Cuento corto para niños

Bruno y el Principito: Un Viaje Estelar

Bruno, un niño que sueña con las estrellas, emprende un viaje en globo y conoce al Principito en un pequeño asteroide. Juntos exploran planetas extraños, aprenden sobre la amistad y la importancia de lo que no se ve, antes de que Bruno regrese a casa con el corazón lleno de recuerdos y enseñanzas.

A partir de: El principito y Bruno Bruno: Que la lectura y la imaginación te acompañen siempre. Con amor, Camila. Había una vez un niño llamado Bruno, que soñaba con conocer una estrella. Todas las noches miraba el cielo y observaba los millones de estrellas que brillaban en lo alto, mientras se preguntaba: -¿Quién ninirá ahi? Una noche, mientras Bruno contemplaba el cielo, una estrella brilló tres veces. Bruno sintió que había llegado el momento de conocer el secreto que se escondía allá arriba. Sacó un globo aerostático, que había estado guardado en el desván desde hacía mucho tiempo, y esa noche partió a vivir su gran aventura... ¡ La gran aventura de Bruno! ¡Qué sensación tan increíble era volar! Mientras se alejaba, podía ver su precioso pueblo, Coronel Suárez. Vistas desde arriba, las casas eran diminutas, como luces de colores que titilaban en las laderas. Todo estaba en calma en lo alto. Ya casi tocaba las nubes y veía su país, Argentina, que se hacía cada vez más pequeño, hasta convertirse en un punto diminuto en el mundo. Bruno sonreia feliz, como una estrella más. La Tierra parecía tan minúscula desde ahí arriba... Bruno estaba impresionado por la inmensidad de la noche, por la luz de la luna y el silencio que lo abrazaba todo. «¡El universo está lleno de cosas maravillosas!», pensó Bruno. De pronto, ¡el globo se pinchó con un cometa y empezó a perder altura! ¡Rápido, tenía que aterrizar! ¡Oh. no! Por suerte, Bruno encontró un pequeño planeta. El planeta donde aterrizó era un asteroide tan pequeño, que en él se podían ver miles de atardeceres. Había tres volcanes, hierbas extrañas, un encantador cordero y una rosa. En él vivía una persona muy especial. Ahí se encontró con un pequeño príncipe, de su misma estatura y de cabellos dorados. El principito estaba muy contento de tener un invitado. Bruno le contó todo lo que le había sucedido con su globo. -¡Oh, no te preocupes! Hace mucho tiempo le pasó algo parecido a un amigo mío, que era aviador, en el desierto, y pudo arreglarlo -lo tranquilizó el pequeño príncipe. El principito le contó que su amigo aviador era un gran artista, que sabía dibujar hasta boas que comían elefantes, y que había sido él quien había creado el precioso cordero que vivía en el planeta. -¿Te gusta mi casa, Bruno? —le preguntó el principito-. Cada mañana cuido de mi ‹ planeta, revuelvo los volcanes y, junto con el cordero, cortamos los baobabs para que no invadan todo. Bruno se acordó de su planeta Tierra y de lo bien que le haría que lo mimaran cada día. El principito le presentó después a su rosa, que era muy coqueta. En cuanto los vio, se arregló sus pétalos, empezó a toser y dijo: - ¿Pon fanon, me queden cubrin con el cristal para refugiarme del viento frio? El niño se dio cuenta de que esa rosa era muy especial para el principito, porque al mirarla le brillaban los ojos. -¿Sabes que una vez viajé a tu planeta Tierra? Me sentía solo y fui en busca de un amigo. Allí conocí a un zorro. ¡Tenía una mirada tan bonita como la tuya! —le contó el principito a Bruno-. El me enseñó a domesticarlo. - ¡Qué palabra tan extraña! ¿Qué significa «domesticar»? -preguntó el niño. - Es algo que está muy olvidado. Se trata de & crear lazos y de ser verdaderos amigos. El zorro me dijo: «Tú serás para mi único en el mundo y yo seré para ti único en el mundo». - Y asi nos hicimos grandes amigos. -Pero un día empecé a echar de menos a mi rosa y quise volver a su lado -suspiró el principito-. Comprendi que mi rosa era única en el mundo, simplemente porque la había cuidado y la amaba. Entonces, me despedí del zorro y él me regaló un gran secreto que te voy a contar ahora: «Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos». Bruno sintió que el principito había compartido con él algo que muy pocos sabían, algo tan frágil y precioso como una estrella fugaz. Tal como le ocurrió al principito con su rosa, Bruno empezó a echar de menos a su familia y a sus amigos, ¿pero cómo volvería a su casa? -¡Yo te ayudaré! —le dijo el principito-. Aprovecharemos una bandada de pájaros salvajes y juntos volaremos hacia tu casa. ¡Volaremos hacia Coronel Suárez, Bruno! En el camino, el principito le enseñó varios planetas. En el primero que visitaron, vivía un vanidoso que deseaba que todo el mundo lo admirara. También fueron a un planeta habitado por un hombre de negocios, que comerciaba con las estrellas y las trataba como si fueran suyas, con el único propósito de tener más estrellas. Bruno y el principito se reían de lo naras que son a veces las personas mayones. Y, por último, conocieron el planeta preferido del principito. Era tan pequeño, que en él solo cabían un farolero y su farol, y giraba tan rápido, que un día duraba... ¡un minuto! Al principito le encantaba el oficio de aquel señor: cada vez que encendía el farol, era como si naciera una estrella. Y así fue como finalmente volvieron a casa, dejando atrás la Vía Láctea y acariciando con los pies el amanecer. ¡Ya podían ver la casa de Bruno! Había llegado el momento de despedirse. -Tienes los ojos de color verde. El color de mis baobabs siempre me recordará a ti. Me encantará escuchar el tenue rugido del viento en ellos, será como si estuvieras conmigo-le dijo el principito a Bruno. Bruno y el principito se fundieron en un largo y calido abrazo, uno de esos que solo se pueden entender con el corazón. El atardecer pintaba los ojos de Bruno, que miraba el paisaje desde su ventana. Estaba triste por haber vuelto, pero entusiasmado por todo lo vivido con su nuevo amigo el principito. ¿Quién podría haber imaginado que el universo escondía tantas cosas maravillosas? El zorro tenía razon Lo esencial es invisible a los ojos.

Empezar a leerPublicado el 14/04/2026

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Bruno: Que la lectura y la imaginación te acompañen siempre. Con amor, Camila.

Había una vez un niño llamado Bruno, que soñaba con conocer una estrella. Todas las noches miraba el cielo y observaba los millones de estrellas que brillaban en lo alto, mientras se preguntaba: -¿Quién vivirá ahí?

Una noche, mientras Bruno contemplaba el cielo, una estrella brilló tres veces. Bruno sintió que había llegado el momento de conocer el secreto que se escondía allá arriba. Sacó un globo aerostático, que había estado guardado en el desván desde hacía mucho tiempo, y esa noche partió a vivir su gran aventura... ¡La gran aventura de Bruno!

¡Qué sensación tan increíble era volar! Mientras se alejaba, podía ver su precioso pueblo, Coronel Suárez. Vistas desde arriba, las casas eran diminutas, como luces de colores que titilaban en las laderas. Todo estaba en calma en lo alto.

Ya casi tocaba las nubes y veía su país, Argentina, que se hacía cada vez más pequeño, hasta convertirse en un punto diminuto en el mundo. Bruno sonreía feliz, como una estrella más.

La Tierra parecía tan minúscula desde ahí arriba... Bruno estaba impresionado por la inmensidad de la noche, por la luz de la luna y el silencio que lo abrazaba todo.

«¡El universo está lleno de cosas maravillosas!», pensó Bruno.

De pronto, ¡el globo se pinchó con un cometa y empezó a perder altura! ¡Rápido, tenía que aterrizar! ¡Oh, no!

Por suerte, Bruno encontró un pequeño planeta. El planeta donde aterrizó era un asteroide tan pequeño, que en él se podían ver miles de atardeceres. Había tres volcanes, hierbas extrañas, un encantador cordero y una rosa. En él vivía una persona muy especial.

Ahí se encontró con un pequeño príncipe, de su misma estatura y de cabellos dorados. El principito estaba muy contento de tener un invitado. Bruno le contó todo lo que le había sucedido con su globo.

-¡Oh, no te preocupes! Hace mucho tiempo le pasó algo parecido a un amigo mío, que era aviador, en el desierto, y pudo arreglarlo -lo tranquilizó el pequeño príncipe.

El principito le contó que su amigo aviador era un gran artista, que sabía dibujar hasta boas que comían elefantes, y que había sido él quien había creado el precioso cordero que vivía en el planeta.

-¿Te gusta mi casa, Bruno? —le preguntó el principito—. Cada mañana cuido de mi planeta, revuelvo los volcanes y, junto con el cordero, cortamos los baobabs para que no invadan todo.

Bruno se acordó de su planeta Tierra y de lo bien que le haría que lo mimaran cada día.

El principito le presentó después a su rosa, que era muy coqueta. En cuanto los vio, se arregló sus pétalos, empezó a toser y dijo: -¿Por favor, me pueden cubrir con el cristal para refugiarme del viento frio?

El niño se dio cuenta de que esa rosa era muy especial para el principito, porque al mirarla le brillaban los ojos.

-¿Sabes que una vez viajé a tu planeta Tierra? Me sentía solo y fui en busca de un amigo. Allí conocí a un zorro. ¡Tenía una mirada tan bonita como la tuya! —le contó el principito a Bruno—. El me enseñó a domesticarlo.

-¡Qué palabra tan extraña! ¿Qué significa «domesticar»? -preguntó el niño.

-Es algo que está muy olvidado. Se trata de crear lazos y de ser verdaderos amigos. El zorro me dijo: «Tú serás para mi único en el mundo y yo seré para ti único en el mundo».

- Y asi nos hicimos grandes amigos.

-Pero un día empecé a echar de menos a mi rosa y quise volver a su lado -suspiró el principito-. Comprendi que mi rosa era única en el mundo, simplemente porque la había cuidado y la amaba. Entonces, me despedí del zorro y él me regaló un gran secreto que te voy a contar ahora: «Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos».

Bruno sintió que el principito había compartido con él algo que muy pocos sabían, algo tan frágil y precioso como una estrella fugaz.

Tal como le ocurrió al principito con su rosa, Bruno empezó a echar de menos a su familia y a sus amigos, ¿pero cómo volvería a su casa?

-¡Yo te ayudaré! —le dijo el principito—. Aprovecharemos una bandada de pájaros salvajes y juntos volaremos hacia tu casa. ¡Volaremos hacia Coronel Suárez, Bruno!

En el camino, el principito le enseñó varios planetas. En el primero que visitaron, vivía un vanidoso que deseaba que todo el mundo lo admirara. También fueron a un planeta habitado por un hombre de negocios, que comerciaba con las estrellas y las trataba como si fueran suyas, con el único propósito de tener más estrellas. Bruno y el principito se reían de lo raras que son a veces las personas mayores.

Y, por último, conocieron el planeta preferido del principito. Era tan pequeño, que en él solo cabían un farolero y su farol, y giraba tan rápido, que un día duraba... ¡un minuto!

Al principito le encantaba el oficio de aquel señor: cada vez que encendía el farol, era como si naciera una estrella.

Y así fue como finalmente volvieron a casa, dejando atrás la Vía Láctea y acariciando con los pies el amanecer. ¡Ya podían ver la casa de Bruno! Había llegado el momento de despedirse.

-Tienes los ojos de color verde. El color de mis baobabs siempre me recordará a ti. Me encantará escuchar el tenue rugido del viento en ellos, será como si estuvieras conmigo-le dijo el principito a Bruno.

Bruno y el principito se fundieron en un largo y calido abrazo, uno de esos que solo se pueden entender con el corazón.

El atardecer pintaba los ojos de Bruno, que miraba el paisaje desde su ventana. Estaba triste por haber vuelto, pero entusiasmado por todo lo vivido con su nuevo amigo el principito. ¿Quién podría haber imaginado que el universo escondía tantas cosas maravillosas?

El zorro tenía razón. Lo esencial es invisible a los ojos.

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Publicado el 14/04/2026

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