Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozCaperucita Roja, pero esta no era la de los cuentos de antes. Esta Caperucita tenía un celular último modelo, zapatillas con luces y una campera con emojis bordados. Iba canturreando una canción que sonaba en su teléfono, sin prestar mucha atención al camino del bosque. Llevaba una canasta, sí, como la del cuento, pero en vez de flores, llevaba un termo brillante y un taper con tortas fritas, las favoritas de su abuela.
En eso aparece el Lobo, con auriculares inalámbricos que le brillaban en las orejas y una camperita de cuero que parecía sacada de una película. No era el lobo feroz y hambriento de las historias antiguas. Este era más… moderno.
—¿Pa’ dónde vas, Caperu?—preguntó el Lobo, con una voz que intentaba sonar casual, pero que le salía un poco grave de más.
Caperucita, sin levantar la vista del celu, le respondió:—A lo de la abuela.
El Lobo se acercó un poco más, moviendo la cola discretamente.—¿Y qué tenés ahí?
—Unas tortas fritas y un termo—dijo Caperucita, escribiendo un mensaje en su teléfono.
El Lobo asintió, pensativo.—Ta, ta… mandame la ubicación de la abuela, que te acompaño. Así no te perdés.
Caperucita, que era buena, pero medio despistada y confiada en la tecnología, le compartió la ubicación por WhatsApp sin pensarlo dos veces. ¡Puf! Ubicación enviada. El Lobo sonrió, mostrando unos dientes que, aunque no eran tan afilados como los del cuento, seguían siendo un poco intimidantes.
—¡Dale, vamo’!—dijo el Lobo, caminando a su lado.—Contame, ¿qué estás escuchando?
Caperucita le mostró la pantalla de su celular. Era una canción de un grupo musical de animalitos que cantaban sobre la importancia de cuidar el planeta. El Lobo asintió con la cabeza, aunque parecía más interesado en el camino que estaban recorriendo.
Mientras caminaban, el Lobo le preguntaba a Caperucita sobre sus aplicaciones favoritas, sus juegos online y la cantidad de seguidores que tenía en sus redes sociales. Caperucita, encantada de tener a alguien que entendía su mundo digital, le contaba todo con entusiasmo.
De repente, el Lobo frenó en seco.—Esperá, Caperu. Tengo que hacer una llamada urgente. Andá adelantándote, yo te alcanzo en un ratito. La casa de tu abuela está a dos cuadras, ¿verdad?
Caperucita asintió y siguió caminando, concentrada en su teléfono. El Lobo, en cuanto la perdió de vista, corrió lo más rápido que pudo hacia la casa de la abuela. No para comérsela, como en el cuento, sino para… bueno, eso lo veríamos después.
Cuando Caperucita llegó a la casa de la abuela, tocó el timbre. La puerta se abrió y allí estaba… ¡el Lobo! Pero no vestido con la ropa de la abuela. No, no. Este Lobo estaba usando un delantal de cocina y un gorro de chef.
—¡Sorpresa!—exclamó el Lobo, con una sonrisa.—¡Tu abuela me pidió que preparara una merienda especial para las dos!
Caperucita se sorprendió, pero no sospechó nada. Entró a la casa y vio que la mesa estaba llena de cosas ricas: sándwiches de miga, medialunas, alfajores de maicena y, por supuesto, un gran plato de tortas fritas recién hechas.
—¡Qué rico!—dijo Caperucita, sentándose a la mesa.—¿Dónde está la abuela?
—Está descansando un poquito—respondió el Lobo, sirviéndole un vaso de jugo.—Tuvo un día muy agitado con el TikTok. Dijo que se sentía indispuesta y me pidió que te atendiera yo.
Caperucita empezó a comer las tortas fritas, que estaban deliciosas. El Lobo la observaba con atención, moviendo la cola suavemente.
—¿Y… por qué estás vestido de chef?—preguntó Caperucita, con la boca llena.
El Lobo se encogió de hombros.—Me gusta cocinar. Es mi hobby secreto. ¿Querés que te enseñe a hacer cupcakes algún día?
Caperucita asintió, entusiasmada. El Lobo era mucho más simpático de lo que esperaba.
De repente, sonó el teléfono de Caperucita. Era su abuela, llamándola por videollamada.
—¡Hola, abuelita!—dijo Caperucita, mostrando la pantalla al Lobo.—¡Mira qué rica merienda me preparó tu amigo el chef!
La abuela, al ver al Lobo con el delantal y el gorro, puso una cara de sorpresa y confusión.
—¿Amigo? ¿Chef?—preguntó la abuela, con voz temblorosa.—¿De qué estás hablando, Caperucita?
El Lobo, al ver la cara de la abuela en la pantalla, se puso pálido. La verdad era que él no era amigo de la abuela. Él solo quería… bueno, quería ser famoso en TikTok. Había visto que la abuela de Caperucita era una influencer muy popular y pensó que si se hacía amigo de ella, él también podría ganar muchos seguidores. Por eso la había seguido hasta su casa y se había hecho pasar por chef.
Caperucita, al ver la cara de su abuela, entendió todo. El Lobo no era un chef, ni era amigo de su abuela. ¡Era un impostor!
—¡Lobo!—exclamó Caperucita, furiosa.—¡Eres un mentiroso! ¡No eres mi amigo ni el chef de mi abuela!
El Lobo, avergonzado, se quitó el delantal y el gorro.—Lo siento, Caperucita—dijo, con la voz baja.—Solo quería ser famoso en TikTok.
La abuela, desde la pantalla del celular, le dijo:—La fama no es lo más importante, Lobo. Lo importante es ser honesto y amable con los demás.
El Lobo asintió, arrepentido. Caperucita, aunque estaba enojada, sintió pena por él.
—Bueno, Lobo—dijo Caperucita.—Te perdono, pero prométeme que nunca más vas a engañar a nadie.
El Lobo prometió que nunca más volvería a mentir. Y así, Caperucita 2.0 y el Lobo Moderno se hicieron amigos de verdad. Y la abuela, desde su cuenta de TikTok, les enseñó a cocinar tortas fritas de verdad, sin necesidad de disfraces ni mentiras.
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