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Gratis · elegí una vozEl sol pegaba fuerte ese 8 de julio en Toay. Mateo, Santiago y sus amigos, Lautaro y Sofía, corrían detrás de la pelota como pequeños torbellinos. Era un partido de fútbol épico en el barrio, lleno de gritos de alegría y alguna que otra patada al aire. De repente, ¡paf! Un pelotazo certero de Mateo impactó directamente en los lentes de Santiago.
Santiago se quedó paralizado. Se tocó la cara y sintió el crujido del plástico roto. Sus lentes, sus queridos lentes, estaban hechos pedazos. Sin ellos, el mundo se le veía borroso, como un cuadro pintado con acuarelas diluidas.
"¡Uy, Santiago! ¡Perdón!" gritó Mateo, con la cara llena de culpa. Lautaro y Sofía se acercaron preocupados.
"¿Estás bien?" preguntó Sofía.
Santiago asintió con la cabeza, aunque en realidad se sentía muy mal. Sabía que sus padres estaban muy cansados por el trabajo. No quería molestarlos con esto. Ya trabajaban mucho para poder comprarle las cosas que necesitaba.
"No pasa nada," murmuró Santiago, aunque la verdad es que sí pasaba. Sin sus lentes, leer en clase sería un desafío, y jugar al fútbol, ¡ni hablar!
Mateo, Lautaro y Sofía se sintieron muy mal por Santiago. "Tenemos que hacer algo," dijo Mateo, con determinación. "¡Ya sé! ¿Se acuerdan que el kiosco de Don Ramón está comprando bolitas? Podríamos juntar bolitas y venderlas para arreglar los lentes de Santiago."
A todos les pareció una idea genial. El kiosco de Don Ramón era famoso por comprar bolitas a los chicos del barrio. Don Ramón las usaba para decorar sus macetas y siempre pagaba un buen precio.
Pero pronto se dieron cuenta de que no tenían tantas bolitas como pensaban. Lautaro tenía unas pocas, Sofía también, y Mateo solo guardaba las suyas para jugar. Santiago, por supuesto, no tenía ninguna. La misión de juntar suficientes bolitas para arreglar los lentes de Santiago parecía una tarea titánica.
"No nos vamos a rendir," dijo Mateo, con el espíritu de un verdadero capitán. "¡Vamos a ganar bolitas!"
La idea era arriesgada, pero emocionante. Decidieron desafiar a los chicos de otros barrios a jugar a las bolitas. El ganador se quedaba con las bolitas del perdedor. Era una apuesta alta, pero estaban decididos a ayudar a su amigo Santiago.
La tarde se convirtió en una serie de duelos épicos. Mateo, con su puntería infalible, desafió a Juan del barrio de la plaza. Lautaro, con su estrategia astuta, se enfrentó a Martina, la reina de las bolitas del barrio del río. Sofía, con su concentración envidiable, jugó contra Carlos, el campeón del barrio del sol.
Algunos partidos los ganaron, otros los perdieron. Hubo momentos de tensión, de alegría, de frustración. Pero nunca se rindieron. Siempre recordaban por qué estaban jugando: para ayudar a Santiago a recuperar su vista.
Santiago, mientras tanto, los animaba desde la banca, con el corazón lleno de gratitud. Aunque veía el mundo borroso, podía ver con claridad el cariño y la amistad de sus amigos.
Al final del día, estaban agotados, llenos de tierra y con las rodillas raspadas. Pero también estaban eufóricos. ¡Habían logrado juntar suficientes bolitas! Corrieron al kiosco de Don Ramón, quien, al verlos llegar con tantas bolitas, les sonrió con su rostro arrugado por el sol.
Don Ramón les dio el dinero necesario para arreglar los lentes de Santiago. Corrieron a la óptica y, con el corazón latiendo a mil por hora, entregaron los lentes rotos.
Unos días después, Santiago tenía sus lentes nuevos. ¡Podía ver el mundo con claridad otra vez! La alegría en su rostro era contagiosa. Abrazó a Mateo, a Lautaro y a Sofía, agradeciéndoles su increíble ayuda.
Para celebrar, decidieron juntarse en la casa de Lautaro a jugar a la Play. Estaban cansados después de un largo día de trabajo, pero felices de estar juntos, jugando y riendo. Esa tarde, los videojuegos fueron lo de menos. Lo importante era la amistad que los unía, una amistad que había demostrado ser más fuerte que cualquier pelotazo.
Esa noche, Santiago durmió profundamente, soñando con bolitas, amigos y un futuro brillante, lleno de aventuras y juegos a la vista... ¡bien clara!
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