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En la cima de los Picos de Cristal, donde las nubes parecen algodón de azúcar y el viento susurra antiguas leyendas, vivía un pequeño dragón llamado Barnaby. Barnaby no era un dragón común; sus escamas eran de un naranja tan brillante como el sol del atardecer y siempre llevaba una pequeña bufanda de seda color azul cielo que le había tejido su abuela. Tenía unos ojos verdes inmensos y expresivos que siempre estaban mirando hacia arriba, observando con una mezcla de admiración y tristeza cómo sus hermanos y amigos surcaban los cielos con elegancia.
El problema de Barnaby era simple pero devastador para un dragón: no sabía volar. Cada vez que intentaba batir sus alas, estas se enredaban o simplemente no tenían la fuerza suficiente para elevar su rechoncho cuerpecito del suelo. Mientras los demás dragones hacían piruetas entre los rayos de sol, Barnaby se quedaba en tierra, practicando saltos que siempre terminaban con él aterrizando de panza sobre la hierba suave del valle.
—Tal vez soy un dragón de tierra —suspiraba Barnaby, ajustándose su bufanda azul—. Quizás mis alas son solo para decorar.
Un martes por la mañana, mientras Barnaby intentaba infructuosamente despegar desde una roca pequeña, conoció a Tuerca. Tuerca era una ardilla de pelaje grisáceo que usaba unas diminutas gafas hechas con cáscaras de bellota y cristales de río. Tuerca no era una ardilla normal; era una inventora.

—Lo que te pasa a ti, joven escamoso, es un problema de aerodinámica y confianza —dijo Tuerca, saltando sobre el hocico de Barnaby—. Tus alas son fuertes, pero tu corazón duda. Y cuando el corazón duda, las alas pesan como piedras.
Barnaby bajó la mirada, avergonzado. Tuerca, sin embargo, tenía un plan. Pasaron los siguientes días trabajando juntos. La ardilla dirigía y el dragón recolectaba materiales: varas de sauce flexibles, grandes hojas de palmera y resina pegajosa de los pinos centenarios. Construyeron una especie de armazón ligero que se acoplaba a las alas naturales de Barnaby, extendiendo su superficie.
—Esto no volará por ti —advirtió Tuerca—, pero te ayudará a sentir el viento de una manera diferente. El resto depende de tus patas y de tu carrera.
Una tarde, una tormenta repentina azotó el valle. Los dragones adultos habían salido a cazar y los más jóvenes estaban resguardados en las cuevas altas. De repente, un grito agudo rompió el estruendo del trueno. Un pequeño pajarito azul, un herrerillo que apenas sabía piar, se había quedado atrapado en un nido que estaba a punto de ser arrastrado por la corriente de un río que se desbordaba en la base de los picos.

Ninguno de los dragones jóvenes se atrevía a salir con aquel viento tan fuerte; sus alas eran demasiado grandes y el viento los estrellaría contra las rocas. Barnaby, sin embargo, vio la escena desde abajo. Sabía que no podía volar hasta allí, pero sus patas eran fuertes de tanto caminar y saltar.
—¡Tuerca, el armazón! —gritó Barnaby.
Con la ayuda de la ardilla, se ajustó el invento de madera y hojas. Barnaby no intentó volar hacia arriba. En lugar de eso, corrió. Corrió más rápido de lo que jamás había corrido un dragón. Sus poderosas patas traseras golpeaban el suelo con ritmo, y su bufanda azul ondeaba frenéticamente tras él. Al llegar al borde de un precipicio que daba justo sobre el nido, Barnaby no lo pensó. No tuvo miedo. Saltó.
En ese momento, el mundo pareció detenerse. Barnaby extendió sus alas, reforzadas por el ingenio de Tuerca. El viento de la tormenta, que antes le aterraba, entró bajo sus alas y lo elevó. No era un vuelo elegante como el de sus hermanos, era un planeo audaz y decidido. Cruzó el vacío como un rayo naranja, atrapó el nido con sus garras justo antes de que cayera al agua y, aprovechando una corriente ascendente de aire caliente, logró aterrizar suavemente al otro lado del río, a salvo.
Cuando la tormenta pasó y el sol volvió a brillar, los demás dragones bajaron asombrados. Barnaby estaba allí, empapado pero sonriente, con el pajarito a salvo en su hombro y Tuerca celebrando sobre su cabeza. Había descubierto que no necesitaba volar como los demás. Su estilo era único: una mezcla de carrera potente y planeo valiente.
Desde aquel día, Barnaby fue conocido como el Guardián del Valle. Ya no miraba el cielo con tristeza, porque sabía que, aunque sus pies amaran la tierra, su espíritu pertenecía a las alturas, y que no hay una sola forma de tocar las nubes si tienes el valor de saltar.
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