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Gratis · elegí una vozCaperucita Roja, con su cesta llena de fresas maduras y pan dulce recién horneado, caminaba alegremente por el bosque. El sol brillaba entre los árboles, haciendo que las hojas parecieran esmeraldas brillantes. Iba a visitar a su Abuelita, que no se sentía muy bien.
De repente, un murciélago grandote, de pelaje negro y ojos brillantes como dos canicas, se posó en una rama frente a ella. Caperucita no se asustó mucho. Había visto murciélagos antes, revoloteando al atardecer.
Pero este murciélago… este murciélago hablaba.
"¡Hola, pequeña!", chilló con una voz sorprendentemente amable. "¿A dónde vas con tanta prisa?"
Caperucita Roja, aunque un poco sorprendida, respondió cortésmente: "Voy a casa de mi Abuelita. Está un poco enferma y le llevo estas fresas y pan dulce para animarla."
El murciélago sonrió, mostrando dos pequeños colmillos. "¡Qué amable eres! Yo también iba por esa dirección. Me llamo Vlad. ¿Por qué no caminamos juntos?"
Caperucita Roja dudó un instante. Su mamá siempre le decía que no hablara con extraños, pero Vlad parecía simpático. Además, era un murciélago, ¡no podía ser tan malo! "Está bien", dijo Caperucita. "Pero tengo que apurarme, Abuelita me está esperando."
Vlad revoloteó a su lado mientras caminaban por el sendero. Le contó historias divertidas sobre el bosque, sobre los búhos que cantaban serenatas a la luna y las ardillas que escondían nueces en lugares secretos. Caperucita Roja reía a carcajadas.
Finalmente, llegaron a la casa de la Abuelita. Era una casita acogedora con una chimenea humeante y flores de colores en el jardín.
"Bueno, Vlad, gracias por acompañarme", dijo Caperucita. "Tengo que entrar ahora."
Vlad hizo una reverencia. "Fue un placer, Caperucita Roja. ¡Espero verte pronto!"
Caperucita entró a la casa. "¡Abuelita!", gritó. "¡Soy yo, Caperucita!"
Una voz débil respondió desde la cama: "¡Adelante, querida!"
Caperucita se acercó a la cama y… ¡se sorprendió! La Abuelita tenía una manta hasta la barbilla y un gorro cubriéndole la cabeza, pero sus ojos parecían… ¡raros!
"Abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!", exclamó Caperucita.
"Para verte mejor, querida", respondió la Abuelita con una voz ronca.
"Abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!"
"Para oírte mejor, querida."
"Abuelita, ¡qué dientes más… puntiagudos tienes!"
De repente, la "Abuelita" se levantó de la cama, revelando… ¡a Vlad! ¡Era él quien se había disfrazado!
Caperucita Roja gritó, pero Vlad, con una sonrisa, dijo: "¡No te asustes, pequeña! No voy a hacerte daño."
Caperucita estaba confundida. "¿Pero… eres un vampiro?"
Vlad suspiró. "Sí, lo soy. Pero soy un vampiro… vegetariano. No bebo sangre. ¡Solo jugo de tomate!"
Caperucita Roja lo miró con incredulidad. Vlad se quitó el gorro de la Abuelita y sacó una botella de jugo de tomate de debajo de la cama. Bebió un trago ruidosamente.
"¿Ves?", dijo Vlad. "¡Delicioso!"
Caperucita Roja empezó a reír. "¡Esto es ridículo! ¿Por qué te disfrazaste de mi Abuelita?"
Vlad se sonrojó (si es que un murciélago puede sonrojarse). "Bueno… olía las fresas que traías. ¡Las fresas son mi fruta favorita! Quería probarlas, pero no quería asustarte."
Caperucita Roja sonrió. "Podrías habérmelo pedido, Vlad. ¡Compartiré mis fresas contigo!"
Vlad se alegró mucho. Caperucita Roja le dio un puñado de fresas y un trozo de pan dulce. A Vlad le encantaron.
La verdadera Abuelita salió de un armario. Había estado escondida ahí porque Vlad la había encerrado accidentalmente cuando intentaba encontrar un disfraz. Estaba un poco asustada, pero también divertida por la situación.
Caperucita Roja, Vlad el vampiro vegetariano y la Abuelita comieron fresas y pan dulce juntos. Vlad prometió no volver a disfrazarse de la Abuelita, y Caperucita Roja le prometió traerle fresas cada vez que visitara a su Abuelita. Y así, Caperucita Roja aprendió que no todos los vampiros son malos, y que a veces, los amigos más inesperados pueden ser los mejores.
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