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Candela era una niña muy, muy mayor... ¡tenía seis años! Para ella, eso era casi ser una abuela. Lo que la hacía aún más especial era su mejor amigo: un pingüino llamado Pelotón. Pelotón no era un pingüino cualquiera. No vivía en el Polo Sur, sino en el armario de Candela, y aunque parecía un peluche, ¡podía hablar y caminar! Pelotón tenía plumas suaves como el algodón y un pico naranja brillante. Siempre llevaba un pequeño gorro de marinero, un regalo de Candela.
Todos los días, Candela y Pelotón iban juntos a la Escuela Arcoíris. A Pelotón le encantaba la escuela. Se sentaba en el pupitre de Candela, escondido bajo la mesa, escuchando atentamente a la Señora Sol, la profesora, que tenía una sonrisa tan brillante como su nombre. Los amigos de Candela, Sofía, Mateo y Lucía, sabían de la existencia de Pelotón y lo mantenían en secreto. A veces, en el recreo, Pelotón salía a jugar con ellos, pero siempre con cuidado de que ningún adulto lo viera.
Un día, la Señora Sol anunció que iban a tener una excursión al Museo de los Dinosaurios. Candela y Pelotón estaban emocionadísimos. Pelotón nunca había visto un dinosaurio, ¡ni siquiera un hueso! Candela preparó una mochila con galletas de pingüino (galletas de pescado, en realidad) para Pelotón y un mapa dibujado a mano para no perderse en el museo.
El día de la excursión, todos los niños subieron al autobús. Pelotón se escondió en la mochila de Candela, asomando su pequeño gorro de marinero de vez en cuando para ver el paisaje. Cuando llegaron al museo, ¡era enorme! Había esqueletos de dinosaurios gigantes, fósiles brillantes y vitrinas llenas de rocas antiguas.
La Señora Sol les explicó la historia de los dinosaurios, cómo vivieron hace millones de años y cómo se extinguieron. Candela escuchaba con atención, mientras Pelotón, desde su escondite, hacía preguntas en voz baja. "¿Comían galletas de pingüino?", preguntó Pelotón, refiriéndose a los peces. Candela se rió suavemente y le explicó que los dinosaurios comían plantas y otros animales.
De repente, mientras exploraban la sala de los Triceratops, Mateo tropezó y cayó, golpeándose la rodilla. Empezó a llorar. La Señora Sol estaba ocupada ayudando a otro niño, y Candela se sintió preocupada. Pelotón, al ver la tristeza de Mateo, tuvo una idea. Salió de la mochila de Candela y caminó hacia Mateo, moviendo sus pequeñas aletas.
"¡Hola!", dijo Pelotón con su vocecita aguda. Mateo, sorprendido, dejó de llorar y miró al pingüino. "Soy Pelotón, el amigo de Candela. ¿Te duele mucho la rodilla?" Mateo asintió. Pelotón, con mucho cuidado, se sentó junto a él y empezó a contarle chistes de pingüinos. Mateo empezó a reírse, y pronto se olvidó del dolor de su rodilla.
Candela, Sofía y Lucía se unieron a ellos, y juntos empezaron a jugar a adivinar qué dinosaurio había comido qué. La Señora Sol, al ver que Mateo estaba bien y que todos estaban jugando juntos, sonrió aliviada. No se dio cuenta de que un pequeño pingüino había sido el héroe del día.
Después de la excursión, de vuelta en la escuela, la Señora Sol les pidió a todos que dibujaran su dinosaurio favorito. Candela dibujó un Diplodocus, ¡pero lo dibujó con un pequeño gorro de marinero como el de Pelotón! Cuando la Señora Sol vio el dibujo, sonrió. Sabía que Candela tenía una imaginación muy especial.
Esa noche, antes de dormir, Candela abrazó a Pelotón con fuerza. "Gracias, Pelotón", le dijo. "Eres el mejor amigo pingüino del mundo." Pelotón le devolvió el abrazo con sus pequeñas aletas. "Y tú eres la mejor amiga humana del mundo", respondió. Juntos, Candela y Pelotón sabían que tendrían muchas más aventuras en la Escuela Arcoíris, llenas de risas, amistad y, por supuesto, ¡muchas galletas de pingüino!
Al día siguiente, Candela y Pelotón, volvieron a la escuela, listos para aprender y jugar. Candela le contó a Sofía y a Lucía que pensaba pedirle a la Señora Sol que les dejara hacer una presentación sobre los pingüinos y los dinosaurios, ¡juntos! Pelotón, escondido en la mochila, movió su gorrito de marinero con entusiasmo. ¡Una nueva aventura les esperaba! Desde ese día, Candela y Pelotón siguieron explorando el mundo, aprendiendo cosas nuevas y ayudando a sus amigos, demostrando que la amistad verdadera puede venir en todas las formas y tamaños, ¡incluso en forma de pingüino!
Candela y Pelotón siguieron siendo los mejores amigos, compartiendo risas, secretos y un amor por las aventuras. La Escuela Arcoíris siempre estaría llena de emoción con estos dos inseparables compañeros. Y aunque Pelotón era un secreto para la mayoría, Candela sabía que tenerlo a su lado hacía cada día más brillante y especial.
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