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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un bosque lleno de árboles altísimos y flores de colores brillantes, una niña llamada Caperucita Roja. Le decían así porque siempre llevaba una capa roja que su abuelita le había tejido. Un día, su mamá le dijo:
"Caperucita, tu abuelita no se siente muy bien. Llévale esta cesta con pan de zanahoria y mermelada de fresa. Pero ten mucho cuidado en el bosque, ¡no te entretengas!"
Caperucita Roja tomó la cesta y se adentró en el bosque. El sol brillaba entre las hojas y los pajaritos cantaban melodías alegres. De repente, ¡CRUJ! Una rama se rompió detrás de ella. Caperucita se dio la vuelta y vio… ¡un vampiro! Pero no era un vampiro aterrador como los de los cuentos. Este era flaco, pálido, y tenía unos grandes ojos verdes que parecían asustados.
"¡Hola!" dijo Caperucita, sin miedo. "¿Quién eres tú?"
El vampiro se estremeció. "Soy… Vlad." Susurró. "Y… soy un vampiro."
Caperucita Roja sonrió. "¡Qué bien! ¿Te gusta la sangre?"
Vlad hizo una mueca. "¡Puaj! ¡No! Soy un vampiro… vegetariano. Solo bebo jugo de tomate y como remolachas."
Caperucita se rió. "¡Un vampiro vegetariano! Eso es muy divertido. ¿Por qué no bebes sangre?"
"No me gusta," dijo Vlad. "Me da dolor de estómago. Además, ¡me siento culpable! Prefiero las remolachas, son dulces y rojas, ¡casi como la sangre, pero sin el susto!"
Caperucita Roja pensó un momento. "Voy a casa de mi abuelita. Está un poco enferma. ¿Quieres venir conmigo? Tal vez le guste el pan de zanahoria."
Vlad se puso muy contento. "¡Sí, por favor! Me encanta conocer gente nueva. Y me encantaría probar el pan de zanahoria."
Así que Caperucita Roja y Vlad caminaron juntos por el bosque. Vlad le contó a Caperucita historias de murciélagos que cultivaban calabazas gigantes y de ardillas que coleccionaban nueces brillantes. Caperucita le contó sobre su abuelita, que tejía bufandas mágicas y hacía las mejores galletas de jengibre del mundo.
Pero mientras caminaban, Vlad tuvo una idea. "Caperucita," dijo, "¿sabes que hay un atajo para llegar a la casa de tu abuelita? Es un camino secreto que pasa por el Jardín de las Remolachas Gigantes. ¡Es espectacular!"
Caperucita Roja no estaba segura. Su mamá le había dicho que no se desviara del camino. Pero Vlad parecía tan emocionado que no pudo negarse.
"Está bien," dijo Caperucita. "Pero solo si prometes que no me asustarás."
"¡Lo prometo!" dijo Vlad, cruzando los dedos detrás de su espalda (aunque Caperucita no lo vio).
Se desviaron del camino y llegaron al Jardín de las Remolachas Gigantes. ¡Era increíble! Las remolachas eran enormes, del tamaño de balones de fútbol. Vlad estaba tan feliz que empezó a bailar entre las remolachas.
Mientras tanto, el Lobo Feroz, que siempre andaba merodeando por el bosque, vio a Caperucita Roja y a Vlad entrar al jardín. "¡Ajá!" pensó el lobo. "¡Dos bocadillos de una vez!"
El Lobo corrió a la casa de la abuelita y llamó a la puerta.
"¿Quién es?" preguntó la abuelita, con voz débil.
El Lobo imitó la voz de Caperucita Roja. "Soy yo, abuelita, Caperucita Roja. Te traigo una cesta con comida."
La abuelita abrió la puerta y el Lobo saltó adentro. ¡Pero la abuelita era más lista de lo que parecía! Le dio un golpe al Lobo con su bastón y lo encerró en el armario.
Luego, la abuelita se vistió con el gorro y el chal de Caperucita Roja y se metió en la cama.
Mientras tanto, Caperucita Roja y Vlad finalmente llegaron a la casa de la abuelita. Caperucita Roja tocó a la puerta.
"¿Quién es?" preguntó la abuelita, con voz ronca.
"Soy yo, abuelita, Caperucita Roja. Y traigo a un amigo, Vlad, el vampiro vegetariano."
La abuelita (en realidad, el Lobo) dijo: "¡Pasen, queridos!"
Caperucita Roja y Vlad entraron a la casa. Vieron a la abuelita en la cama, con el gorro cubriéndole la cara.
"Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!" dijo Caperucita Roja.
"Son para verte mejor, querida," dijo el Lobo, con voz temblorosa.
"Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes!" dijo Vlad.
"Son para oírte mejor, querido," dijo el Lobo, tratando de sonar amable.
"Abuelita, ¡qué dientes tan grandes tienes!" dijo Caperucita Roja.
El Lobo no pudo aguantar más. "¡Son para comerte mejor!" gritó, y saltó de la cama.
Pero Vlad, aunque era un vampiro vegetariano, no era nada tonto. Rápidamente, sacó una remolacha gigante de su bolso y la lanzó al Lobo. La remolacha golpeó al Lobo en la cabeza y lo dejó aturdido.
La abuelita salió del armario, ilesa. Caperucita Roja y Vlad se abrazaron a ella.
Juntos, ataron al Lobo con una cuerda y lo llevaron al guardabosques. El guardabosques prometió llevar al Lobo a un zoológico especial para lobos que necesitaban aprender a ser amables.
Caperucita Roja, su abuelita y Vlad se sentaron a tomar el té y a comer pan de zanahoria. Vlad descubrió que el pan de zanahoria era aún mejor que las remolachas. Y Caperucita Roja aprendió que incluso los vampiros pueden ser buenos amigos. Y la abuelita aprendió que siempre es bueno tener un bastón a mano. Y el Lobo aprendió que es mejor ser amable que tratar de comerse a la gente.
Y vivieron felices para siempre, comiendo pan de zanahoria y bebiendo jugo de tomate, en el borde del bosque.
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