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Gratis · elegí una vozBrunilda era una bruja adolescente, ¡pero una bruja muy peculiar! Vivía en una cabaña torcida en el Bosque Susurrante, rodeada de gatos negros que ronroneaban melodías en lugar de maullar amenazadoramente. El problema de Brunilda era que… no sabía asustar. Lo intentaba, ¡vaya si lo intentaba! Se ponía su sombrero puntiagudo, practicaba una voz grave frente al espejo (que siempre terminaba sonando como un pato resfriado), e incluso intentaba hacer aparecer murciélagos de su varita mágica (que solo producía mariposas de colores).
Un día, mientras Brunilda intentaba, sin éxito, asustar a una ardilla (la ardilla, de hecho, le estaba ofreciendo una bellota), un grupo de niños se acercó cautelosamente. Eran Sofía, Mateo y Lucía, tres amigos que se habían perdido buscando bayas. Al ver a Brunilda, esperaban una bruja malvada, pero en lugar de eso, encontraron a una chica con un sombrero ladeado, rodeada de mariposas y con una expresión de frustración en su rostro.
"¿Eres… una bruja?" preguntó Sofía, tímidamente.
Brunilda suspiró. "Lo intento. Pero soy terrible asustando. ¿Qué puedo hacer por vosotros? ¿Os he perdido?"
Los niños se sorprendieron. Una bruja que se preocupaba por ellos. Le explicaron que se habían perdido y Brunilda, olvidándose de sus intentos de ser aterradora, se ofreció a ayudarlos. Los llevó de vuelta a su cabaña, les ofreció galletas de jengibre (que, extrañamente, sabían a flores) y les prometió que los guiaría de regreso al pueblo.
Mientras comían galletas, Mateo, el más atrevido del grupo, preguntó: "¿Por qué quieres asustar a la gente?"
Brunilda se encogió de hombros. "Se supone que las brujas asustan. Mi abuela, mi madre… todas asustan. Pero a mí… simplemente no me sale."
Lucía, que era muy observadora, dijo: "Pero eres muy buena ayudando. Podrías ser una bruja… ¡que ayuda!"
La idea resonó en Brunilda. Nunca se le había ocurrido que podía ser diferente. Pero… ¿cómo podría una bruja que no asusta, ayudar? Los niños, entusiasmados con la idea, empezaron a darle sugerencias. Podría usar su magia para encontrar objetos perdidos, para curar pequeños rasguños, para hacer que las flores crecieran más rápido.
Brunilda, animada, decidió probar. Usó su magia para encontrar el cesto de bayas perdidas de Sofía (que estaba escondido detrás de un árbol), curó el rasguño que Mateo se había hecho en la rodilla (con un toque mágico que olía a lavanda) e hizo que las flores del jardín de Lucía florecieran en mil colores. Los niños estaban maravillados.
"¡Eres increíble!" exclamó Sofía.
Brunilda sonrió. Por primera vez, sintió que realmente era buena en algo. Pero aún le quedaba una prueba: asustar. Los niños la animaron a que lo intentara, solo para ver si había progresado.
Brunilda respiró hondo, se puso su sombrero puntiagudo con decisión y, con una voz que intentó hacer grave, gritó: "¡Buuuu!" De su varita mágica, en lugar de murciélagos, salieron… ¡pompas de jabón! Los niños estallaron en carcajadas. Incluso Brunilda se rió.
"Creo que eso es un fracaso épico," dijo Mateo, entre risas.
"¡Pero pompas de jabón son mucho más divertidas que murciélagos!" añadió Lucía.
Ese día, Brunilda tomó una decisión importante. Decidió que no quería ser una bruja que asustaba. Quería ser una bruja que ayudaba, que hacía reír, que hacía que el mundo fuera un lugar un poco más mágico y alegre. Dejó de usar su sombrero puntiagudo (lo donó a la ardilla, que lo usaba de paraguas), cambió su varita mágica por una regadera y empezó a usar su magia para hacer el bien.
Con el tiempo, Brunilda dejó de ser una bruja, en el sentido tradicional de la palabra. Se convirtió en una joven hechicera, una jardinera mágica, una amiga de todos los animales del bosque. Y aunque nunca aprendió a asustar, aprendió algo mucho más importante: que ser diferente, ser amable, ser uno mismo, era la magia más poderosa de todas. Su cabaña torcida se convirtió en un lugar de encuentro, lleno de flores, risas y galletas que sabían a felicidad. Y la ardilla, con su sombrero puntiagudo, siempre estaba allí para saludar a los visitantes con una bellota y una sonrisa. Brunilda era feliz, y eso, al final, era lo que realmente importaba.
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