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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pueblecito escondido entre montañas color esmeralda, una niña muy especial llamada Caperucita Violeta. ¿Por qué Violeta? Porque siempre, siempre, llevaba una preciosa capa de ese color, tejida con la lana de las ovejas más alegres del valle. Un día, su mamá la llamó: "Caperucita, tu abuela Rosalinda no se siente muy bien. Llévale esta cesta con galletas de avena y un tarro de miel de flores silvestres. Pero ¡ten mucho cuidado! El Bosque Encantado está lleno de sorpresas… y de un lobo muy, muy feroz."
Caperucita, con su capa ondeando al viento, se adentró en el Bosque Encantado. Los árboles eran altísimos, con hojas que brillaban como joyas. Los pájaros cantaban melodías divertidas y las mariposas revoloteaban a su alrededor, dejándole un rastro de polvo de hadas. Al principio, todo era mágico y emocionante. Pero, de repente, ¡CRUJ! Una rama se rompió cerca de ella. Caperucita se asustó un poquito, pero recordó las palabras de su mamá y siguió caminando con valentía.
No tardó mucho en encontrarse con el Lobo Feroz. ¡Era enorme y peludo! Tenía unos ojos amarillos que brillaban como dos bombillas y unos dientes afilados como cuchillos. "¡Hola, Caperucita! ¿Adónde vas tan contenta?", preguntó el Lobo, con una voz que intentaba sonar amable, pero que en realidad era ronca y amenazante.
Caperucita, aunque asustada, no se dejó intimidar. "Voy a casa de mi abuelita Rosalinda, que está un poco enferma. Le llevo una cesta con galletas y miel", respondió con voz temblorosa.
"¡Ah, Rosalinda!", exclamó el Lobo, relamiéndose. "¡Qué casualidad! Yo también iba a visitarla. ¿Por qué no recoges unas flores para ella? Seguro que le encantan. Yo tomaré un atajo para llegar antes y prepararle una sorpresa."
Caperucita, confiando en sus palabras (¡qué ingenua!), se puso a recoger flores de todos los colores. Mientras tanto, el Lobo corrió a toda velocidad hasta la casa de la abuela Rosalinda. Llegó sin aliento y, con un golpe, abrió la puerta. ¡ROMP! La abuela Rosalinda, que en realidad era una mujer muy fuerte y musculosa (aunque lo mantenía en secreto), estaba levantando pesas en el salón. Al ver al Lobo, soltó las pesas con un estruendo. "¡Pero bueno, ¿quién eres tú y qué haces en mi casa?", exclamó la abuela, con voz de trueno.
El Lobo, sorprendido por la fuerza de la abuela, intentó atacarla, pero Rosalinda era mucho más ágil y fuerte de lo que parecía. ¡Le dio un golpe con una pesa que lo dejó viendo estrellas! El Lobo salió corriendo, aullando de dolor, y se escondió en el armario.
Cuando Caperucita Violeta llegó a la casa, llamó a la puerta. "¡Adelante, querida!", dijo la abuela con su voz normal, como si nada hubiera pasado. Caperucita entró y encontró a su abuela sentada en su sillón, tejiendo una bufanda. "¡Abuelita, qué alegría verte! Te traje estas flores y esta cesta con galletas y miel", dijo Caperucita, entregándole su regalo.
"¡Qué amable eres, Caperucita! Gracias, mi niña", respondió la abuela. Entonces, Caperucita notó algo extraño. "Abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!", dijo Caperucita.
"Para verte mejor, hijita", respondió la abuela con una voz un poco rara.
"Abuelita, ¡qué orejas tan grandes tienes!"
"Para oírte mejor, mi amor."
"Abuelita, ¡qué dientes tan grandes tienes!"
En ese momento, la abuela se levantó de un salto y gritó: "¡Para comerte mejor!" Pero, al intentar abalanzarse sobre Caperucita, tropezó con una alfombra y cayó de bruces al suelo. ¡PAF!
Del armario salió el Lobo Feroz, asustado por el ruido. Al ver a Caperucita y a la abuela, intentó escapar por la ventana, pero la abuela Rosalinda, recuperada del golpe, lo agarró por la cola. "¡No te escaparás tan fácilmente, grandullón!", gritó la abuela, con una fuerza increíble. Lo sacudió como si fuera un calcetín viejo y lo lanzó fuera de la casa.
El Lobo salió corriendo, aullando de miedo, y prometió no volver a molestar a nadie más. Caperucita y su abuela se abrazaron, aliviadas y felices. Prepararon una merienda deliciosa con las galletas y la miel, y se rieron mucho recordando la aventura. A partir de ese día, Caperucita Violeta aprendió a no confiar en extraños y a valorar la fuerza y el cariño de su abuela de acero. Y el Lobo Feroz... bueno, él aprendió una lección muy importante: ¡nunca subestimes a una abuela musculosa!
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