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Había una vez, en el corazón de un bosque donde las hojas siempre brillaban como si estuvieran hechas de seda, una niña llamada Caperucita Verde. A diferencia de la famosa niña de la capa roja, ella prefería el color del musgo, de los helechos y de la esperanza. Su capa había sido tejida por las mismas hadas del bosque con hilos de hierbabuena y pétalos de margarita verde. Caperucita no llevaba pasteles a su abuela; llevaba semillas mágicas para reforestar las zonas calvas del bosque y frascos de rocío matutino para refrescar a las flores sedientas.
Un día, mientras caminaba por un sendero sombreado, un crujido entre los arbustos la sobresaltó. De entre las sombras emergió un lobo enorme, de pelaje plateado y ojos que parecían dos lunas llenas. Pero este no era un lobo común. Se llamaba Lolo, y era conocido por ser el guardián más tierno de la naturaleza. Lolo no comía carne; se alimentaba de la luz del sol y del aroma de las violetas.
—¿A dónde vas con tanta prisa, pequeña amiga? —preguntó Lolo con una voz que sonaba como el murmullo de un río.
—Voy a casa de mi abuelita, al otro lado del Valle de Piedra —respondió Caperucita con una sonrisa—. Tengo que entregarle estas semillas de roble real.
Lolo bajó las orejas con preocupación. —Ten cuidado, Caperucita. Tu abuela, la señora Gruñilda, ha estado de muy mal humor últimamente. Dicen que ha puesto trampas de metal en su jardín porque no quiere que ningún animal toque sus flores de plástico.
Caperucita suspiró. Sabía que su abuela era difícil. Gruñilda odiaba que los zapatos se le mancharan de barro y prefería el cemento gris a la hierba fresca. Pero era su familia, y Caperucita tenía la misión de devolverle el amor por la naturaleza.

—Acompáñame, Lolo —pidió la niña—. Con tu ayuda, quizás podamos convencerla de que el bosque es nuestro amigo.
El lobo aceptó y ambos caminaron juntos. Por el camino, ayudaron a un pájaro que se había caído del nido y enderezaron unos girasoles que el viento había doblado. Lolo era tan delicado que incluso pedía perdón a las hormigas antes de cruzar un camino.
Al llegar a la cabaña de la abuela, el panorama era desolador. La casa no tenía plantas reales, solo macetas con flores rígidas de colores chillones y una cerca de pinchos que rodeaba todo el perímetro. La abuela Gruñilda estaba en el porche, sosteniendo una escoba como si fuera una espada.
—¡Fuera de aquí, bestia peluda! —gritó la abuela al ver a Lolo—. ¡Y tú, niña, quítate esa capa verde que parece que te has revolcado en el césped!
—Abuelita, Lolo es mi amigo y es muy bueno —dijo Caperucita intentando entrar.
—¡Nada de bondades! —gruñó la anciana—. El bosque es sucio y los animales son ruidosos. He preparado una trampa especial en la entrada para cualquiera que intente ensuciar mi entrada perfecta.

De repente, ¡CLACK! La abuela, en su arrebato de mal genio, dio un paso en falso y cayó en su propia trampa: una red de cuerda que ella misma había escondido bajo una alfombra. La red la elevó por los aires, dejándola colgada de una rama de un árbol seco.
—¡Auxilio! ¡Bajadme de aquí ahora mismo! —chillaba Gruñilda.
Caperucita miró a Lolo. El lobo, sin dudarlo, se acercó a la red. La abuela cerró los ojos, esperando un mordisco, pero en su lugar sintió la suavidad del pelaje del lobo contra sus pies. Con una delicadeza asombrosa, Lolo usó sus garras, no para herir, sino para desatar los nudos de la cuerda con la precisión de un cirujano.
Cuando la abuela aterrizó en el suelo, Lolo no le rugió. En cambio, le ofreció una hermosa flor de verdad que había recogido por el camino. La abuela se quedó muda. Miró la flor, miró al lobo que la había salvado y luego miró a su nieta.
—¿Por qué me has ayudado? —preguntó la abuela con la voz quebrada—. He sido muy mala contigo y con tus amigos.
—Porque el bosque no guarda rencor, abuelita —dijo Caperucita abrazándola—. Y porque Lolo tiene el corazón más grande que cualquier montaña.
Esa tarde, algo cambió en el corazón de Gruñilda. Con la ayuda de las semillas mágicas de Caperucita y la fuerza de Lolo, empezaron a transformar el jardín de cemento en un paraíso de colores. La abuela aprendió que el barro no era suciedad, sino el lugar donde nace la vida. Desde entonces, ya no la llaman la abuelita mala, sino la Guardiana de las Flores, y siempre se la ve paseando por el bosque, de la mano de una niña de capa verde y un lobo plateado que huele a violetas.
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