jugar!"
Sofía, que estaba jugando con sus muñecas, levantó la vista. "¡Yo quiero un perro!", exclamó.
La tía Anita María se echó a reír. "¡Un perro! ¡Mejor un hermanito! ¡Los perros muerden!"
Finalmente, Daniela anunció que la comida estaba lista. Todos se sentaron a la mesa, pero la tía Anita María seguía con su prisa. Comía a una velocidad impresionante, casi sin masticar. "¡Qué rico está esto, Daniela! ¡Pero me tengo que ir pronto!"
"Tía, ¡recién estamos comiendo!", se quejó Daniela.
"¡Lo sé, mijita, pero tengo muchas cosas que hacer! El tiempo vuela, ¡y yo con estas alpargatas!", respondió la tía Anita María, usando una de sus típicas expresiones.
Apenas terminaron de comer, la tía Anita María se levantó de la mesa de un salto. "¡Ay, Dios mío! ¡Es tardísimo! ¡Nos tenemos que ir ahora mismo porque va a oscurecer!", gritó a todo pulmón.
Daniela, Tatiana y Sofía se miraron con vergüenza. Era verdad que la tía Anita María era un poco… desubicada. Pero también era muy entretenida. Sus salidas de tono, aunque a veces incómodas, siempre terminaban provocando risas.
"Tía, llegamos hace menos de dos horas", le dijo Daniela con paciencia.
"¡No importa! ¡El tiempo pasa volando cuando uno se divierte! ¡Y yo me estoy divirtiendo mucho! Pero igual me tengo que ir. ¡Tengo que ir a darle de comer a mis gatos! ¡Y a regar las plantas! ¡Y a ver las noticias!"
La tía Anita María empezó a caminar hacia la puerta, sin esperar a que nadie la acompañara. Antes de salir, se giró y les dijo a Daniela y Tatiana: "¡Cuídense mucho, mijitas! ¡Y no se olviden de tener más hijos! ¡Y comprenle un perro a Sofía! ¡Pero que no muerda!".
Y con esa última recomendación, la tía Anita María salió de la casa, dejando a su familia con una mezcla de vergüenza y cariño.
"¡Es única!", exclamó Daniela, soltando una carcajada.
"¡Sí, muy única!", respondió Tatiana, con una sonrisa. "Pero la queremos mucho, ¿verdad, Sofía?"
Sofía, que estaba dibujando en un papel, asintió con la cabeza. "¡Sí! La tía Anita María es chistosa. Siempre dice garabatos graciosos y cosas raras"
Daniela y Tatiana intercambiaron una mirada. Era verdad, la tía Anita María a veces decía garabatos sin darse cuenta, pero lo decía con tanta inocencia que nadie se ofendía. Era parte de su encanto.
Sabían que la tía Anita María era un poco… diferente. Pero la querían tal como era. Era su tía, su tía Anita María, la reina de las salidas de tono y las ocurrencias inesperadas. Y no la cambiarían por nada del mundo.
La tía Anita María, a pesar de ser desubicada, tenía un corazón enorme. Siempre se preocupaba por su familia y siempre estaba dispuesta a ayudar. Simplemente, veía el mundo de una manera distinta, una manera llena de humor y espontaneidad.
Y aunque a veces las visitas de la tía Anita María eran un poco caóticas, siempre dejaban una estela de alegría y recuerdos divertidos. Porque al final, la familia es eso: un grupo de personas que se quieren y se aceptan tal como son, con sus virtudes y sus defectos, con sus rarezas y sus peculiaridades. Y la tía Anita María era una pieza fundamental de ese rompecabezas familiar, una pieza única e irremplazable.
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