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Había una vez, en el corazón de un glaciar azulado que brillaba bajo el sol de invierno, un oso pardo llamado Barnabé. Barnabé no era un oso común; era excepcionalmente redondo, con una barriga que subía y bajaba rítmicamente cuando dormía la siesta sobre la nieve. Pero lo que más le gustaba a Barnabé no era dormir, sino patinar sobre su panza por las laderas heladas. Aunque era un poco patoso y a menudo terminaba rodando como una gran bola de chocolate por la montaña, siempre tenía una sonrisa en su rostro y un brillo de diversión en sus ojos.

Una tarde, mientras Barnabé intentaba mantener el equilibrio sobre un lago congelado, un silbido agudo y musical rasgó el aire silencioso. De repente, una luz brillante y multicolor descendió del cielo, dejando una estela de chispas que parecían diamantes cayendo sobre el hielo. ¡Pum! Un pequeño platillo volante, del tamaño de una bañera y decorado con luces parpadeantes, aterrizó suavemente a pocos metros de él. Barnabé se quedó petrificado, con una pata trasera en el aire y la lengua fuera por el esfuerzo.

De la nave salió una criatura pequeña, elástica y saltarina, de color verde neón, con tres ojos curiosos que giraban en todas direcciones y antenas que vibraban con una alegría contagiosa. El extraterrestre, que se llamaba Zog, miró al enorme oso y, sin previo aviso, comenzó a correr hacia él agitando sus cuatro brazos con entusiasmo. Barnabé, confundido y un poco asustado por la velocidad del pequeño visitante, soltó un rugido que, debido a los nervios, sonó más como un hipo gigante, y empezó a correr todo lo rápido que sus patas cortas le permitían.
¡Aquello se convirtió en una persecución de locura! Barnabé intentaba escapar, pero el hielo era traicionero. Sus patas se abrían como un abanico, resbalando hacia los lados, y su gran cuerpo se balanceaba peligrosamente. Zog lo seguía de cerca, flotando a pocos centímetros del suelo y emitiendo sonidos que recordaban al tintineo de campanillas de cristal. El oso intentó esquivarlo haciendo un giro inesperado, pero sus garras no encontraron agarre y terminó dando tres vueltas completas sobre sí mismo, como una peonza peluda, antes de aterrizar sentado con un sonoro "¡plof!".
Zog se detuvo justo frente a su nariz y empezó a dar saltos mortales de alegría. Fue entonces cuando Barnabé, recuperando el aliento, se dio cuenta de que el pequeño ser no quería capturarlo; ¡solo estaba emocionado por haber encontrado a alguien con quien jugar al pilla-pilla! El oso soltó una carcajada profunda y contagiosa que hizo vibrar el hielo bajo sus pies. Desde ese día, el glaciar dejó de ser un lugar silencioso. Barnabé y Zog se convirtieron en los mejores amigos, pasando las tardes deslizándose y haciendo piruetas sobre el lago, un gran oso marrón y un pequeño destello verde, demostrando que la amistad no conoce fronteras espaciales.
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