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Gratis · elegí una vozHabía una vez un hombre bueno y trabajador llamado Cantuña, que vivía en un lindo pueblo en las montañas de Quito, en Ecuador. Cantuña era conocido por su honestidad y por su amor a su comunidad. Le encantaba ayudar a sus vecinos y siempre estaba dispuesto a dar una mano. Su casa, pequeña pero acogedora, estaba llena de alegría y risas.
Un día, unos señores muy importantes, vestidos con trajes elegantes y sombreros altos, llegaron al pueblo. Buscaban a alguien especial, alguien con la habilidad y la determinación para llevar a cabo una tarea muy importante. Después de preguntar a varios vecinos, todos coincidieron en que Cantuña era el hombre indicado.
—Cantuña, ¿puedes construir una iglesia muy grande? —le preguntaron los señores con voz grave.
Cantuña sonrió, mostrando sus dientes blancos y fuertes. Le encantaban los desafíos y la idea de construir una iglesia para su pueblo lo llenaba de emoción.
—¡Claro que sí! ¡Haré una iglesia hermosa! —respondió con entusiasmo.
Los señores importantes se miraron entre sí, complacidos con la respuesta de Cantuña. Le explicaron los detalles del proyecto: la iglesia debía ser grande, imponente y debía estar terminada en un tiempo récord. Le entregaron los planos y le proporcionaron los materiales necesarios, incluyendo enormes bloques de piedra.
Pero cuando Cantuña empezó a construir, se dio cuenta de que era mucho más difícil de lo que había imaginado. ¡Había muchísimas piedras pesadas y el tiempo era muy corto! El sol quemaba su piel y sus manos se llenaban de ampollas. Cada día, la tarea parecía más imposible. Cantuña se preocupó mucho. No quería defraudar a los señores importantes ni a su pueblo.
Se sentó en una piedra grande y fría, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros.
—¡Oh no! ¿Y ahora qué hago? —se lamentó, con la voz llena de desesperación.
De pronto, aparecieron unos duendecillos mágicos. Eran pequeños, verdes y con sombreros puntiagudos. Sus ojos brillaban con una luz misteriosa y sus risas resonaban en el aire. Parecían salidos de un cuento de hadas.
Uno de ellos, el más pequeño y travieso, se acercó a Cantuña.
—Hola, Cantuña. Sabemos que estás teniendo problemas para construir la iglesia —dijo el duendecillo, con una voz chillona—. Podemos ayudarte a construir la iglesia… pero a cambio, nos das tu alma.
Cantuña se asustó un poquito al escuchar la propuesta de los duendecillos. Sabía que su alma era lo más valioso que tenía. Pero la idea de construir la iglesia era tan importante para él que se sintió tentado a aceptar el trato. Pensó por un momento, tratando de encontrar una solución.
Luego, tuvo una idea muy inteligente. Cantuña era conocido por su ingenio y su astucia, y sabía que podía encontrar una manera de superar este desafío sin perder su alma.
—Está bien —dijo Cantuña, con una sonrisa astuta—, pero solo si terminan toda la iglesia antes de que salga el sol. ¡Cada piedra debe estar en su lugar! Si falta una sola piedra, el trato se cancela.
Los duendecillos, confiados en su magia y su velocidad, aceptaron el trato sin dudarlo. Les parecía una tarea fácil y estaban ansiosos por reclamar el alma de Cantuña.
Los duendecillos comenzaron a trabajar muy rápido. ¡Zas! ¡Pum! ¡Pum! Las piedras volaban de un lado a otro, como si tuvieran alas. Los duendecillos movían las piedras con una fuerza increíble, construyendo las paredes y el techo de la iglesia en un abrir y cerrar de ojos. La iglesia casi estaba lista.
Pero Cantuña, que era muy listo, había estado observando cuidadosamente el trabajo de los duendecillos. Sabía que debía encontrar una manera de evitar que completaran la tarea antes de que saliera el sol. Así que, con mucho cuidado, escondió una piedra pequeña. Era la última piedra del templo.
Cuando el sol comenzó a asomar por las montañas, los duendecillos gritaron con alegría.
—¡Ya casi terminamos! ¡Solo falta una piedra! —exclamaron, ansiosos por reclamar su recompensa.
Pero cuando buscaron la última piedra, no la encontraron por ninguna parte. Buscaron debajo de las piedras, detrás de los árboles, incluso dentro de sus sombreros puntiagudos. Pero la piedra no aparecía.
Cuando el sol salió por completo, iluminando todo el pueblo, los duendecillos gritaron con frustración.
—¡No terminamos! ¡Falta una piedra! —lloriquearon, sintiéndose derrotados.
Y como no habían cumplido su parte del trato, desaparecieron en un ¡Puff! de humo, dejando tras de sí solo un ligero olor a musgo y magia.
Cantuña sonrió, sintiéndose aliviado y feliz. Había logrado engañar a los duendecillos y salvar su alma. Tomó la última piedra, la colocó con sus propias manos en el lugar que le correspondía y dijo feliz:
—¡La iglesia está lista! ¡Y mi alma es libre!
Los señores importantes y los vecinos del pueblo se maravillaron al ver la hermosa iglesia que Cantuña había construido. Estaban asombrados por su habilidad, su determinación y su ingenio. Cantuña se convirtió en un héroe para su pueblo y su historia se contó de generación en generación. Y así, la iglesia, conocida como la iglesia de San Francisco, se convirtió en un símbolo de la inteligencia y la astucia de Cantuña, el hombre que engañó a los duendes y salvó su alma.
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