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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una ciudad enorme llena de edificios altísimos y coches ruidosos, una niña llamada Caperucita Roja. Pero esta Caperucita no vivía en un bosque, ¡vivía en un apartamento en el piso 20! Su abuelita, en cambio, vivía al otro lado de la ciudad, en un barrio lleno de casitas coloridas y jardines pequeños.
Un día, la mamá de Caperucita preparó una cesta llena de galletas de chocolate y un zumo de naranja fresquito. "Caperucita", dijo su mamá, "tu abuelita no se siente muy bien hoy. ¿Podrías llevarle esta cesta? Ten mucho cuidado al cruzar las calles y no hables con extraños."
Caperucita Roja asintió con la cabeza, se puso su capa roja brillante y agarró la cesta. En lugar de caminar por un sendero en el bosque, Caperucita caminó por la acera, esquivando a los peatones que iban deprisa y admirando los escaparates de las tiendas llenas de juguetes y dulces.
Cuando llegó a la gran avenida, Caperucita se asustó. ¡Había muchísimos coches! Rojos, azules, amarillos, todos pitando y corriendo. "¡Ay, Dios mío!", exclamó Caperucita. Justo en ese momento, un taxi amarillo se detuvo a su lado. El taxista, un señor mayor con una barba blanca y una sonrisa amable, bajó la ventanilla.
"¿Necesitas ayuda, pequeña?", preguntó el taxista.
Caperucita Roja le explicó que tenía que cruzar la avenida para llevarle una cesta a su abuelita, pero que tenía mucho miedo.
"No te preocupes", dijo el taxista. "Yo te ayudaré. Mira, este botón hace que la señal se ponga en rojo para que los coches paren. Espera aquí, que yo te acompaño."
El taxista salió del taxi y, con mucho cuidado, acompañó a Caperucita Roja a cruzar la avenida. Una vez al otro lado, Caperucita le dio las gracias al taxista.
"De nada, pequeña", dijo el taxista. "Pero, escucha, en la ciudad hay gente buena y gente no tan buena. Siempre debes tener cuidado y no hablar con desconocidos, a menos que necesites ayuda, como ahora."
Caperucita Roja prometió tener cuidado y siguió su camino. Después de caminar unas cuantas manzanas, llegó al barrio de su abuelita. En lugar de un bosque oscuro y profundo, este barrio era luminoso y lleno de flores en los balcones.
Llamó a la puerta de la casa de su abuelita. "¿Quién es?", preguntó una voz desde dentro.
"Soy yo, Caperucita Roja", respondió la niña.
"¡Adelante, cariño! La puerta está abierta", dijo la abuelita.
Caperucita Roja entró en la casa. ¡Pero algo no estaba bien! La abuelita estaba en la cama, pero parecía diferente. Tenía una gorra grande, unas gafas enormes y la voz un poco ronca.
"Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!", dijo Caperucita.
"Para verte mejor, querida", respondió la abuelita con una voz extraña.
"Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes!", dijo Caperucita.
"Para oírte mejor, querida", respondió la abuelita.
"Abuelita, ¡qué boca tan grande tienes!", dijo Caperucita.
"¡Para comerte mejor!", gritó la abuelita, saltando de la cama. Pero en lugar de un lobo feroz, ¡era su abuelita disfrazada! Se había puesto una gorra y unas gafas grandes para darle una sorpresa a Caperucita.
Caperucita Roja se echó a reír. "¡Abuelita, qué susto me has dado!", dijo.
La abuelita se quitó el disfraz y abrazó a Caperucita. "Quería hacerte una broma", dijo.
Caperucita Roja le dio la cesta con las galletas y el zumo. Se sentaron juntas a la mesa y disfrutaron de la merienda. Mientras comían, Caperucita le contó a su abuelita sobre el taxista amable que la había ayudado a cruzar la avenida.
"¡Qué suerte tuviste de encontrar a alguien tan bueno!", dijo la abuelita. "Pero siempre recuerda lo que te dijo: ten cuidado y no hables con extraños."
Caperucita Roja aprendió una lección importante ese día: que la ciudad puede ser un lugar emocionante y lleno de sorpresas, pero también es importante ser precavida y confiar en tu instinto. Y aunque a veces los lobos se disfrazan de abuelitas, ¡a veces los taxistas amarillos son los verdaderos héroes!
Cuando llegó la hora de volver a casa, la abuelita llamó a un taxi amarillo para Caperucita Roja. Era el mismo taxista que la había ayudado antes. Le sonrió a Caperucita y la llevó a casa sana y salva. Caperucita se despidió con la mano, sabiendo que, aunque viviera en la gran ciudad, siempre estaría protegida por la amabilidad de los demás.
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