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Érase una vez una niñita que lucía una hermosa capa de color rojo. Como la niña la usaba muy a menudo, todos la llamaban Caperucita Roja. Era una niña de siete años, de piel clara y hermosos cabellos castaños rizados que siempre asomaban bajo su capucha. Un día, la mamá de Caperucita Roja la llamó y le dijo:
—Abuelita no se siente muy bien, he horneado unas galleticas y quiero que tú se las lleves.
—Claro que sí, mami —respondió Caperucita con una sonrisa, ajustándose su capa de terciopelo rojo sobre su vestido de algodón azul claro.
Su madre le dio una cesta de mimbre llena de dulces y le advirtió con tono serio:
—Escucha bien, hija. Ve directamente a casa de la abuelita. No te apartes del camino y, sobre todo, no hables con extraños. El bosque puede ser un lugar maravilloso, pero también esconde peligros.
Caperucita prometió ser obediente y se despidió con un beso. El bosque estaba radiante esa mañana. Los rayos del sol se filtraban a través de las copas de los árboles centenarios, creando un mosaico de luces y sombras en el suelo cubierto de musgo. Mientras caminaba con sus botitas marrones, Caperucita se maravillaba con el canto de los pájaros y el aroma de los pinos. Se sentía tan feliz que, por un momento, olvidó las advertencias de su madre.
De repente, entre unos arbustos espesos, apareció un lobo. No era un lobo cualquiera; era una criatura imponente de espeso pelaje gris, una cola tupida y unos ojos amarillos que brillaban con una mezcla de astucia y curiosidad.
—¿A dónde vas tan temprano, pequeña niña de rojo? —preguntó el lobo con una voz que intentaba sonar amable.
Caperucita, recordando vagamente el consejo de su madre pero cautivada por la apariencia majestuosa del animal, respondió:

—Voy a casa de mi abuelita. Está un poco enferma y le llevo estas galletitas para que se sienta mejor.
—¡Qué niña tan buena! —exclamó el lobo relamiéndose—. ¿Y dónde vive tu abuelita?
—Vive más allá del viejo molino, en la primera casita de madera que hay al cruzar el arroyo —explicó ella inocentemente.
El lobo, que ya estaba trazando un plan en su cabeza, le sugirió:
—¿Sabes qué le gustaría mucho a tu abuela? Un ramo de esas flores azules que crecen cerca del río. Son las más hermosas del bosque.
Caperucita miró hacia donde señalaba el lobo. Las flores eran, en efecto, preciosas. Pensó que un poco de color alegraría la habitación de su abuelita, así que se desvió del camino principal. Mientras la niña se entretenía recogiendo margaritas y lirios, el lobo corrió a toda velocidad hacia la casa de la anciana.
Al llegar, el lobo llamó a la puerta suavemente.
—¿Quién es? —preguntó la abuelita desde la cama.
—Soy yo, Caperucita —fingió el lobo, agudizando la voz.

—Pasa, querida, la puerta está abierta.
El lobo entró y, antes de que la pobre mujer pudiera reaccionar, la encerró en el armario. Luego, se puso el camisón de lavanda de la abuela, sus gafas y su gorro de dormir de seda, y se metió en la cama, tapándose hasta la nariz.
Poco después, Caperucita llegó y llamó a la puerta. Al entrar, notó que algo estaba extraño. La habitación estaba en penumbra y su abuelita se veía muy diferente.
—Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes! —dijo Caperucita acercándose a la cama.
—Son para oírte mejor, nieta mía —respondió el lobo.
—Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes! —exclamó la niña con un poco de miedo.
—Son para verte mejor, pequeña.
—Pero abuelita, ¡qué boca tan grande tienes!
—¡Es para comerte mejor! —gritó el lobo saltando de la cama.
Caperucita soltó un grito de terror y empezó a correr por la habitación. Por suerte, un valiente leñador que pasaba cerca escuchó el alboroto. El leñador, un hombre fuerte con camisa de cuadros, entró de un golpe en la cabaña. Al ver al lobo, lo ahuyentó con tal firmeza que el animal saltó por la ventana y se perdió en lo profundo del bosque para no volver jamás.
El leñador ayudó a salir a la abuelita del armario. Caperucita la abrazó con fuerza, llorando de alivio. Los tres se sentaron a la mesa y compartieron las galletas que aún estaban calientes en la cesta. Caperucita aprendió una lección muy importante ese día: siempre escucharía los consejos de su madre y jamás se distraería en el camino. Desde entonces, el bosque fue un lugar de juegos, pero Caperucita siempre caminó con paso firme y el corazón atento.
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