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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un pequeño pueblo rodeado de un bosque inmenso, una niña muy querida por todos. Su nombre era Caperucita Roja, aunque su verdadero nombre era Lucía. Le llamaban así porque siempre, ¡siempre!, llevaba una capa roja con capucha que su abuelita le había tejido con mucho amor. La capa era tan roja como una cereza madura y la protegía del frío y del viento. Un día, la abuelita de Caperucita Roja, que vivía al otro lado del bosque, se enfermó. Estaba un poco pachucha y no tenía ganas de comer. Caperucita Roja, muy agustiada por su abuelita, decidió prepararle una cesta llena de cosas ricas para animarla. Metió manzanas rojas y jugosas, peras dulces y amarillas, un panecillo recién horneado y un tarrito de miel dorada. También añadió algunas galletas con forma de corazón, ¡las favoritas de su abuelita! “Así seguro que se siente mejor,” pensó Caperucita Roja con una sonrisa. Esa tarde, con la cesta bien sujeta y su capa roja ondeando al viento, Caperucita Roja salió de su casa hacia la casa de su abuelita. El camino atravesaba el bosque, un lugar mágico lleno de árboles altos, flores de colores y animalitos curiosos. Mientras caminaba, cantaba canciones alegres y saludaba a las mariposas que revoloteaban a su alrededor. Pero lo que Caperucita Roja no sabía era que un lobo feroz la estaba observando desde detrás de un árbol. El lobo, que era muy astuto y siempre andaba buscando una comida fácil, vio a Caperucita Roja y pensó: “¡Qué niña tan deliciosa! Y esa cesta… ¡seguro que está llena de cosas ricas!” Rápidamente, el lobo empezó a planificar cómo engañar a Caperucita Roja para comérsela. Sin percatarse del peligro, Caperucita Roja seguía su camino a través del bosque, disfrutando del sol y del canto de los pájaros. El lobo, que era muy rápido, decidió tomar un atajo para llegar antes a la casa de la abuelita. Al llegar a la casita de madera, el lobo llamó a la puerta. “¿Quién es?” preguntó la abuelita desde dentro, con voz débil. “Soy yo, Caperucita Roja,” respondió el lobo, imitando la voz de la niña. “Vengo a traerte una cesta con comida.” La abuelita, creyendo que era su nieta, abrió la puerta. El lobo, sin pensarlo dos veces, se abalanzó sobre la anciana y la encerró en el armario. Luego, se puso el gorro de la abuelita, sus gafas y su camisón, y se metió en la cama para esperar a Caperucita Roja. Poco después, Caperucita Roja llegó a la casa de su abuelita y llamó a la puerta. “¿Quién es?” preguntó el lobo, con voz ronca. “Soy yo, Caperucita Roja, abuelita,” respondió la niña. “Vengo a traerte una cesta con comida para que te sientas mejor.” “¡Pasa, querida, pasa!” dijo el lobo, tratando de sonar amable. Caperucita Roja entró en la casa y se sorprendió al ver a su abuelita tan cambiada. “Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!” exclamó Caperucita Roja. “Son para verte mejor, querida,” respondió el lobo, tratando de disimular su voz. “Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes!” dijo Caperucita Roja. “Son para oírte mejor, querida,” respondió el lobo. “Abuelita, ¡qué boca tan grande tienes!” preguntó Caperucita Roja, cada vez más asustada. “¡Es para comerte mejor!” gritó el lobo, saltando de la cama y mostrando sus afilados dientes. Caperucita Roja, aterrada, comenzó a pedir ayuda a gritos. “¡Auxilio! ¡Ayuda! ¡El lobo me quiere comer!” Afortunadamente, un cazador valiente pasaba por allí cerca de la casa de la abuelita. Al oír los gritos de Caperucita Roja, corrió hacia la casa con su hacha en la mano. El cazador derribó la puerta de una patada y vio al lobo a punto de atacar a Caperucita Roja. Sin dudarlo, el cazador golpeó al lobo con el mango de su hacha, dejándolo inconsciente. Luego, abrió el armario y rescató a la abuelita, que estaba muy asustada pero ilesa. El cazador, Caperucita Roja y la abuelita se abrazaron aliviados. Juntos, echaron al lobo de la casa y lo enviaron a lo más profundo del bosque, donde no pudiera hacer daño a nadie más. Caperucita Roja aprendió una valiosa lección: nunca hablar con extraños y siempre confiar en su instinto. Y la abuelita, después de comer las ricas frutas y las galletas de corazón que le trajo Caperucita Roja, se sintió mucho mejor. Y así, Caperucita Roja, su abuelita y el cazador vivieron felices para siempre. Colorín colorado, este cuento se ha acabado. Pero recuerda, ¡siempre debes ser precavido! Y nunca hables con lobos... ¡ni siquiera si llevan puesto un gorro de abuelita!
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