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Gratis · elegí una vozBolívar era un niño curioso, con el cabello alborotado como un nido de pájaro y una sonrisa que iluminaba hasta el rincón más oscuro. Le encantaba jugar al aire libre, correr tras las mariposas en el jardín de su abuela y construir castillos de arena en la playa. Pero lo que más le fascinaba era su sombra.
Un día soleado, mientras Bolívar jugaba a la pelota, notó algo extraño. Su sombra, normalmente un reflejo fiel de sus movimientos, ¡estaba haciendo cosas por su cuenta! Cuando Bolívar levantaba su brazo derecho, la sombra levantaba el izquierdo. Cuando saltaba hacia adelante, la sombra daba un brinco hacia atrás. Al principio, pensó que era una broma de su imaginación, pero cuanto más observaba, más claro se volvía: su sombra tenía voluntad propia.
"¡Pero qué cosa más rara!" exclamó Bolívar, deteniéndose en seco. La sombra, en respuesta, se puso a bailar un pequeño zapateado. Bolívar se rió a carcajadas. Quizás tener una sombra traviesa no era tan malo después de todo.
Al día siguiente, Bolívar decidió investigar más a fondo. Se levantó temprano, antes de que el sol estuviera en su punto más alto, y salió al jardín. La sombra lo esperaba, alargada y misteriosa en el césped cubierto de rocío. Bolívar intentó hablar con ella.
"¡Hola, sombra!" saludó tímidamente. La sombra no respondió con palabras, pero se inclinó ligeramente, como si estuviera haciendo una reverencia. Bolívar se animó.
"¿Por qué haces cosas diferentes a mí?" preguntó. La sombra, en lugar de responder, comenzó a imitar a un pájaro, moviendo sus brazos como alas y emitiendo un sonido parecido a un gorjeo. Bolívar entendió: la sombra no podía hablar, pero podía comunicarse a través de gestos y movimientos.
Durante los días siguientes, Bolívar y su sombra se convirtieron en inseparables compañeros de juego. Jugaban al escondite, donde la sombra siempre encontraba los mejores lugares para esconderse (¡detrás de los árboles, por supuesto!). Jugaban a las carreras, donde la sombra siempre intentaba ganar (¡estirándose al máximo para llegar primero a la meta!). Y jugaban a inventar historias, donde la sombra interpretaba a los personajes más divertidos.
Un día, mientras jugaban en el parque, Bolívar vio a un niño sentado solo en un banco, con una expresión triste en su rostro. Se acercó a él con cautela.
"Hola," dijo Bolívar. "¿Estás bien?"
El niño, que se llamaba Mateo, negó con la cabeza. "Estoy aburrido," murmuró. "No tengo con quién jugar."
Bolívar sonrió. "¡Yo puedo jugar contigo!" exclamó. "¡Y mi sombra también!"
Mateo levantó la vista, intrigado. Bolívar le explicó lo de la sombra traviesa, y Mateo, al principio escéptico, pronto quedó fascinado al verla en acción. La sombra hizo reír a Mateo con sus payasadas, imitó a un mono colgándose de una rama imaginaria y hasta le ofreció una flor invisible que recogió del suelo.
Ese día, Mateo y Bolívar se hicieron amigos, gracias a la sombra traviesa. Juntos, inventaron juegos aún más divertidos, donde la sombra participaba activamente, creando situaciones cómicas y sorprendentes. La sombra se convirtió en el pegamento que unió su amistad.
Un día, mientras caminaban de regreso a casa, Bolívar le preguntó a su sombra:
"¿Por qué eres tan traviesa? ¿Por qué no simplemente me imitas como todas las demás sombras?"
La sombra se detuvo de repente y se quedó completamente quieta, imitando a Bolívar a la perfección. Luego, lentamente, comenzó a bailar una danza suave y elegante, una danza que expresaba alegría, amistad y la libertad de ser diferente. Bolívar entendió.
La sombra no era traviesa por ser mala, sino por ser creativa. No quería ser solo una copia, quería ser una compañera, una amiga, una fuente de alegría e inspiración. Y Bolívar, al aceptarla tal como era, había descubierto un tesoro invaluable: la magia de la amistad y la belleza de la individualidad.
Desde ese día, Bolívar y su sombra siguieron jugando y explorando el mundo juntos, siempre aprendiendo el uno del otro y celebrando su singular amistad. Y Mateo, por supuesto, se unió a sus aventuras, convirtiéndose en parte inseparable de su peculiar y maravillosa familia.
Y así, Bolívar aprendió que a veces, las cosas más extrañas y diferentes son las que nos traen las mayores alegrías y las amistades más duraderas.
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