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Gratis · elegí una vozBaldomero no era un burro cualquiera. Mientras sus amigos burros pastaban en el campo, él soñaba con aprender. Un día, vio un autobús escolar lleno de niños y decidió seguirlo. El autobús lo llevó hasta la Universidad de Burrolandia, una institución prestigiosa donde burros de todo el mundo venían a estudiar. Baldomero, sin dudarlo, se inscribió.
Al principio, fue difícil. Las matemáticas eran un laberinto de números y la literatura, un océano de palabras complicadas. Pero Baldomero era persistente. Estudiaba día y noche, preguntando a sus profesores (que eran todos búhos muy sabios) cualquier duda que tuviera. Rápidamente, se convirtió en el mejor estudiante de su clase. En todos los exámenes, ¡puro diez! Sus compañeros lo admiraban y los profesores estaban impresionados. Baldomero era un genio burro.
Un día, el Profesor Búho Sabiondo, encargado de la clase de “Ética Burril”, les asignó un trabajo muy importante: un ensayo sobre la importancia de la honestidad en la vida de un burro. Baldomero, emocionado, se puso a trabajar de inmediato. Escribió y reescribió, investigó en la biblioteca (que olía a libros viejos y pasto seco) y consultó a los burros más ancianos de la universidad. Después de una semana de arduo trabajo, Baldomero estaba orgulloso de su ensayo. Lo había escrito con tanta dedicación y pasión que creía que era la mejor obra que jamás había creado.
Dejó el ensayo sobre su escritorio, listo para entregarlo al día siguiente. Esa noche, Baldomero tuvo un sueño extraño. Soñó que su ensayo se transformaba en un montón de pasto fresco y jugoso. Cuando despertó, sintió un hambre voraz. Miró el ensayo, que estaba allí, esperándolo. De repente, la tinta en el papel comenzó a oler… ¡a zanahorias! Las palabras parecían hojas de lechuga crujiente. El hambre de Baldomero era insoportable.
"¡Solo un poquito!" pensó. Le arrancó una esquina al ensayo y la probó. ¡Deliciosa! Sabía a la mejor hierba que jamás había comido. "¡Pero qué tontería! Es solo papel y tinta," se dijo a sí mismo. Pero el olor era tan tentador, el hambre tan grande…
Poco a poco, fue comiendo trozos más grandes del ensayo. Primero, la introducción, luego el desarrollo y finalmente, la conclusión. Cada bocado era más sabroso que el anterior. Al final, no quedó ni una sola hoja. Baldomero, con la barriga llena y una sonrisa culpable, se dio cuenta de lo que había hecho. ¡Se había comido su tarea!
Al día siguiente, llegó a la clase del Profesor Búho Sabiondo con la cabeza gacha. El profesor lo llamó para entregar el ensayo. Baldomero, temblando, le explicó lo que había sucedido. “Profesor,” dijo con voz temblorosa, “me comí mi ensayo. Tenía mucha hambre y… olía a zanahorias.”
El Profesor Búho Sabiondo lo miró por encima de sus lentes. “¡Baldomero! ¡Eso no es excusa, animal!” exclamó, sorprendido y un poco molesto. “¿Cómo se te ocurre comerte tu tarea? ¡Eso es inaceptable!”
Baldomero, avergonzado, bajó la mirada. Pero luego, levantó la cabeza y, con un poco de valentía en su voz, contestó: “Pero es que estaban muy mal!”. El Profesor Búho Sabiondo se quedó boquiabierto. “¿Qué dices, Baldomero? ¡Todos tus trabajos son excelentes!”
“Sí, profesor,” dijo Baldomero, “pero este ensayo… era un desastre. Estaba lleno de errores, la redacción era terrible y las ideas… ¡eran un asco! Preferí comérmelo a entregar algo tan malo.”
El Profesor Búho Sabiondo, aunque seguía sorprendido, comenzó a reír. “Baldomero,” dijo, “eres un caso. Pero entiendo tu punto. Si creías que tu trabajo no era bueno, hiciste bien en no entregarlo. Sin embargo, comértelo no es la solución.”
Al final, el Profesor Búho Sabiondo le dio a Baldomero otra oportunidad para entregar el ensayo. Baldomero, aprendiendo de su error (y prometiéndose a sí mismo no comerse nunca más sus tareas), se puso a trabajar de nuevo. Esta vez, se aseguró de que su ensayo fuera perfecto, no solo en contenido, sino también en sabor (aunque esta vez se abstuvo de probarlo).
Baldomero se graduó con honores de la Universidad de Burrolandia, convirtiéndose en un ejemplo para todos los burros jóvenes que soñaban con estudiar. Aprendió que la honestidad es importante, pero también lo es la autocrítica y, sobre todo, que los deberes, por muy deliciosos que parezcan, deben entregarse, no comerse.
Y así, Baldomero, el burro universitario, demostró que incluso los genios burros pueden cometer errores, pero lo importante es aprender de ellos y seguir adelante… ¡sin comerse los deberes!
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