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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de un bosque frondoso, una niña a la que todos llamaban Caperucita Roja. No porque siempre llevara una capa roja, ¡aunque sí le encantaba! Sino porque su abuela, una costurera muy habilidosa, le había hecho una preciosa capa roja con una capucha que la hacía parecer una pequeña flor escarlata en el verde del bosque.
Un día, la mamá de Caperucita Roja preparó una cesta llena de delicias: panecillos recién horneados, miel dorada y una botella de zumo de manzana burbujeante. "Caperucita," dijo su madre, "tu abuelita no se encuentra muy bien. Por favor, llévale esta cesta. Pero ten mucho cuidado en el bosque. No te apartes del camino y no hables con extraños."
Caperucita Roja, con su cesta balanceándose alegremente, se adentró en el bosque. El sol se filtraba entre las hojas, creando manchas de luz danzantes en el suelo. Los pájaros cantaban melodías alegres y las ardillas correteaban entre los árboles. Todo parecía mágico y seguro.
Pero, ¡oh, no! De repente, un lobo grande y peludo salió de detrás de un árbol. No era un lobo cualquiera; este tenía ojos brillantes y una sonrisa astuta. "¡Hola, pequeña!" dijo el lobo con una voz que intentaba ser amable, pero que sonaba un poco ronca. "¿A dónde vas con tanta prisa?"
Caperucita Roja, recordando las advertencias de su madre, vaciló. Pero el lobo parecía tan inofensivo, con sus ojos brillantes y su sonrisa… "Voy a casa de mi abuelita," respondió, "a llevarle esta cesta de comida. Está un poco enferma."
"¡Qué bondadosa eres!" exclamó el lobo. "¿Y sabes? El bosque está lleno de flores preciosas. ¡Seguro que a tu abuelita le encantaría un ramo! ¿Por qué no te detienes a recoger algunas? Yo te esperaré aquí y te indicaré el camino más corto para llegar a su casa."
Caperucita Roja, tentada por la idea de llevarle un ramo de flores a su abuela, accedió. El lobo, sonriendo maliciosamente, le indicó un sendero que se adentraba aún más en el bosque.
Mientras Caperucita Roja se entretenía recogiendo margaritas, campanillas y amapolas de colores, el lobo corrió a toda velocidad hacia la casa de la abuelita. Llamó a la puerta con suavidad. "¿Quién es?" preguntó la abuelita desde dentro.
"Soy yo, Caperucita Roja," respondió el lobo, imitando la voz de la niña. "Te traigo una cesta con comida."
"¡Qué bien! Pasa, querida. La puerta está abierta," dijo la abuelita.
El lobo entró sigilosamente, se abalanzó sobre la abuelita y la encerró en el armario. Luego, se puso el gorro de la abuelita, se metió en su cama y esperó a que llegara Caperucita Roja.
Cuando Caperucita Roja finalmente llegó a la casa de su abuela, encontró la puerta entreabierta. Entró con cautela. "¡Abuelita!" llamó. "Soy yo, Caperucita Roja. Te traigo una cesta con comida y un ramo de flores."
"¡Pasa, querida! Estoy en la cama," respondió el lobo, con su voz ronca disfrazada.
Caperucita Roja se acercó a la cama y vio al lobo disfrazado de su abuela. Le pareció muy extraño. "¡Abuelita! Qué ojos tan grandes tienes," dijo Caperucita Roja.
"Para verte mejor, querida," respondió el lobo.
"¡Abuelita! Qué orejas tan grandes tienes," dijo Caperucita Roja.
"Para oírte mejor, querida," respondió el lobo.
"¡Abuelita! Qué dientes tan grandes tienes," dijo Caperucita Roja.
"¡Para comerte mejor!" gritó el lobo, saltando de la cama.
Caperucita Roja gritó asustada, pero justo en ese momento, un leñador que pasaba por allí escuchó los gritos. El leñador era un hombre fuerte y valiente. Entró corriendo en la casa y vio al lobo a punto de atacar a Caperucita Roja.
Sin dudarlo, el leñador agarró su hacha y golpeó al lobo. El lobo cayó al suelo, derrotado. El leñador abrió el armario y liberó a la abuelita.
Juntos, el leñador, Caperucita Roja y la abuelita encontraron unas piedras grandes y las metieron en la barriga del lobo. Luego, lo cosieron. Cuando el lobo despertó e intentó levantarse, las piedras eran tan pesadas que cayó al suelo y murió.
Caperucita Roja aprendió una valiosa lección ese día. Nunca más volvió a hablar con extraños y siempre obedeció las advertencias de su madre. La abuelita, agradecida por haber sido rescatada, le tejió a Caperucita Roja una capa nueva, aún más brillante que la anterior. Y desde ese día, el bosque pareció más brillante y seguro, porque Caperucita Roja entendió que la verdadera belleza reside en la prudencia y la obediencia.
Pero la historia no termina ahí. El leñador, que conocía muchos secretos del bosque, le reveló a Caperucita Roja que algunas noches, cuando la luna está llena, ciertas flores del bosque brillan con una luz mágica. Le dijo que si alguna vez se sentía triste o asustada, debía buscar esas flores brillantes, porque ellas le recordarían que siempre hay esperanza y bondad en el mundo. Y así, Caperucita Roja y su abuelita vivieron felices para siempre, recordando siempre el secreto del bosque brillante y la importancia de ser precavidos.
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