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Había una vez, en una casa llena de aromas deliciosos y colores vibrantes, una niña llamada Brenda. Brenda tenía siete años, una cabellera castaña y rizada que parecía tener vida propia y una piel bronceada por el sol de la tarde. Siempre vestía su camiseta amarilla favorita y unos cómodos sobretodos de mezclilla azul. Brenda era una niña muy alegre, pero tenía un pequeño gran problema: cada vez que llegaba la hora de comer, su mente y sus ojos se mudaban a un mundo diferente, un mundo que cabía perfectamente en la palma de su mano. Su teléfono celular.
Para Brenda, el momento de sentarse a la mesa no era una oportunidad para disfrutar de un festín, sino una interrupción molesta. —¡Brenda, la sopa se enfría! —decía su mamá con voz dulce. Sin levantar la vista de la pantalla, donde un video de gatitos bailando capturaba toda su atención, Brenda respondía mecánicamente: —Ahorita, mamá.
Ese 'ahorita' era una palabra elástica. Podía durar cinco minutos, media hora o hasta que el sol se ocultara. Brenda había desarrollado una técnica infalible para no ver la comida: inclinaba su celular justo frente a sus ojos, creando una muralla tecnológica entre ella y el plato de lentejas, el arroz con pollo o la ensalada de colores. Si su papá le decía: —Brenda, prueba el brócoli, parecen arbolitos mágicos—, ella simplemente movía el dedo sobre la pantalla y murmuraba: —Ahorita, estoy en un nivel difícil.
No le gustaba que le insistieran. De hecho, cuando sus padres se ponían firmes, Brenda fruncía el ceño y se sumergía más profundamente en su dispositivo. Para ella, los sonidos de los juegos y las luces de las aplicaciones eran mucho más interesantes que el vapor que salía de las albóndigas. El mundo real se volvía borroso y gris mientras su celular brillaba con colores neón.

Una tarde de martes, algo extraño sucedió. Su mamá había preparado un guiso especial, uno que olía a especias lejanas y a amor de hogar. —Brenda, ven a comer por favor —llamó su madre. —Ahorita —respondió la niña, mientras veía un video de un niño abriendo cajas de juguetes.
Pero esta vez, el 'ahorita' se sintió diferente. De repente, la pantalla de su celular empezó a parpadear. Un pequeño remolino de luz azul salió del dispositivo y, ante los ojos asombrados de Brenda, la comida de su plato comenzó a desvanecerse. No es que alguien se la estuviera comiendo; es que se estaba volviendo transparente, como si se estuviera transformando en un fantasma. Brenda parpadeó, confundida. Miró su celular y luego su plato. Cada vez que ella decía 'ahorita', un trozo de zanahoria o un pedazo de carne desaparecía por completo.
—¿A dónde se va mi comida? —preguntó Brenda en voz alta. Entonces, una vocecita diminuta salió de su teléfono: —Te lo advertimos, Brenda. Si no nos miras, no existimos. Si prefieres los píxeles a los sabores, nos iremos al Reino de Ahorita, donde nada se come y nada se saborea.
Asustada, Brenda dejó el celular sobre la mesa. Por primera vez en mucho tiempo, miró su plato, pero ya estaba casi vacío. Solo quedaba un pequeño grano de arroz que brillaba con una luz tenue. Brenda se dio cuenta de que el mundo de su celular era divertido, pero no podía alimentarla. No podía olerlo ni sentir su calor. Sintió un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con los juegos.

—¡No, esperen! —exclamó—. ¡Quiero verlos! ¡Quiero probarlos!
Con cuidado, Brenda alejó el teléfono y lo puso boca abajo. En ese instante, como por arte de magia, los colores regresaron al plato. El rojo intenso del tomate, el verde vibrante de las judías y el dorado del pollo asado reaparecieron con más fuerza que nunca. El aroma la envolvió como un abrazo cálido. Brenda tomó la cuchara con curiosidad. Al dar el primer bocado, una explosión de sabor inundó su boca. Era mucho mejor que cualquier video de alta definición.
Su mamá entró en el comedor y se sorprendió al ver a Brenda disfrutando de su comida sin el celular cerca. —¿Todo bien, cariño? —preguntó. Brenda sonrió, con las mejillas un poco llenas, y asintió con entusiasmo. —¡Está delicioso, mamá! —dijo después de tragar—. El 'ahorita' ya se terminó. Ahora es el momento de comer.
Desde ese día, Brenda descubrió que el celular podía esperar, pero los sabores del mundo real eran una aventura que no quería perderse. Aprendió que el brócoli sí parecían árboles de un bosque encantado y que conversar con sus padres era más entretenido que cualquier aplicación. El celular se quedó descansando en un rincón, mientras Brenda saboreaba cada momento, dándose cuenta de que la verdadera magia no estaba en una pantalla, sino en el plato que tenía frente a ella.
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