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En un rincón oculto del gran Palacio de Oriente, donde las paredes olían a sándalo y las alfombras eran tan suaves como nubes, vivía Bastián. Bastián no era un niño cualquiera; era el hermano menor de los tres hombres más famosos de la región: Melchor, Gaspar y Baltasar. Como sus hermanos, Bastián tenía una corona, aunque a él siempre se le resbalaba hasta la nariz, y una túnica de seda azul brillante con estrellas de plata bordadas. Sin embargo, mientras sus hermanos pasaban el día estudiando los mapas de las constelaciones y puliendo cofres de oro, Bastián tenía un secreto: a él no le interesaba en absoluto ser un Rey Mago.
—¡Bastián! —exclamaba Melchor, peinando su larga barba blanca—. Ven a practicar tu porte real. Un rey debe caminar con la espalda recta y la mirada en el horizonte.
—¡Bastián! —decía Gaspar, ajustando su túnica verde—. Ayúdanos a clasificar el incienso. Este huele a maderas antiguas y aquel a flores de luna.
—¡Bastián! —reía Baltasar, el más robusto de los tres—. Los camellos ya están listos. Debes aprender a guiarlos solo con un susurro.

Pero Bastián, un niño de diez años con rizos castaños, piel color aceituna y ojos chispeantes, prefería estar en las cocinas reales. Allí, lejos de los protocolos, se ponía un delantal blanco sobre su túnica estrellada y ayudaba a los cocineros a amasar pan y a decorar galletas con miel. Para Bastián, la verdadera magia no estaba en los metales preciosos ni en las resinas aromáticas, sino en el aroma del azúcar tostado y la canela.
Un día, la gran Estrella de Belén apareció en el firmamento, más brillante que nunca. Era la señal que sus hermanos habían esperado por años. Melchor preparó el oro, Gaspar el incienso y Baltasar la mirra. Los tres reyes se pusieron sus mejores capas y llamaron a su hermano menor.
—Es hora, Bastián —dijo Melchor con solemnidad—. Debemos seguir la luz y llevar nuestros presentes al Niño que ha nacido. Es nuestro deber como Reyes Magos.
Bastián miró su pequeño cofre vacío. Sus hermanos esperaban que lo llenara con algo valioso, como perlas o diamantes. Pero Bastián sintió un nudo en el estómago.

—Hermanos —dijo con voz temblorosa—, yo no quiero ser un Rey Mago de oro y especias. Yo quiero ser el Rey de los Dulces. No quiero dar algo que se guarde en un baúl, quiero dar algo que haga sonreír al corazón y llene la barriga.
Sus hermanos se quedaron en silencio, sorprendidos. Pero antes de que pudieran protestar, Bastián corrió a la cocina. Trabajó toda la noche, amasando una masa dulce y suave, dándole forma de corona y decorándola con frutas escarchadas que parecían joyas: rojos cereza, verdes melón y naranjas brillantes. Al final, escondió una pequeña figura de cerámica en el interior, como un secreto compartido.
Cuando los cuatro hermanos partieron en sus camellos, Bastián no llevaba un cofre pesado, sino cestas llenas de panes dulces y galletas con forma de estrella. Cruzaron desiertos y dunas bajo el manto plateado de la noche. Bastián, en su pequeño camello de pelo esponjoso, se sentía por primera vez como un verdadero mago.
Al llegar al humilde pesebre, Melchor, Gaspar y Baltasar se arrodillaron y entregaron sus lujosos regalos. El ambiente era de un silencio sagrado. Entonces, Bastián se acercó. Con timidez, sacó uno de sus panes dulces y lo ofreció a la familia. El aroma a azahar y miel inundó el lugar. Al ver el pan colorido, el Niño Jesús extendió sus manitas y una sonrisa iluminó su rostro. María y José también probaron el dulce, y por un momento, el cansancio del viaje desapareció de sus ojos.
Sus hermanos, al ver la alegría que un simple bollo de pan había causado, comprendieron que la magia de Bastián era tan necesaria como la de ellos. Desde esa noche, Bastián fue conocido como el Cuarto Rey Mago, el encargado de llevar la dulzura a los hogares.
Por eso, cada año, cuando el calendario marca el final de las fiestas, en muchas casas aparece un pan dulce con forma de corona: el Roscón de Reyes. Es el regalo de Bastián, el niño que decidió cambiar el oro por el azúcar para recordarnos que la magia más grande se encuentra en los pequeños detalles que se comparten con amor.
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