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En una casita cerca del colegio leonés, vivía una niña a quien todos llamaban Caperucita Roja porque le gustaba ponerse siempre una capa roja. La capa era suave y brillante, como una fresa madura, y la hacía sentir valiente y lista para cualquier aventura.
Una mañana antes de ir al colegio, Caperucita Roja se despertó con un olor delicioso. Era el aroma inconfundible de las magdalenas recién horneadas por su abuela, la mejor panadera del barrio. Su abuela vivía al otro lado del parque, cerca del gran león dormilón de piedra que guardaba la entrada de la biblioteca.
"¡Buenos días, mi niña!", canturreó la abuela desde la cocina. "He preparado tus magdalenas favoritas. ¿Podrías llevarle algunas también a Don León? Siempre está tan solo y callado."
Caperucita Roja aceptó encantada. Le gustaba la idea de compartir las magdalenas con el león. Aunque era de piedra, siempre le había parecido que tenía una expresión triste.
Con su capa roja y una cesta llena de magdalenas, Caperucita Roja salió de casa. El sol brillaba y los pájaros cantaban. Cruzó la calle y entró en el parque. El camino estaba lleno de hojas de colores, naranjas, amarillas y rojas, que crujían bajo sus pies.
Mientras caminaba, Caperucita Roja vio algo extraño. Un rastro de migas de magdalena conducía hacia el león de piedra. ¡Pero si ella aún no había llegado a la biblioteca! ¿Quién estaría comiéndose las magdalenas antes de tiempo?
Con curiosidad, siguió el rastro de migas. El rastro la llevó hasta un arbusto grande y frondoso. Detrás del arbusto, se escondía… ¡un mapache! El mapache tenía la cara llena de glaseado y una magdalena a medio comer en la mano.
"¡Eh, tú!", exclamó Caperucita Roja. "¿Estás comiéndote las magdalenas que eran para Don León?"
El mapache se asustó y dejó caer la magdalena. "Lo siento mucho", dijo con voz temblorosa. "Tenía mucha hambre. Y huelen tan bien…"
Caperucita Roja se sintió un poco enfadada, pero también sintió pena por el mapache. "No te preocupes", dijo. "Pero no debes robar la comida de los demás. ¿Por qué no me lo pediste?"
El mapache bajó la cabeza. "Tenía miedo de que me dijeras que no."
Caperucita Roja sonrió. "Nunca negaría comida a alguien que tiene hambre. Pero la próxima vez, pídemelo, ¿de acuerdo?"
El mapache asintió con entusiasmo. "¡De acuerdo! Prometo que nunca más robaré nada."
Caperucita Roja y el mapache recogieron las magdalenas que se habían caído y fueron juntos hasta el león de piedra. Caperucita Roja colocó la cesta al pie del león y le ofreció una magdalena al mapache.
"Puedes comer una", dijo. "Pero solo una. Las demás son para Don León, para que no esté tan solo."
El mapache aceptó la magdalena con gratitud y la devoró en un abrir y cerrar de ojos. Después, Caperucita Roja y el mapache se sentaron junto al león de piedra y le contaron historias. Caperucita Roja le contó sobre sus clases en el colegio leonés, y el mapache le contó sobre sus aventuras en el parque.
De repente, Caperucita Roja notó algo inusual. ¡El león de piedra estaba sonriendo! O al menos, eso le pareció a ella. Quizás era la luz del sol, o quizás era la compañía de Caperucita Roja y el mapache. Pero Caperucita Roja estaba segura de que Don León estaba feliz.
Cuando llegó la hora de ir al colegio, Caperucita Roja se despidió del mapache y de Don León. Prometió volver al día siguiente con más magdalenas y más historias.
Mientras caminaba hacia el colegio, Caperucita Roja pensó en el misterio del león dormilón. Tal vez el león no estaba dormido, sino simplemente esperando a alguien con quien compartir su soledad. Y tal vez, ella y el mapache habían sido los elegidos para despertarlo con su amistad y sus magdalenas.
Desde ese día, Caperucita Roja visitó a Don León todos los días después del colegio. Siempre llevaba algunas magdalenas y siempre invitaba al mapache a unirse a ella. Y aunque Don León seguía siendo de piedra, Caperucita Roja sabía que, en su corazón de piedra, estaba sonriendo.
Y así, Caperucita Roja aprendió que incluso las cosas más duras y solitarias pueden ablandarse con un poco de amabilidad y amistad. Y que a veces, un simple acto de bondad, como compartir una magdalena, puede hacer una gran diferencia en el mundo.
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