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Gratis · elegí una vozBrunilda era una perrita salchicha muy especial. Era marrón, gordita, y un poquito viejita, ¡pero no le digas eso! Aunque gruñona a veces, sobre todo si la despertabas de su siesta, era la perrita más divertida y lista que podrías conocer. Vivía con Sofía, una niña de ocho años que la adoraba con todo su corazón.
Brunilda y Sofía eran inseparables. Jugaban en el parque, leían cuentos juntas (bueno, Sofía le leía a Brunilda), y compartían helado (aunque Brunilda solo podía lamer un poquito, ¡el chocolate es malo para los perros!). Pero lo que más le gustaba a Brunilda era resolver misterios. No creas que eran misterios de detectives de verdad, ¡no! Eran misterios como… ¿dónde había escondido Sofía su calcetín favorito? ¿Quién se había comido la última galleta de avena? ¿O por qué el gato del vecino, Don Gato, siempre la miraba con esa cara de superioridad?
Un día, un gran misterio se presentó. El collar de la abuela de Sofía, un collar de perlas brillantes que siempre guardaba en su joyero, ¡había desaparecido! Sofía estaba muy triste, y la abuela, aunque no lo demostraba, también lo estaba. Brunilda, al ver la tristeza en los ojos de Sofía, supo que tenía que hacer algo.
"¡Guau!" ladró Brunilda, que en su lenguaje perruno quería decir: "¡No te preocupes, Sofía, yo me encargaré!". Sofía sonrió un poco, sabiendo que Brunilda haría todo lo posible para ayudar. Brunilda comenzó su investigación. Primero, olfateó el joyero vacío. Olía a madera vieja, a perfume de rosas y… ¡a Don Gato! ¡Qué sospechoso! Don Gato siempre andaba husmeando por la ventana, mirando con envidia las joyas de la abuela.
Brunilda salió corriendo al jardín, siguiendo el rastro de Don Gato. Lo encontró acurrucado bajo un rosal, lamiéndose las patas. "¡Grrrr!" gruñó Brunilda, acercándose con cautela. Don Gato la miró con desdén y bostezó. Brunilda, aunque gruñona, era muy inteligente. Sabía que no podía acusar a Don Gato sin pruebas. Así que, con su pequeño hocico, empezó a olfatear alrededor del rosal.
¡Bingo! Debajo de una hoja, encontró una pequeña perla blanca. ¡Era una perla del collar! Don Gato, al ver la perla, se puso nervioso y salió corriendo, trepando al árbol más alto. Brunilda ladró triunfalmente y recogió la perla con su boca. Regresó a la casa y se la mostró a Sofía. Sofía, al ver la perla, se animó un poco.
"¡Eres una detective increíble, Brunilda!" exclamó Sofía, abrazándola con fuerza. Juntas, siguieron el rastro de las perlas. Brunilda olfateaba, Sofía buscaba con la mirada. Encontraron otra perla debajo del sofá, otra en el zapato de la abuela, y otra en la caja de juguetes de Sofía. ¡Las perlas estaban por todas partes!
Finalmente, llegaron al lugar donde estaba el resto del collar: ¡en el cuenco de comida de Brunilda! Sofía y Brunilda se miraron confundidas. ¿Cómo había llegado el collar ahí? Entonces, la abuela entró en la habitación, riendo. "¡Ay, estas viejas!" dijo la abuela. "Estaba limpiando el collar y lo dejé en la mesa. Debí de confundirme y lo puse en el cuenco de Brunilda en lugar de guardarlo en el joyero. ¡Qué despiste el mío!"
Sofía y Brunilda se rieron aliviadas. Aunque no había sido Don Gato el culpable, Brunilda había resuelto el misterio. ¡Ella era una detective genial! La abuela abrazó a Brunilda y le dio una galleta de premio. Brunilda movió la cola feliz, sabiendo que había hecho un buen trabajo. Y aunque siguió siendo un poco gruñona, sobre todo a la hora de la siesta, Brunilda siempre sería la perrita salchicha más divertida y lista del mundo.
Desde ese día, Brunilda siguió resolviendo misterios. Descubrió quién se había comido las zanahorias del huerto (¡una ardilla muy traviesa!), y encontró el osito de peluche perdido de Sofía (estaba debajo de la cama). Y aunque a veces se equivocaba, siempre lo hacía con la mejor intención. Porque Brunilda, la salchicha gruñona y genial, siempre estaba ahí para ayudar a su amiga Sofía.
Un día Sofía aprendió a hacer collares para Brunilda con materiales de la casa y Brunilda lucio uno con mucho orgullo, demostrando que hasta la perrita salchicha mas gruñona puede ser muy presumida.
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