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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de un bosque mágico, una niña llamada Caperucita. Pero no era una Caperucita cualquiera. Su capa, en lugar de ser roja, ¡cambiaba de color según su estado de ánimo! Si estaba contenta, se volvía amarilla brillante como el sol. Si estaba triste, se ponía azul como el cielo nublado. Y si tenía miedo, ¡se volvía verde como las hojas del bosque!
Un día, la mamá de Caperucita le dijo: "Caperucita, tu abuelita está un poco pachucha. He preparado una cesta con galletas de miel y un tarro de mermelada de fresa para que se la lleves. ¡Pero ten mucho cuidado al cruzar el Bosque de los Colores! No te entretengas hablando con extraños y sigue siempre el camino señalado."
Caperucita, con su capa amarilla porque estaba emocionada por la aventura, tomó la cesta y se adentró en el Bosque de los Colores. Este bosque era famoso por sus árboles con hojas de todos los colores imaginables: rojo carmesí, naranja vibrante, morado profundo, incluso ¡rosa chicle! Las flores cantaban pequeñas melodías y los animales hablaban con acentos divertidos.
Al poco tiempo, mientras Caperucita admiraba un árbol con hojas que cambiaban de color cada segundo, un zorro astuto, con un chaleco a cuadros y un sombrero de copa, se le acercó. Su nombre era Don Astuto. La capa de Caperucita empezó a ponerse un poco verde, pero ella intentó mantenerse valiente.
"¡Buenos días, jovencita!", dijo Don Astuto con una sonrisa que mostraba demasiados dientes. "¿A dónde te diriges con esa cesta tan apetitosa?"
Caperucita, recordando la advertencia de su mamá, respondió tímidamente: "Voy a casa de mi abuelita, que está un poco enferma, a llevarle estas galletas y mermelada."
"¡Qué buena nieta eres!", exclamó Don Astuto. "Pero, ¿sabes? En lo profundo del bosque hay un claro lleno de flores aún más hermosas. Si le llevaras un ramo a tu abuelita, ¡seguro que se pondría mucho mejor! Está un poquito más lejos, pero vale la pena."
Caperucita, aunque dudaba un poco, pensó que a su abuelita le encantarían las flores. Su capa se puso un poco más verde, mezclada con amarillo, mostrando su indecisión. "Hmm, quizás tenga razón", pensó Caperucita.
"¡Pero no te demores mucho!", añadió Don Astuto, guiñándole un ojo. Y dicho esto, se alejó silbando una tonadilla.
Caperucita, tentada por la idea de las flores, se desvió del camino y se adentró en el bosque. Pronto encontró el claro que Don Astuto había mencionado. ¡Era un espectáculo increíble! Flores de todos los tamaños y colores bailaban con la brisa. Caperucita se olvidó de su abuelita por un momento y se dedicó a recoger las flores más bonitas. Su capa volvió a ser amarilla, dominando el verde del miedo.
Mientras tanto, Don Astuto corrió a casa de la abuelita. Llamó a la puerta con suavidad y, disfrazando su voz, dijo: "Soy Caperucita, abuelita. Vengo a visitarte."
La abuelita, que estaba en la cama leyendo un libro de cuentos, respondió: "¡Pasa, querida! La puerta está abierta."
Don Astuto entró, cerró la puerta con llave y se abalanzó sobre la abuelita. ¡Pero la abuelita no era una anciana indefensa! Era una aventurera jubilada que había viajado por todo el mundo. Con un rápido movimiento, le lanzó un cojín a Don Astuto y lo encerró en el armario.
Mientras tanto, Caperucita, con un enorme ramo de flores en los brazos, se dio cuenta de que se había hecho muy tarde. Su capa se volvió naranja, mostrando su preocupación. Recordó a su abuelita y corrió hacia su casa.
Al llegar, Caperucita notó que la puerta estaba cerrada con llave. Llamó varias veces, pero nadie respondió. Su capa se puso verde por completo, mostrando su miedo. Finalmente, empujó la puerta con todas sus fuerzas y logró abrirla.
Dentro, todo estaba en silencio. Caperucita vio una figura en la cama, cubierta con las sábanas. "¿Abuelita?", preguntó Caperucita con voz temblorosa.
La figura se incorporó lentamente. "¡Qué flores tan bonitas, Caperucita!", dijo una voz ronca. "¡Acércate para que pueda verte mejor!"
Caperucita se acercó a la cama. Su capa era ahora de un verde oscuro. "¡Abuelita, qué ojos tan grandes tienes!", dijo Caperucita.
"Para verte mejor, querida", respondió la figura.
"¡Abuelita, qué orejas tan grandes tienes!"
"Para oírte mejor, querida."
"¡Abuelita, qué dientes tan grandes tienes!"
"¡Para comerte mejor!", gritó Don Astuto, saltando de la cama. Pero antes de que pudiera hacer nada, Caperucita, asustada pero decidida, le arrojó el ramo de flores a la cara. Las flores eran tan grandes y pesadas que Don Astuto perdió el equilibrio y cayó al suelo.
En ese momento, la abuelita salió del armario, armada con un paraguas. Juntas, Caperucita y su abuelita ataron a Don Astuto con una cuerda y lo sacaron de la casa.
Un leñador que pasaba por allí, al ver el alboroto, se acercó a preguntar qué sucedía. Caperucita y su abuelita le contaron la historia y el leñador se ofreció a llevar a Don Astuto al pueblo para que aprendiera la lección.
Caperucita aprendió una valiosa lección ese día. Nunca más se desvió del camino ni habló con extraños. Y su capa, después de un día lleno de emociones, volvió a su color natural: un rojo brillante, símbolo de valentía y amor por su abuelita.
Esa noche, Caperucita y su abuelita disfrutaron de las galletas de miel y la mermelada de fresa, riendo y contándose historias. Y aunque el Bosque de los Colores era hermoso, Caperucita supo que lo más importante era la seguridad y el amor de su familia.
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