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Había una vez en la ciudad de Montevideo, dos hermanos llamados Benjamín, de ocho años, y Julián, de cuatro. En su casa, cerca de la rambla, los días pasaban entre partidos de fútbol imaginarios y complejos puzzles que cubrían toda la mesa del comedor. Benjamín era un experto en encajar las piezas más difíciles, mientras que el pequeño Julián se encargaba de encontrar los colores más brillantes. Una tarde, sus papás, Matías y Fiorella, los llamaron al living con una sonrisa misteriosa. En la mesa no había un puzzle común, sino un mapa gigante de Europa y cuatro pasajes de avión.
—¡Nos vamos de viaje! —anunció Fiorella—. Cruzaremos el océano para conocer Londres y París.
Los ojos de los niños se abrieron como platos. Para prepararse, guardaron en sus mochilas sus tesoros más preciados: sus camisetas de fútbol favoritas y varios paquetes de galletitas Salmas y 9 de Oro, por si en el otro lado del mundo extrañaban el sabor de casa. El viaje comenzó en el aeropuerto de Carrasco. El primer salto fue corto, hasta Brasil, donde el avión rugió con fuerza. Julián miraba por la ventanilla las nubes de algodón, imaginando que eran piezas de un puzzle gigante que se movía con el viento.
Tras un largo vuelo sobre el mar, aterrizaron en Londres, la capital de Inglaterra. Al bajar, el aire era fresco y el cielo tenía un color gris elegante. Matías les explicó que Londres es una ciudad con miles de años de historia. Lo primero que vieron fueron los famosos autobuses rojos de dos pisos. ¡Eran como juguetes gigantes! Se sentaron en la parte de arriba, justo en la primera fila, y sintieron que podían tocar las ramas de los árboles.
—¡Miren, el reloj gigante! —gritó Benjamín. Era el Big Ben. Matías les contó un secreto: Big Ben no es el nombre de la torre ni del reloj, sino de la enorme campana de trece toneladas que suena adentro. Los niños intentaron imaginar el tamaño de esa campana mientras comían unas 9 de Oro frente al río Támesis. Caminaron hasta el Palacio de Buckingham, donde vieron a los guardias con sus grandes sombreros de piel de oso, llamados busbies. Benjamín y Julián intentaron quedarse muy quietos como ellos, pero Julián no pudo evitar soltar una risita cuando un guardia movió un ojo.
Una de las mejores sorpresas en Londres fue visitar el Museo de Historia Natural. Allí, los esqueletos de dinosaurios parecían cobrar vida. Benjamín, que sabía mucho de historia, les explicó a todos que Londres fue fundada por los romanos hace muchísimo tiempo. También fueron a jugar fútbol al Hyde Park, un parque tan grande que Julián pensó que nunca terminaría. Allí, entre los árboles, compartieron sus Salmas con algunas ardillas curiosas que se acercaban a oler el aroma uruguayo.
Después de una semana mágica, llegó el momento de cambiar de país. Pero no usaron un avión, sino un tren llamado Eurostar que viaja por debajo del mar a través de un túnel larguísimo. —¡Estamos bajo el agua! —decía Julián emocionado, aunque solo se veía oscuridad por la ventana. En poco tiempo, llegaron a París, la Ciudad de la Luz.
—¡Bienvenue à Paris! —dijo Fiorella con tono melodioso—. Aquí se habla francés, así que vamos a aprender algunas palabras. Para decir hola se dice Bonjour, y para decir gracias se dice Merci.
París era diferente a Londres. Las calles eran amplias y los edificios tenían balcones de hierro forjado que parecían encajes. La primera parada fue, por supuesto, la Torre Eiffel. Cuando estuvieron debajo de ella, Benjamín se dio cuenta de que la torre era como el puzzle más grande del mundo, hecho de 18,000 piezas de hierro y millones de tornillos. —¡Cest magnifique! —exclamó Benjamín, usando su nueva palabra para decir que era magnífico.
Subieron hasta lo más alto y desde allí vieron el río Sena serpenteando como una cinta de plata. Matías les contó que, aunque ahora todos aman la torre, cuando se construyó, a muchos parisinos les parecía fea y querían quitarla. ¡Qué suerte que no lo hicieron! Al bajar, caminaron por los jardines de Trocadero y se sentaron a descansar. Julián sacó un paquete de Salmas y las compartió con su papá mientras miraban a los artistas pintar cuadros en la calle.
Al día siguiente, fueron al Museo del Louvre. Allí buscaron a la Mona Lisa, una pintura pequeña pero con una sonrisa muy misteriosa. —¿Está feliz o está triste? —preguntó Julián. Benjamín pensó que quizás la Mona Lisa solo tenía ganas de comer una galleta 9 de Oro. Después, visitaron el Jardín de las Tullerías, donde alquilaron unos pequeños barquitos de madera para navegar en la fuente. Fue el momento perfecto para practicar su francés: Sil vous plaît para pedir el barquito y Au revoir al despedirse de la fuente.
No podía faltar el fútbol en la ciudad del Paris Saint-Germain. Benjamín y Julián corrieron por el césped de los parques parisinos, regateando entre flores y estatuas, sintiéndose como estrellas internacionales. En París, también descubrieron que el pan es sagrado. Comieron baguettes largas y crujientes que les recordaban a los bizcochos de Montevideo, pero con un sabor diferente.
Una tarde, mientras el sol se ponía y pintaba el cielo de rosa y naranja sobre la catedral de Notre Dame, la familia se sentó en un banco. Matías y Fiorella abrazaron a sus hijos. Habían pasado dos semanas increíbles. Habían aprendido que el mundo es un lugar enorme, lleno de idiomas diferentes y monumentos antiguos, pero que en cualquier rincón del planeta, ya sea Londres o París, lo más importante era estar juntos.
—¿Cuál fue su parte favorita? —preguntó Fiorella.
—A mí me gustó el Big Ben y los dinosaurios —dijo Benjamín.
—A mí los barquitos de la fuente y decir Bonjour —añadió Julián mientras masticaba su última 9 de Oro.
El viaje estaba llegando a su fin, pero en sus mentes ya se estaba armando un nuevo puzzle: el de los recuerdos. Cada foto, cada ticket de tren y cada palabra en francés era una pieza nueva que guardarían para siempre en su corazón. Al regresar a Montevideo, cuando vieran la rambla y el sol caer sobre el Río de la Plata, sabrían que, aunque Uruguay es su hogar, el mundo entero es un patio de juegos esperando a ser explorado nuevamente. Y así, entre juegos de fútbol en el jardín y nuevos puzzles sobre la mesa, Benjamín y Julián comenzaron a soñar con su próxima gran aventura. ¡Bon voyage, valientes viajeros!
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