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Había una vez, en una ciudad donde los edificios parecían piezas de construcción de colores, un pequeño robot llamado Berto. Berto no era un robot gigante que derribaba muros, ni un robot veloz que entregaba paquetes en segundos. Berto era un robot de color plateado, con una cabeza redonda, ojos azules que brillaban suavemente y una antena amarilla que se movía cuando estaba emocionado. Pero esa mañana, su antena no se movía de alegría; vibraba de puro nerviosismo. Era su primer día en la Escuela Primaria Multichip.
—¿Y si mis circuitos se sobrecalientan? —le preguntó Berto a su mamá robot mientras ella le ajustaba los tornillos de los hombros—. ¿Y si los niños humanos piensan que soy demasiado ruidoso? ¿O si los otros robots son más brillantes que yo?
Su mamá, que tenía unos brazos largos y reconfortantes, le dio un suave toque en su placa de pecho verde. —Berto, todos tienen algo que los hace especiales. Solo tienes que encontrar tu propio ritmo. Recuerda: si te sientes nervioso, respira profundo y deja que tu procesador se enfríe.
Berto llegó a la escuela con su pequeña mochila naranja. El patio era un torbellino de actividad. Había niños corriendo, saltando y riendo, y otros robots de diferentes formas: unos con ruedas, otros con múltiples brazos y algunos que incluso flotaban. Berto se quedó pegado a la pared, sintiendo que sus tornillos empezaban a saltar. Cada vez que alguien lo miraba, sus ojos azules parpadeaban rápidamente, una señal clara de que su timidez estaba tomando el mando.
Al entrar al aula, la maestra, la señorita Chispa, lo recibió con una gran sonrisa. —¡Bienvenido, Berto! Estamos muy felices de tenerte aquí. Busca un lugar y prepárate para nuestra primera actividad.
Berto divisó un asiento libre al fondo. Al lado estaba una niña de unos siete años con una melena de rizos rojos muy brillantes y pecas en la nariz. Llevaba un peto vaquero sobre una camiseta de rayas amarillas y blancas. Ella lo miró y le dedicó una sonrisa tan radiante que los circuitos de Berto emitieron un pequeño pitido de sorpresa.

—Hola, soy Lía —dijo la niña—. Me gusta tu antena. Parece un rayo de sol.
Berto intentó responder, pero su sintetizador de voz se trabó. —H-h-hola. S-soy B-berto —logró decir, mientras su antena se volvía de un color anaranjado por la vergüenza.
La primera clase era de arte. La señorita Chispa les pidió que dibujaran lo que más les gustara en el mundo. Berto miró el papel blanco. Sus manos metálicas eran muy precisas, capaces de dibujar círculos perfectos y líneas rectas impecables, pero se sentía bloqueado. Miró a su alrededor. Los otros niños estaban pintando con entusiasmo: perros, casas, naves espaciales. Lía estaba pintando un jardín lleno de flores de colores imposibles.
De repente, un ruido fuerte asustó a Berto. Un pequeño robot con ruedas había chocado accidentalmente contra un estante de pinturas, y varios botes cayeron al suelo. El estruendo hizo que los sensores de Berto entraran en pánico. Sus tornillos empezaron a vibrar tanto que empezaron a sonar como una pequeña orquesta de percusión: *¡clic, clac, tic, tac!*
Berto se encogió en su asiento, temiendo que todos se rieran de su ruido. Pero entonces, sintió una mano suave en su brazo metálico. Era Lía.
—¡Oye, eso suena genial! —exclamó ella con asombro—. ¡Tienes ritmo, Berto!

Lía empezó a seguir el ritmo de los tornillos de Berto dando golpecitos con sus dedos sobre la mesa. Otros niños se acercaron, curiosos. —¡Parece una canción de rock robótico! —dijo un niño con gafas.
Berto se dio cuenta de que su miedo no era algo malo, era simplemente energía. Cerró los ojos, respiró hondo como le había dicho su mamá, y decidió usar esa vibración. Empezó a mover sus manos sobre el papel, pero esta vez no buscó la perfección. Dejó que sus dedos metálicos bailaran al ritmo de sus propios tornillos. Usó pintura azul, amarilla y verde, creando formas abstractas que parecían fuegos artificiales de electricidad.
Cuando terminó, su dibujo era el más vibrante de la clase. No eran líneas rectas, eran emociones convertidas en colores. La señorita Chispa se acercó y aplaudió. —¡Es maravilloso, Berto! Has capturado la energía del movimiento.
Al final del día, mientras esperaba a su mamá, Berto ya no estaba pegado a la pared. Estaba junto a Lía, compartiendo unos caramelos (aunque él solo los guardaba en su compartimento de tesoros). Su antena ya no vibraba de miedo, sino que giraba alegremente como un pequeño ventilador.
—¿Ves? —le dijo Lía mientras se despedía—. Sabía que tu antena era especial.
Berto regresó a casa con su mochila naranja y el corazón (o al menos su núcleo de energía) lleno de alegría. Había aprendido que ser un robot tímido no significaba ser débil. Sus tornillos saltarines le habían enseñado que, a veces, para encajar, solo hace falta encontrar a alguien que quiera bailar al ritmo de tu propia música. Aquella noche, antes de ponerse a cargar, Berto no pensó en sus miedos, sino en los colores brillantes y en su nueva amiga de rizos rojos. El primer día de clase había sido, después de todo, una aventura perfectamente imperfecta.
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