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Había una vez un gato llamado Bigotes que no era como los demás felinos de su vecindario. Mientras otros gatos soñaban con cazar ratones o dormir largas siestas bajo el sol, Bigotes pasaba sus noches mirando el cielo estrellado desde el tejado de su casa. Su mayor obsesión no era el atún, sino esa enorme esfera brillante que colgaba en el firmamento: la Luna. Bigotes estaba convencido de que la Luna no era una roca fría, sino un lugar lleno de aventuras y, posiblemente, ratones espaciales de colores. Con la ayuda de su mejor amiga, una ingeniosa ardilla llamada Bellota que era experta en construir cosas con chatarra, Bigotes comenzó a diseñar su propio medio de transporte. Utilizaron una vieja lavadora, tubos de ventilación y mucha cinta adhesiva plateada. Bellota instaló un motor impulsado por el ronroneo más potente de Bigotes, y después de meses de arduo trabajo, la nave Miau-1 estaba lista en el jardín trasero.
El día del lanzamiento, Bigotes se puso su traje especial: un casco hecho con una pecera vacía y un traje de lana blanca que su dueña le había tejido. Con un maullido de despedida, saltó dentro de la lavadora-cohete. Bellota presionó el botón rojo y, con un estruendo de burbujas y vapor, el Miau-1 se elevó sobre los árboles, atravesando las nubes hasta que el cielo azul se volvió negro y lleno de diamantes brillantes. El viaje fue tranquilo, excepto por un momento en que Bigotes casi se distrae persiguiendo un rayo láser que resultó ser un pequeño meteorito pasando de largo. Finalmente, tras un aterrizaje algo accidentado que lo dejó cubierto de polvo plateado, Bigotes abrió la escotilla y puso sus patas sobre la superficie lunar. Se sorprendió al notar que el suelo era suave y crujiente, como si caminara sobre galletas.
De repente, unas orejas puntiagudas y fosforescentes asomaron detrás de un cráter. Bigotes se erizó por un momento, pero su curiosidad fue mayor que su miedo. De la sombra salieron tres criaturas pequeñas y redondas, de color verde neón, con seis patas cada una y ojos que brillaban como luciérnagas. Eran los Lunis, los habitantes secretos del satélite. Al principio, los Lunis estaban asustados, pero cuando Bigotes sacó una pequeña pelota de lana que traía en su traje, la diversión comenzó. Los extraterrestres nunca habían visto nada igual. Empezaron a saltar y a pasarse la pelota usando sus seis patas, riendo con sonidos que parecían campanillas de cristal. Bigotes descubrió que en la Luna la gravedad era tan baja que podía dar saltos mortales triples sin ningún esfuerzo. Pasaron horas jugando a las escondidas entre los valles de polvo lunar y explorando cuevas que brillaban con luz propia.
Los Lunis invitaron a Bigotes a su hogar, una ciudad subterránea construida con cristales que cambiaban de color según el humor de sus habitantes. Allí, le ofrecieron una merienda de jugo de estrella, que sabía a limonada mezclada con algodón de azúcar. A cambio, Bigotes compartió con ellos el secreto del ronroneo, un sonido que los Lunis encontraron fascinante y relajante. El jefe de los Lunis, un ser un poco más grande con una corona de meteoritos, le explicó a Bigotes que ellos siempre habían observado a los gatos de la Tierra y los admiraban por su elegancia. Sin embargo, Bigotes se dio cuenta de que empezaba a extrañar su hogar. El oxígeno de su pecera se estaba agotando y extrañaba el calor del sol en su lomo y el olor de la hierba fresca.
Como regalo de despedida, los Lunis le entregaron a Bigotes una piedra lunar que brillaba con un azul intenso, asegurándole que si alguna vez se sentía solo, solo tendría que mirar la piedra para recordar a sus amigos espaciales. Además, ayudaron a reparar el Miau-1, mejorando el motor con tecnología alienígena que lo haría viajar mucho más rápido. Bigotes se despidió con un cariñoso roce de nariz con cada uno de sus nuevos amigos y subió a su nave. El viaje de regreso fue un destello de luz. En menos de lo que tarda un gato en lamerse una pata, el Miau-1 aterrizó suavemente en el mismo jardín donde Bellota lo esperaba con impaciencia. Bigotes salió de la nave, se quitó el casco de pecera y soltó un largo bostezo. Bellota lo abrazó y le preguntó por su viaje. Bigotes no dijo mucho, solo le mostró la piedra azul brillante y miró hacia arriba. Ahora, cada vez que Bigotes mira la Luna, sabe que no está solo y que, en algún lugar allá arriba, hay tres pequeños seres verdes esperando su próxima visita para volver a jugar con la pelota de lana.
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