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Gratis · elegí una vozBenjamin tenía un año y vivía en un precioso apartamento en París, con vistas a la Torre Eiffel. Le encantaba jugar con sus bloques de madera y balbucear canciones francesas inventadas. Un día, su mamá, Sophie, le dijo con una gran sonrisa: "¡Benjamin, tenemos una sorpresa! ¡Tu Abuela Miss Cris, tu Tía Male, tu Abuelo Dony y Simón el perro vienen a visitarnos desde muy lejos!"
Benjamin, aunque aún no entendía todas las palabras, reconoció los nombres. Abuela, Tía, Abuelo… ¡eran palabras mágicas llenas de cariño! Y Simón… ¡guau, guau! Simón era su amigo peludo favorito, aunque solo lo había visto en fotos.
La mañana siguiente, Benjamin se despertó con un cosquilleo en la nariz. Olía a croissants recién horneados y a algo más… ¡algo emocionante! Sophie lo vistió con su camiseta a rayas y lo llevó a la sala. Allí estaban: ¡Miss Cris, Tía Male y Abuelo Dony! Todos le sonreían con los ojos brillantes. Miss Cris tenía un sombrero lleno de flores de colores, Tía Male llevaba un bolso lleno de pegatinas brillantes y Abuelo Dony tenía un bigote muy divertido que hacía cosquillas cuando le daba besos.
"¡Benjamin, mon amour!" exclamó Miss Cris, abrazándolo con fuerza. "¡Mira cuánto has crecido!"
Tía Male le dio una pegatina brillante de un gato y Abuelo Dony le hizo una marioneta con su pañuelo. Benjamin reía a carcajadas, feliz de tener a toda su familia reunida.
De repente, se escuchó un ladrido alegre. ¡Guau, guau! ¡Era Simón! Simón, un labrador dorado muy juguetón, entró corriendo en la sala, moviendo la cola con entusiasmo. Benjamin, al verlo, gateó hacia él a toda velocidad, gritando "¡Simón! ¡Guau, guau!".
Simón lamió la cara de Benjamin con cariño y luego le ofreció su juguete favorito: una pelota de tenis vieja y mordisqueada. Benjamin la agarró con sus pequeñas manos y la lanzó (o intentó lanzarla) con todas sus fuerzas. La pelota rodó unos centímetros, pero a Benjamin no le importó. ¡Estaba jugando con Simón en París!
Durante los siguientes días, París se convirtió en un parque de juegos gigante para Benjamin y su familia. Miss Cris lo llevó a dar un paseo en barco por el Sena, donde vio los patos nadando y las torres de Notre Dame. Tía Male lo llevó al parque de atracciones, donde se subió a un carrusel y comió algodón de azúcar rosa. Abuelo Dony lo llevó a un museo, donde vio cuadros enormes y esculturas brillantes. Y Simón, por supuesto, siempre estaba a su lado, moviendo la cola y ladrando de alegría.
Un día, mientras estaban sentados en un café tomando chocolate caliente, Tía Male tuvo una idea brillante. "¡Vamos a hacer un picnic en el Jardín de Luxemburgo!" exclamó.
A Benjamin le encantó la idea. Empaquetaron croissants, queso, fruta y un montón de juguetes para Simón. En el Jardín de Luxemburgo, encontraron un lugar perfecto debajo de un árbol grande y frondoso. Miss Cris extendió una manta a cuadros y todos se sentaron a disfrutar del picnic.
Simón corría por el jardín, persiguiendo ardillas y jugando con otros perros. Benjamin gateaba detrás de él, riendo y gritando. De repente, Simón se detuvo y empezó a ladrar a un grupo de palomas. Las palomas salieron volando, asustando un poco a Benjamin.
Benjamin empezó a llorar. Abuelo Dony lo abrazó y le dijo: "No te preocupes, Benjamin. Las palomas no te harán daño".
Para animarlo, Miss Cris sacó su ukulele y empezó a cantar una canción francesa muy divertida. Tía Male empezó a bailar y Abuelo Dony hacía caras graciosas. Benjamin, al verlos tan contentos, se olvidó del susto y empezó a reír otra vez.
Después del picnic, decidieron ir a la Torre Eiffel. Subieron en ascensor hasta la cima y admiraron las vistas de París. Benjamin, agarrado a los brazos de su Abuela, miraba todo con los ojos muy abiertos. ¡París era aún más bonito desde arriba!
Los días pasaron volando y llegó el momento de que Miss Cris, Tía Male, Abuelo Dony y Simón regresaran a casa. Benjamin se sentía un poco triste, pero sabía que pronto volverían a visitarlo.
En el aeropuerto, le dieron un abrazo muy fuerte y le prometieron que le enviarían muchas postales. Simón lamió su cara por última vez y movió la cola con tristeza.
Cuando Sophie y Benjamin regresaron a su apartamento en París, Benjamin se sentía un poco solo. Pero luego vio la pegatina brillante del gato que le había dado Tía Male. La pegó en su cuna y sonrió. Sabía que aunque su familia estuviera lejos, siempre estarían en su corazón.
Y así, Benjamin, el bebé parisino, esperó con impaciencia su próxima visita mágica.
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