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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una granja llena de girasoles y maizales, una pequeña pollita llamada Amarilla. Amarilla no era una pollita cualquiera. Tenía un plumaje amarillo brillante como el sol, un pico anaranjado muy curioso y le encantaba picotear semillas de amapola. Su abuelita, la gallina más sabia de la granja, le había tejido una preciosa caperucita amarilla para protegerla del viento. Por eso, todos la conocían como Caperucita Amarilla.
Un día, la abuelita de Caperucita Amarilla se enfermó. Tenía un resfriado muy fuerte y su cacareo sonaba más como un ronquido que como una canción. La mamá de Amarilla, una gallina muy preocupada, preparó una canasta llena de sopa de gusanos caliente (el favorito de la abuelita), semillas de girasol y un panecillo de maíz recién horneado. Le dijo a Caperucita Amarilla:
"Amarilla, cariño, tu abuelita está muy malita. Lleva esta canasta con mucho cuidado y asegúrate de que llegue sana y salva. Pero ¡ojo! No te desvíes del camino y no hables con extraños, especialmente con el lobo Ronco. Dicen que anda rondando por el bosque."
Caperucita Amarilla, con su caperucita amarilla bien puesta y su canasta en el ala, emprendió su camino. El bosque era un laberinto de árboles altos y arbustos frondosos. Los pájaros cantaban melodías alegres y las ardillas correteaban entre las ramas. Amarilla, aunque un poco asustada por la advertencia de su mamá, disfrutaba del paseo.
De repente, ¡zas! Un lobo grande y peludo apareció detrás de un árbol. Pero este lobo no era como los demás. Tenía un pañuelo atado alrededor de su cuello y una voz muy ronca que sonaba como una puerta vieja abriéndose y cerrándose.
"Buenos días, jovencita," dijo el lobo Ronco con su voz rasposa. "¿A dónde vas con esa canasta tan apetitosa?"
Caperucita Amarilla, recordando la advertencia de su mamá, dudó por un momento. Pero el lobo Ronco parecía tan inofensivo y su voz sonaba tan graciosa que no pudo evitar responder.
"Voy a la casa de mi abuelita. Está enferma y le llevo sopa de gusanos y panecillo de maíz," respondió Amarilla.
El lobo Ronco, con una sonrisa que parecía más una mueca, preguntó: "¿Y por qué no le llevas también unas bonitas flores silvestres? Seguro que le alegran el día. Puedes encontrar unas muy bonitas cerca del lago, ¡es un atajo!"
Caperucita Amarilla, pensando que era una buena idea, se desvió del camino y se dirigió al lago. El lago era un lugar precioso, lleno de nenúfares y libélulas. Amarilla empezó a recoger las flores más bonitas que pudo encontrar: margaritas blancas, amapolas rojas y nomeolvides azules. Estaba tan entretenida que se olvidó por completo del tiempo.
Mientras tanto, el lobo Ronco corrió a toda velocidad hacia la casa de la abuelita. Llegó antes que Caperucita Amarilla, golpeó la puerta y, con su voz más ronca, dijo: "Soy yo, Caperucita Amarilla. Te traigo una sorpresa."
La abuelita, pensando que era su nieta, abrió la puerta. El lobo Ronco entró de un salto y, ¡glup!, se la tragó de un bocado. Luego, se puso el gorro de dormir de la abuelita, se metió en la cama y esperó a que llegara Caperucita Amarilla.
Cuando Caperucita Amarilla llegó a la casa, tocó la puerta. "Soy yo, abuelita, Caperucita Amarilla," dijo.
El lobo Ronco, con su voz ronca, respondió: "Adelante, cariño, estoy en la cama."
Caperucita Amarilla entró en la habitación y vio a la abuelita en la cama. Pero algo no le cuadraba. "Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!" dijo Amarilla.
"Para verte mejor, querida," respondió el lobo Ronco.
"Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes!"
"Para oírte mejor, querida."
"Abuelita, ¡qué dientes tan grandes tienes!"
"¡Para comerte mejor!" gritó el lobo Ronco, saltando de la cama.
Caperucita Amarilla gritó y salió corriendo de la casa. Por suerte, un granjero fuerte y valiente que pasaba por allí escuchó los gritos. Entró en la casa, vio al lobo Ronco y lo ahuyentó con su escopeta de juguete (que solo disparaba confeti). El lobo Ronco, asustado, salió corriendo con el gorro de dormir de la abuelita colgando de su oreja.
El granjero abrió la barriga del lobo Ronco (¡con cuidado, por supuesto!) y sacó a la abuelita, que estaba un poco mareada pero ilesa. Caperucita Amarilla abrazó a su abuelita y le dio la sopa de gusanos y el panecillo de maíz.
Desde ese día, Caperucita Amarilla aprendió una valiosa lección: nunca hablar con extraños y siempre obedecer a su mamá. Y el lobo Ronco aprendió que es mejor comer zanahorias que abuelitas y pollitas.
Fin.
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