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Gratis · elegí una vozBautista era un niño muy especial. De día, le encantaba jugar al fútbol en el parque con sus amigos, sus primos, sus abuelos y sus tíos. ¡Era el mejor delantero del barrio! Le gustaba tanto correr detrás de la pelota como abrazar a su abuela después de marcar un gol. Pero Bautista tenía un secreto: por las noches, o bueno, cuando nadie lo veía, ¡se convertía en Bautista Araña, un superhéroe muy particular!
No tenía telarañas de verdad, pero era muy ágil y rápido. Su traje era una camiseta roja y azul que su abuela le había cosido, con una araña dibujada con rotulador permanente. Bautista Araña soñaba con salvar el mundo, pero, por ahora, se conformaba con salvar su barrio de los bandidos. No eran bandidos muy peligrosos, la verdad. Más bien eran ladronzuelos que robaban balones de fútbol y las galletas de la panadería.
Un día, Bautista estaba jugando un partido muy importante. Era la final del campeonato del barrio. ¡Su equipo, "Los Rayos", contra "Los Truenos"! El partido estaba muy reñido, iban empatados a dos goles. De repente, sonó una sirena. No era la sirena de la policía, sino la del camión de helados. A todos los niños les brillaron los ojos, pero Bautista notó algo extraño. Dos figuras sospechosas, con gorras y gafas de sol, se acercaban al camión. ¡Eran los bandidos!
Bautista sintió un escalofrío. No podía dejar que robaran los helados. ¡Era una emergencia! Pero, ¿cómo podía desaparecer sin que sus compañeros se dieran cuenta? Miró a su alrededor y vio a su abuelo guiñándole un ojo. Su abuelo entendía sus secretos. Bautista fingió que le dolía el tobillo. "¡Ay! ¡Ay! Creo que me he torcido el tobillo", gritó, llevándose la mano al pie. Su entrenador, preocupado, lo sentó en el banquillo. "Descansa, Bautista. Ya te pondremos si te sientes mejor", le dijo.
Aprovechando la confusión, Bautista se escabulló detrás de un árbol. ¡Era hora de transformarse! Se quitó la camiseta del equipo y se puso su traje de Bautista Araña. En un abrir y cerrar de ojos, estaba listo para la acción. Se acercó al camión de helados con cautela. Los bandidos estaban discutiendo con el heladero. "¡Danos todos los helados o te arrepentirás!", amenazaban.
Bautista Araña saltó desde detrás de un arbusto. "¡Alto ahí, bandidos!", gritó con voz temblorosa, pero decidida. Los bandidos se giraron, sorprendidos. "¿Quién eres tú, mocoso disfrazado?", preguntó uno de ellos. "Soy Bautista Araña, ¡y he venido a deteneros!", respondió Bautista, intentando sonar lo más valiente posible.
Los bandidos se echaron a reír. "¡Un niño! ¿Qué vas a hacernos?", se burló el otro. Bautista respiró hondo. Sabía que no era muy fuerte, pero era muy ágil. Empezó a correr alrededor del camión de helados, moviéndose tan rápido que los bandidos no podían seguirlo con la mirada. Les daba pequeños toques en la espalda, les quitaba las gorras y les hacía tropezar con sus propios pies. Los bandidos estaban cada vez más confundidos y frustrados.
De repente, a Bautista se le ocurrió una idea brillante. Recordó lo que le había enseñado su abuelo: "La mejor defensa es un buen ataque". Se detuvo en seco y, con toda su fuerza, lanzó una pelota de fútbol que había encontrado cerca. La pelota golpeó a uno de los bandidos justo en la cabeza. El bandido cayó al suelo, aturdido. El otro bandido, al ver a su compañero en el suelo, salió corriendo, asustado.
Bautista Araña había salvado el día. Los niños del barrio vitorearon a su héroe. El heladero le regaló un helado gigante de fresa y chocolate. Bautista se sintió muy orgulloso. Pero su trabajo no había terminado. Tenía que volver al partido antes de que sospecharan. Se escondió detrás del árbol, se quitó el traje de Bautista Araña y se puso la camiseta de Los Rayos. Volvió corriendo al banquillo.
"¿Cómo te sientes, Bautista?", le preguntó su entrenador. "Mucho mejor, entrenador. Creo que puedo volver a jugar", respondió Bautista. El entrenador sonrió. "¡Perfecto! Te necesitamos en el campo". Bautista entró al campo y, con energías renovadas, marcó el gol de la victoria. ¡Los Rayos ganaron la Copa de la Justicia!
Esa noche, Bautista se acostó en su cama, pensando en todo lo que había pasado. Había jugado al fútbol, se había convertido en Bautista Araña, había salvado el día y había ganado la copa. ¡Qué día tan increíble! Se durmió soñando con nuevas aventuras y con la próxima vez que tendría que ponerse su traje de superhéroe. Sabía que, aunque fuera un niño, podía hacer la diferencia y salvar el mundo, un helado y un partido de fútbol a la vez.
Desde entonces, Bautista siguió jugando al fútbol, divirtiéndose con sus amigos y familiares, y protegiendo su barrio como Bautista Araña. Siempre estaba alerta, listo para actuar cuando alguien necesitara su ayuda. Porque Bautista sabía que el verdadero poder de un superhéroe no está en tener superpoderes, sino en tener un gran corazón y el valor de hacer lo correcto, incluso cuando da miedo.
Y así, Bautista, el niño que se convertía en Bautista Araña, continuó su vida llena de aventuras, goles y, sobre todo, mucha, mucha justicia.
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