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Todo comenzó con un niño llamado Azubah. Azubah, que significaba "abandonado", era un nombre que él mismo se había puesto, aunque solo tenía siete años. Recordaba vagamente el día en que su mundo, limitado a las paredes de un búnker subterráneo de seis pisos, se había desmoronado. Su padre, un hombre fuerte y cariñoso, había prometido regresar. Siempre regresaba, especialmente en su cumpleaños, con una barra de chocolate, una tradición sagrada entre ellos.
Ese día, su madre estaba muy enferma. Una tos seca la consumía y su rostro, usualmente radiante, estaba pálido y demacrado. "Voy a buscar medicinas para mamá y tu chocolate, mi pequeño Azubah," le había dicho su padre, besándolo en la frente. Esas fueron sus últimas palabras antes de subir a la superficie.
Diez largas horas pasaron. Azubah, inquieto, jugaba con sus juguetes de madera, construyendo castillos y luchando contra dragones imaginarios. Cada crujido, cada sombra, lo hacía correr hacia la escalera, esperando ver la figura de su padre descendiendo. Su madre, acostada en la cama, tosía débilmente, intentando sonreírle.
Finalmente, lo escucharon. Un ruido sordo, seguido de pasos vacilantes. Su madre se incorporó con dificultad, con los ojos llenos de esperanza. Pero cuando la figura de su padre apareció en la entrada, algo estaba terriblemente mal. Su rostro estaba pálido, casi grisáceo, y su mirada... su mirada era vacía, sin el brillo cálido que Azubah conocía tan bien. En su brazo, una mordida grotesca, de un color púrpura oscuro, era visible a través de su ropa rota.
Su madre gritó, un grito desgarrador que hizo temblar las paredes del búnker. Azubah no entendía. Tenía solo siete años. No comprendía la enfermedad que acechaba en la superficie, la plaga que transformaba a las personas en monstruos hambrientos. No entendía que su padre, su héroe, se estaba convirtiendo en uno de ellos.
Sin dudarlo, su padre, con una fuerza sobrehumana, se dio la vuelta y se alejó. Sabía que debía protegerlos, incluso si eso significaba abandonarlos. El sonido de sus pasos alejándose resonó en el búnker, un eco de la promesa rota del chocolate de cumpleaños.
Azubah lloró. Lloró por su padre, por el chocolate perdido, por el miedo que lo atenazaba. Su madre lo abrazó con fuerza, sus lágrimas mezclándose con las suyas. "Está bien, mi amor," susurró, aunque su voz temblaba. "Estaremos bien." Pero Azubah sabía, en lo profundo de su corazón infantil, que nada volvería a ser igual.
Los meses siguientes fueron un borrón de tos persistente y miradas preocupadas. Su madre, aunque intentaba mantener una actitud positiva, se debilitaba cada día más. Azubah la cuidaba lo mejor que podía, trayéndole agua, leyéndole cuentos y contándole sobre sus aventuras imaginarias. No sabía que su madre sufría de cáncer, una enfermedad silenciosa que había estado creciendo dentro de ella durante años, ignorada por la falta de atención médica en el mundo post-apocalíptico. Su padre nunca lo supo, ni Azubah tampoco.
Nueve meses después de la partida de su padre, su madre cerró los ojos para siempre. Azubah se quedó solo en el búnker, rodeado de silencio y oscuridad. El mundo exterior, lleno de peligros y monstruos, parecía menos aterrador que la soledad que lo consumía por dentro.
Pero Azubah era un niño resiliente. Recordó las historias que su padre le contaba, historias de valentía y esperanza. Recordó la promesa del chocolate, un símbolo de amor y protección. Y decidió que no se rendiría. Se puso el nombre de Azubah, "abandonado", como un recordatorio de lo que había perdido, pero también como un desafío para superarlo.
Comenzó a explorar el búnker, descubriendo provisiones ocultas, libros olvidados y herramientas útiles. Aprendió a cultivar alimentos en pequeños jardines verticales, a purificar agua y a defenderse con un cuchillo oxidado. Se convirtió en el guardián de su propio mundo subterráneo, un mundo pequeño pero lleno de posibilidades.
Un día, mientras rebuscaba en un viejo armario, encontró algo envuelto en papel de seda. Lo desenvolvió con cuidado y contuvo el aliento. Era una barra de chocolate, la barra de chocolate que su padre nunca había podido entregarle. Estaba un poco derretida y descolorida, pero el olor era inconfundible. Azubah cerró los ojos y respiró profundamente. Era el aroma del amor, de la protección, de la promesa cumplida a medias.
Azubah no se comió el chocolate. Lo guardó como un tesoro, un símbolo de esperanza en un mundo oscuro. Sabía que su padre, en algún lugar, estaría orgulloso de él. Y aunque se llamara "abandonado", Azubah sabía que nunca estaría realmente solo. Tenía el recuerdo de su padre, el amor de su madre y la promesa del chocolate, suficientes para iluminar incluso el búnker más profundo.
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