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Gratis · elegí una vozHabía una vez una niña llamada Candelaria que vivía en un pueblito escondido entre montañas altísimas. Candelaria amaba la noche más que cualquier otra cosa. Le encantaba sentarse en el balcón de su casa, envuelta en una manta suave, y observar la luna. La luna era su amiga silenciosa, su confidente brillante en la oscuridad. Cada noche, Candelaria le contaba a la luna sus sueños, sus secretos y sus miedos. La luna, a su vez, parecía escucharla con atención, iluminando su rostro con su luz plateada.
Pero una noche, algo terrible sucedió. Candelaria salió al balcón, como siempre, lista para saludar a su amiga lunar, pero… ¡la luna no estaba! El cielo estaba oscuro, vacío, como si alguien hubiera apagado una lámpara gigante. Candelaria sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Dónde estaba la luna? ¿Se habría perdido? ¿Le habría pasado algo malo?
Preocupada, Candelaria decidió investigar. Sabía que no podía quedarse de brazos cruzados mientras su amiga la luna estaba desaparecida. Así que, a la mañana siguiente, se levantó temprano, se puso sus botas de exploradora y salió a buscar pistas. Primero, fue a hablar con Don Anselmo, el anciano sabio del pueblo. Don Anselmo tenía una barba blanca larguísima y unos ojos que parecían conocer todos los secretos del mundo.
"Don Anselmo," le dijo Candelaria, "¿ha visto usted la luna? ¡Desapareció anoche!"
Don Anselmo frunció el ceño y se rascó la barba. "¡La luna desaparecida! Eso es muy raro, Candelaria. La luna siempre ha estado ahí. Hmm… quizás… quizás deberías hablar con los animales del bosque. Ellos ven y oyen cosas que nosotros no podemos."
Candelaria le agradeció a Don Anselmo y corrió al bosque. Allí, se encontró con la señora Ardilla, que estaba ocupada recolectando nueces. "Señora Ardilla," le preguntó Candelaria, "¿sabe usted dónde está la luna?"
La señora Ardilla dejó caer una nuez y miró a Candelaria con sus ojitos brillantes. "¡La luna! ¡Sí, la vi! Anoche, un grupo de conejos traviesos la estaban empujando por el cielo. Parecía que querían jugar con ella."
Candelaria siguió el rastro de las huellas de conejo hasta una gran madriguera. Se asomó con cuidado y vio a los conejos jugando con una pelota grande y brillante. ¡Era la luna! Los conejos la estaban haciendo rodar por el suelo, como si fuera un juguete.
"¡Conejos!" exclamó Candelaria. "¡Esa es la luna! ¡No pueden jugar con ella así! ¡Tiene que estar en el cielo para iluminar la noche!"
Los conejos se detuvieron y miraron a Candelaria con orejas bajas. "Pero… ¡queríamos jugar! Estaba muy aburrida allá arriba sola."
Candelaria entendió. Los conejos solo querían compañía. Entonces, tuvo una idea. "¿Qué tal si jugamos todos juntos? Podemos jugar a las escondidas, a la rayuela, a lo que quieran. Pero después, tenemos que devolver la luna al cielo."
Los conejos aceptaron encantados. Jugaron durante horas, riendo y corriendo por el bosque. Candelaria se divirtió muchísimo. Al final del día, cuando el sol comenzó a ponerse, Candelaria les recordó a los conejos que tenían que devolver la luna al cielo.
"Pero… ¿cómo la subimos? Es muy pesada," dijo uno de los conejos.
Candelaria pensó un momento. Luego, recordó las luciérnagas que había visto en el bosque. "¡Ya sé! Las luciérnagas pueden ayudarnos."
Candelaria y los conejos buscaron a las luciérnagas y les explicaron la situación. Las luciérnagas, que eran muy amables, aceptaron ayudar. Se reunieron por miles y, juntas, levantaron la luna hasta el cielo. La luna, agradecida, brilló con más intensidad que nunca.
Candelaria se despidió de los conejos y las luciérnagas y regresó a su casa. Esa noche, cuando salió al balcón, la luna estaba allí, esperándola. Candelaria le sonrió y la luna le devolvió la sonrisa con su luz plateada. Candelaria aprendió que incluso la luna necesita amigos, y que a veces, la aventura más grande comienza con la desaparición de algo preciado. Y los conejos aprendieron que jugar es divertido, pero aún más divertido es ayudar a los demás. Desde entonces, Candelaria, los conejos y las luciérnagas se reunían todas las noches para jugar bajo la luz de la luna, haciendo del cielo un lugar aún más mágico y especial.
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