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Gratis · elegí una vozAzul era un padre paciente, con una barba larga y suave como una nube de algodón. Junto a su hijo, Celeste, se encargaban de los más hermosos espectáculos del cielo. Celeste, un pequeño torbellino de energía y curiosidad, era tan brillante como un relámpago y tan inquieto como una nube de tormenta. Era un niño bueno, pero ¡ay!, ¡qué pesado podía ser con sus preguntas!
Un día, mientras pintaban un arcoíris después de una lluvia torrencial, Celeste, con sus manitas llenas de pigmentos brillantes, miró al cielo con el ceño fruncido.
"¡Papá, Azul!" exclamó, "¿Por qué el cielo tiene tantos colores? ¡Es un lío! A veces es rojo, como la fresa que comimos ayer. Otras veces es morado, como la ciruela que me gusta tanto. Y luego, azul, ¡como tu nombre! Pero también azul clarito, como... como el agua que uso para pintar. ¡Y negro, como la noche! ¡Y… y… a veces veo verde limón y rosa chicle!"
Azul sonrió. Sabía que este momento llegaría. Celeste tenía la mente como un lienzo en blanco, listo para ser llenado de colores y conocimiento. Se agachó hasta estar a la altura de su hijo, tomando sus pequeñas manos entre las suyas.
"Mi pequeño Celeste", comenzó Azul, con voz suave como el susurro del viento, "el cielo no tiene todos esos colores que imaginas. ¡Algunos de ellos son muy divertidos, como el verde limón y el rosa chicle! Pero el cielo nos muestra colores diferentes dependiendo de cómo la luz del sol juega con las cosas que hay en el aire."
Celeste frunció aún más el ceño, si eso era posible. "¿Juega? ¿Como si fuera un juego de escondite?"
"Exactamente", respondió Azul, asintiendo con la cabeza. "Cuando el sol está alto en el cielo, su luz viaja directamente hacia nosotros. La luz del sol está hecha de todos los colores del arcoíris, pero el azul y el violeta son los que mejor se esparcen cuando chocan con las partículas que hay en el aire. Por eso vemos el cielo azul durante el día."
Celeste parpadeó. "¿Y por la noche?"
"Por la noche", continuó Azul, "el sol está al otro lado del mundo. Su luz tiene que viajar mucho más para llegar a nosotros. En ese largo viaje, el azul y el violeta se han dispersado casi por completo, dejando que veamos la oscuridad del espacio. Por eso el cielo se ve negro, salpicado de las luces de las estrellas."
"¿Y el rojo y el naranja al amanecer y al atardecer?", preguntó Celeste, con los ojos brillantes de anticipación.
"¡Ah!", exclamó Azul, "Esos son los colores que quedan cuando el sol está bajo en el horizonte. Su luz tiene que viajar a través de más aire, y la mayoría del azul y el violeta se han dispersado. El rojo y el naranja, que tienen ondas más largas, pueden llegar hasta nosotros, pintando el cielo con esos colores cálidos y hermosos."
Azul tomó un pincel y mojó la punta en un poco de pintura naranja. Luego, pintó un pequeño sol en la mejilla de Celeste. "Imagina que la luz del sol es como esta pintura. Cuando la lanzamos contra una pared llena de baches (que son las partículas en el aire), algunos colores se esparcen más que otros. El azul se esparce mucho, por eso vemos azul por todas partes. El rojo y el naranja son más pesados, por eso solo los vemos al amanecer y al atardecer."
Celeste se quedó pensando un momento, rascándose la cabeza con el pincel y dejando una mancha naranja en su pelo azul. "Entonces… ¿el cielo no tiene verde limón ni rosa chicle?"
Azul rió a carcajadas. "¡No, mi pequeño artista! Esos son colores de tu imaginación, y son maravillosos también. ¡Pero el cielo sigue sus propias reglas de color!"
Celeste asintió lentamente, aparentemente satisfecho con la explicación. La curiosidad de Celeste parecía haberse saciado, al menos por el momento. El pequeño artista se dedicó de nuevo a pintar el arcoíris, esta vez con una comprensión un poco mayor de los misterios del cielo. Terminaron el arcoíris, un brillante puente de color que conectaba dos nubes esponjosas. El sol brillaba con fuerza, y el cielo era de un azul perfecto.
Pero, como suele ocurrir con Celeste, el silencio duró poco. Después de un rato, mientras recogían los pinceles y los botes de pintura, el pequeño miró hacia el horizonte, donde el mar se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
"¡Papá, Azul!", exclamó de nuevo, con los ojos llenos de una nueva pregunta, "¿Y por qué el mar tiene tantos colores…?"
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