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Gratis · elegí una vozBenito era un campesino… bueno, para ser sinceros, era el campesino más torpe de todo el Valle Verde. Tropezaba con las gallinas, confundía las zanahorias con los nabos y, una vez, intentó ordeñar a una oveja. No era malintencionado, solo… un poco despistado.
Un día, mientras Benito intentaba arreglar una cerca (tarea que, naturalmente, terminó empeorando), escuchó un gran revuelo en el pueblo. Corrió, tropezando con sus propios pies, hasta la plaza, donde vio una multitud furiosa. El Alcalde, Don Remigio, un hombre con un bigote más grande que su paciencia, gritaba con voz temblorosa.
"¡Un dragón! ¡Un dragón ha robado la cosecha de manzanas! ¡Necesitamos un valiente cazador!"
Benito, queriendo ayudar (y quizás impresionar a la bella Rosalía, la panadera del pueblo), intentó acercarse para ofrecer su… bueno, su presencia. Pero, como era de esperar, tropezó con una carreta llena de calabazas, enviándolas rodando por toda la plaza. En el caos, su nombre fue gritado repetidamente.
"¡Benito! ¡Benito! ¡El valiente Benito se ha ofrecido!", exclamó Don Remigio, interpretando el tropezón como un acto de valentía. Benito, aturdido y cubierto de calabaza, no tuvo tiempo de protestar. Antes de que pudiera decir "¡Pero yo…!", ya le habían puesto una armadura oxidada, le habían dado una lanza que parecía más una rama torcida y lo habían despedido con vítores y aplausos.
"¡Buena suerte, Benito! ¡Trae al dragón, o al menos las manzanas!", gritó Rosalía, lanzándole un guiño que hizo que el corazón de Benito diera un vuelco (y casi lo hiciera caer, otra vez).
Así, Benito, el campesino torpe, se encontró solo en el camino hacia la guarida del dragón, un sendero rocoso que serpenteaba a través de un bosque oscuro y amenazante. La armadura le pesaba, la lanza era incómoda y el miedo le mordía el estómago. "¿Qué he hecho?", se lamentó, tropezando con una raíz y cayendo de bruces.
Para cuando llegó a la cueva del dragón, Benito estaba exhausto, sucio y aterrorizado. La cueva era oscura y húmeda, y olía a azufre y manzanas podridas. Un rugido estruendoso resonó desde las profundidades de la cueva, haciendo temblar a Benito de pies a cabeza.
"¡Aquí estoy!", gritó Benito, con la voz temblorosa. "¡Soy… soy Benito, el… el cazador! ¡Vengo a… a… recuperar las manzanas!"
Del fondo de la cueva, emergió una figura imponente: un dragón enorme, escamoso y con unos ojos amarillos y brillantes. Pero, para sorpresa de Benito, el dragón no parecía furioso. De hecho, parecía… triste.
"¿Manzanas?", gruñó el dragón, con una voz que sonaba más a quejido que a rugido. "No quiero manzanas. Estoy harto de manzanas. ¡Me duelen las encías!"
Benito, al ver la oportunidad, se acercó cautelosamente. "¿Le duelen las encías?", preguntó. "Tal vez… tal vez necesite algo más suave. ¿Ha probado las peras?"
El dragón parpadeó, sorprendido. "¿Peras? Nunca he comido peras. ¿Son buenas?"
"¡Deliciosas!", exclamó Benito. "Tengo un peral en mi huerto. ¡Venga conmigo!"
Y así, Benito, el campesino torpe, llevó al dragón a su huerto. Le ofreció las peras más jugosas y dulces que pudo encontrar. El dragón las devoró con deleite, y al final, su dolor de encías desapareció.
El dragón, agradecido, prometió proteger el Valle Verde de cualquier peligro. Y Benito, el campesino torpe, se convirtió en el héroe del pueblo, no por matar al dragón, sino por curarle las encías. Rosalía le preparó un pastel de pera gigante, y Don Remigio le dio una medalla de honor, que, naturalmente, Benito perdió al día siguiente. Pero no importaba. Benito había descubierto que a veces, la torpeza puede llevar a la aventura, y que incluso los dragones necesitan un poco de amabilidad (y unas buenas peras).
Desde entonces, Benito siguió siendo el campesino más torpe del Valle Verde, pero también el más querido. Y cada año, cuando llegaba la temporada de las peras, el dragón visitaba a Benito, no para robar manzanas, sino para disfrutar de una merienda deliciosa y una buena compañía.
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