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Gratis · elegí una voz"Bernardo el Oso Gruñón Aprende a Sonreír"
Sinopsis
Bernardo el oso gruñón vive solo en el Bosque Susurrante, siempre refunfuñando. Un día, ayuda a una pequeña zorrita perdida a encontrar a su mamá, descubriendo la alegría de la bondad. Bernardo aprende a sonreír, transformando su vida y la de los demás animales del bosque.
En lo profundo del Bosque Susurrante, vivía un oso llamado Bernardo. Pero no era un oso cualquiera. Bernardo era un oso gruñón, un oso *muy* gruñón. Desde que se levantaba con el sol (o bueno, más bien, desde que el sol lo obligaba a levantarse), hasta que se volvía a meter en su cueva, Bernardo se pasaba el día refunfuñando.
"¡Demasiado sol!" gruñía si el día era soleado. "¡Demasiada lluvia!" rezongaba si caían cuatro gotas. Los pájaros cantaban y él les decía: "¡Dejad de hacer tanto ruido!" Las ardillas jugaban y él las regañaba: "¡Dejad de corretear, me mareáis!".
Los demás animales del bosque, al principio, intentaban animarlo. La conejita Lila le llevaba zanahorias frescas. El cervatillo Tito le contaba chistes. Pero nada funcionaba. Bernardo seguía siendo el oso más gruñón del Bosque Susurrante. Poco a poco, los animales dejaron de acercarse a él. Bernardo se quedó solo, rodeado de su mal humor.
Un día, mientras Bernardo gruñía porque una hoja había caído sobre su nariz, escuchó un llanto suave. Provenía de detrás de un gran roble. Con su habitual ceño fruncido, Bernardo se acercó a investigar. Allí, acurrucada entre las raíces del árbol, estaba una pequeña zorrita. Tenía los ojos rojos de tanto llorar.
"¿Qué te pasa?" gruñó Bernardo, aunque en realidad estaba preocupado. La zorrita, asustada por la voz grave, se escondió aún más entre las raíces. "No... no me hagas daño," sollozó.
Bernardo se sorprendió. ¿Él, haciendo daño a alguien? Aunque era gruñón, no era malo. "No te voy a hacer daño," dijo con voz más suave. "¿Por qué lloras?"
La zorrita, lentamente, salió de su escondite. "Me he perdido," dijo con la voz temblorosa. "No encuentro a mi mamá."
Bernardo sintió algo extraño en su pecho. Era una sensación que no había experimentado en mucho tiempo: compasión. "Tranquila," dijo. "Yo te ayudaré a encontrarla."
La zorrita lo miró con incredulidad. "¿Tú? Pero si eres Bernardo el Gruñón."
"Sí, bueno..." Bernardo se rascó la cabeza. "Pero incluso los osos gruñones pueden ayudar a una zorrita perdida."
Así, Bernardo y la zorrita, cuyo nombre era Zita, emprendieron la búsqueda de la mamá de Zita. Bernardo, a pesar de su costumbre de gruñir, se mostró sorprendentemente paciente. Preguntó a los pájaros si habían visto a una zorra. Olfateó el aire en busca de su rastro. Incluso dejó de refunfuñar cuando Zita tropezaba.
Después de horas de búsqueda, llegaron a una colina. Desde allí, Zita gritó: "¡Mamá!" Y, para su alegría, una zorra respondió desde la distancia. Zita corrió hacia su mamá, quien la abrazó con fuerza.
La mamá de Zita se acercó a Bernardo. "Muchas gracias por ayudar a mi hija," dijo con gratitud. "No sé qué habría hecho sin ti."
Bernardo se sintió extraño. Nunca antes había recibido agradecimiento. "No... no fue nada," murmuró, sintiendo un leve rubor en sus mejillas.
Zita corrió hacia Bernardo y le dio un abrazo. "Eres el mejor oso del mundo," dijo. "¡Aunque seas un poco gruñón!"
Cuando Bernardo regresó a su cueva esa noche, no gruñó. Pensó en la sonrisa de Zita y en el agradecimiento de su mamá. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una sensación cálida y agradable en su interior.
Al día siguiente, cuando el sol lo despertó, en lugar de gruñir, Bernardo sonrió. Era una sonrisa pequeña, tímida, pero era una sonrisa. Salió de su cueva y se encontró con Lila la conejita.
"Buenos días, Lila," dijo Bernardo. Lila se quedó boquiabierta. Nunca había oído a Bernardo decir "buenos días."
"Buenos... buenos días, Bernardo," tartamudeó Lila.
"¿Tienes zanahorias hoy?" preguntó Bernardo. Lila asintió y le ofreció una zanahoria. Bernardo la aceptó y le dio un mordisco. "Está deliciosa," dijo.
Lila no podía creer lo que oía. Corrió a contarles a los demás animales del bosque. Al principio, nadie le creyó. Pero cuando vieron a Bernardo sonriendo y saludando, se dieron cuenta de que algo había cambiado.
Bernardo el Oso Gruñón, gracias a una pequeña zorrita perdida, había aprendido a sonreír. Y el Bosque Susurrante se volvió un lugar aún más alegre y feliz. Ahora, en lugar de gruñir, Bernardo ayudaba a los demás animales, jugaba con las ardillas y hasta cantaba (aunque no muy bien) con los pájaros. Descubrió que ser amable y ayudar a los demás lo hacía sentir mucho mejor que estar siempre de mal humor. Y aunque a veces seguía siendo un poco gruñón, era un gruñón feliz, un gruñón al que todos querían. Porque, después de todo, hasta el oso más gruñón puede tener un corazón de oro.
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