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En lo más alto del Pico Nublado, donde las nubes parecen algodón de azúcar y el aire siempre huele a pino fresco, vivía una comunidad de dragones magníficos. Todos los dragones del Pico Nublado tenían algo en común: les encantaba volar. Todos, excepto Barnaby. Barnaby era un dragón joven y robusto, con escamas de un verde esmeralda brillante que relucían bajo el sol y unos ojos amarillos grandes y curiosos. Sin embargo, tenía un pequeño problema que lo diferenciaba de sus amigos: sus alas eran diminutas y de un color violeta intenso, demasiado pequeñas para levantar su cuerpo rechoncho del suelo.
Mientras sus amigos, como la ágil Centella o el fuerte Garra de Fuego, realizaban piruetas y bucles en el cielo azul, Barnaby se quedaba en tierra firme. Pasaba sus tardes practicando saltos desde pequeñas rocas, agitando sus alitas violetas con todas sus fuerzas, pero lo único que conseguía era aterrizar de panza sobre la hierba con un sonido sordo. —¡Casi lo logras, Barnaby! —le gritaba Centella desde las alturas, intentando animarlo, pero Barnaby suspiraba con tristeza. Él sentía que un dragón que no vuela es como un pez que no nada o un pájaro que no canta.
Un día, Barnaby decidió que no se rendiría tan fácilmente. Buscó en la biblioteca de la cueva del Gran Sabio y encontró un libro sobre inventos antiguos. Con la ayuda de unas ramas de sauce, seda de araña gigante y muchas hojas de palmera, Barnaby construyó unas extensiones para sus alas. Parecían grandes abanicos verdes atados a su espalda. Subió a la colina más alta, tomó aire y corrió a toda velocidad. Por un segundo, sintió que el viento lo elevaba, pero de repente, un fuerte crujido rompió el silencio. Las ramas se quebraron y Barnaby terminó rodando colina abajo hasta caer en un arbusto de bayas silvestres, quedando cubierto de jugo morado.

Esa tarde, mientras se lavaba el jugo de bayas en la orilla del Gran Lago Turquesa, Barnaby se encontró con una tortuga anciana llamada Tula. Tula lo observó con paciencia mientras el pequeño dragón intentaba, una vez más, dar un pequeño salto y aletear. —Pequeño esmeralda —dijo Tula con una voz que sonaba como piedras rodando en un río—, ¿por qué te empeñas en luchar contra el viento cuando el agua te llama por tu nombre?
Barnaby no entendió lo que Tula quería decir. —Soy un dragón, Tula. Los dragones pertenecen al cielo —respondió él con desánimo. Pero en ese momento, un grito de auxilio interrumpió la conversación. Un pequeño polluelo de águila había caído de su nido en un risco y había ido a parar a una pequeña isla de rocas en medio de los Rápidos del Olvido, una parte del río donde la corriente era tan fuerte que ningún dragón volador se atrevía a acercarse por miedo a que el viento turbulento los estrellara contra las paredes del cañón.
Los otros dragones revoloteaban sobre el cañón, nerviosos y asustados, sin saber qué hacer. Centella intentó descender, pero las ráfagas de aire eran demasiado traicioneras. Barnaby, al ver al polluelo tiritando de miedo, no lo pensó dos veces. Corrió hacia la orilla del río. —¡Barnaby, no! ¡Es peligroso! —gritaron sus amigos. Pero Barnaby, que había pasado toda su vida fortaleciendo sus patas en la tierra, saltó con valentía al agua helada.

En cuanto se sumergió, algo mágico sucedió. Barnaby no se hundió ni luchó contra la corriente. Sus pequeñas alas violetas, que en el aire eran inútiles, se desplegaron bajo el agua como potentes aletas. Su cuerpo esmeralda, que siempre le había parecido pesado, se volvió hidrodinámico y veloz. Con movimientos elegantes y poderosos, Barnaby nadó a través de los rápidos con una facilidad asombrosa. Esquivó las rocas afiladas y llegó a la pequeña isla en un abrir y cerrar de ojos.
Colocó suavemente al polluelo sobre su espalda y, luchando contra la corriente más fuerte con una fuerza que no sabía que poseía, regresó a la orilla. Cuando salió del agua, todos los dragones del Pico Nublado estaban en silencio, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Habían descubierto algo que se creía perdido en las leyendas: Barnaby no era un dragón de aire, era un Draco Aquaticus, un legendario dragón de agua.
Desde aquel día, Barnaby dejó de intentar volar. Comprendió que su lugar no estaba compitiendo con las nubes, sino explorando las profundidades de los lagos y protegiendo los ríos del valle. Sus amigos ya no lo miraban con lástima, sino con admiración. Barnaby descubrió que no ser como los demás no era un defecto, sino un superpoder que solo necesitaba el elemento correcto para brillar. Y así, el dragón que no sabía volar se convirtió en el mejor nadador que el Pico Nublado había visto jamás.
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