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Caperucita Roja, con su cestita tejida y su caperuza roja brillante, se despertó con un hambre tremenda. Su abuelita, que vivía en una casita cerca de la plaza, le había prometido que hoy irían juntas a comer al McDonalds. ¡A Caperucita le encantaban las papitas fritas y las cajitas felices!
"¡Mamá, mamá!", gritó Caperucita, "¿Ya podemos ir a ver a la abuelita y comer al McDonalds?".
La mamá de Caperucita sonrió. "Sí, mi amor. Pero recuerda, ten mucho cuidado al cruzar la calle. ¡Y no hables con extraños!".
Caperucita prometió portarse bien y salió corriendo hacia la casa de su abuelita. El sol brillaba y los pajaritos cantaban. Caperucita iba cantando una canción que se sabía de memoria, moviendo su cestita al ritmo de la música. De repente, escuchó un ruido entre los árboles.
"¿Quién anda ahí?", preguntó Caperucita, un poco asustada.
Un lobo grandote, con una sonrisa que parecía un poco falsa, salió de entre los árboles. "Hola, Caperucita. ¿A dónde vas tan contenta?", preguntó el lobo.
Caperucita recordó lo que su mamá le había dicho: "No hables con extraños". Pero el lobo parecía muy amable, así que Caperucita, un poco indecisa, respondió: "Voy a McDonalds con mi abuelita. ¡Vamos a comer papitas fritas y a jugar en la plaza!".
"¡Qué interesante!", dijo el lobo, con los ojos brillantes. "¿Y por qué no recoges algunas flores para tu abuelita? Seguro que le encantarán. Yo te esperaré aquí".
Caperucita pensó que era una buena idea. A su abuelita le encantaban las flores. Así que se adentró en el bosque a buscar las flores más bonitas. Mientras tanto, el lobo corrió a toda velocidad hacia el McDonalds. Llegó antes que Caperucita y su abuelita, y se escondió detrás de un gran anuncio de hamburguesas.
Cuando Caperucita y su abuelita llegaron al McDonalds, el lobo las observaba desde su escondite. La abuelita compró dos cajitas felices para ella y para Caperucita. Caperucita eligió una hamburguesa con queso y papitas fritas, y su abuelita pidió una ensalada. ¡A las dos les encantaba el helado de postre!
Después de comer, Caperucita y su abuelita fueron a la plaza que estaba al lado del McDonalds. Había columpios, toboganes y un montón de niños jugando. Caperucita corrió hacia los columpios y empezó a balancearse muy alto, sintiendo el viento en su cara.
Mientras Caperucita jugaba, el lobo se acercó a la abuelita. "Disculpe, señora", dijo el lobo con una voz suave, "¿Podría ayudarme a encontrar a mi nieto? Se ha perdido en la plaza".
La abuelita, que era muy amable, se ofreció a ayudar al lobo. Empezaron a buscar al nieto perdido por toda la plaza. Mientras tanto, Caperucita seguía jugando en los columpios, sin darse cuenta de nada.
De repente, Caperucita vio al lobo hablando con su abuelita. Se acercó corriendo y le preguntó a su abuelita: "¿Quién es este señor, abuelita?".
La abuelita le explicó que el lobo estaba buscando a su nieto perdido. Caperucita miró al lobo con desconfianza. Algo en su mirada no le gustaba.
"Señor", dijo Caperucita, "¿Cómo se llama su nieto?".
El lobo se puso nervioso. No sabía qué responder. "Ehm… se llama… Pedrito", dijo el lobo, inventando un nombre al azar.
Caperucita sonrió. "¡Qué casualidad!", dijo Caperucita. "Yo conozco a un Pedrito que está jugando en el tobogán. ¡Vamos a preguntarle si es su nieto!".
El lobo no tuvo más remedio que seguir a Caperucita hasta el tobogán. Cuando llegaron, Caperucita le preguntó al niño: "¿Te llamas Pedrito?".
El niño negó con la cabeza. "No, me llamo Juanito", respondió el niño.
El lobo se puso rojo de vergüenza. Caperucita y su abuelita se dieron cuenta de que el lobo les había mentido. "¡Tú no estás buscando a ningún nieto!", exclamó Caperucita. "¡Eres el lobo que me encontré en el bosque!".
El lobo, al verse descubierto, salió corriendo de la plaza a toda velocidad. Caperucita y su abuelita se rieron mucho. La abuelita le dijo a Caperucita: "Tenías razón, mi amor. Siempre hay que ser precavido y no confiar en los extraños".
Caperucita aprendió una lección muy importante ese día. Después de eso, siguió jugando en la plaza con su abuelita, pero siempre con mucho cuidado. Y cada vez que iban al McDonalds, recordaban la aventura con el lobo y se reían juntas. Desde ese día, Caperucita siempre recordaba las palabras de su mamá: "No hables con extraños", y se convirtió en una niña muy prudente y observadora. Y aunque le encantaban las cajitas felices, siempre prefería la compañía de su abuelita y la seguridad de su hogar.
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