Cuento corto para niños

¡Casi Adulto! (O Las Aventuras Jabonosas de Un Adolescente)

Un adolescente intenta completar una lista de cosas que "hacen a un adulto", con la ayuda (o la burla) de su sarcástico gato. A través de cómicas pruebas como comprar jabón y pedir citas médicas, descubre que la adultez es más un proceso de aprendizaje y aceptación que una meta alcanzable.

A partir de: La lista de cosas que me hacen adulto (¿o no?) 1. El inventario inútil En mi mesa había una hoja arrugada que decía en letras grandes: Cosas que hacen a un adulto Pagar cuentas. No llorar por tonterías. Saber qué estudiar. No depender de mamá. La miraba como si fuera el Mapa del Merodeador en Harry Potter. Esperando que de pronto se iluminara y me dijera: “Aquí está tu camino hacia la adultez, camina recto y no mires atrás”. Pero no: era solo una lista estúpida escrita con marcador seco. Y ahí estaba él: mi conciencia. Un gato negro con barriga de panza cervecera y una expresión de aburrimiento eterno. No un gato elegante tipo Salem de Sabrina, ni un felino místico de Miyazaki. El mío parecía salido de un meme de internet: acostado de lado, con la mirada perdida en el infinito, juzgando cada uno de mis movimientos como si fuera un crítico de cine. —¿De verdad crees que la adultez cabe en cuatro renglones? —maulló bostezando, mientras se acomodaba encima de mis cuadernos de colegio. —Es una guía, algo tenía que empezar a escribir. —Una guía... —repitió él, con tono de Moe Szyslak explicando un chiste malo en Los Simpson—. Eso es como pensar que con un manual de Pokémon puedes atrapar a Mewtwo con una pokebola rota. Yo bufé. Ya estaba empezando el día sintiéndome como Milhouse: un eterno secundario en mi propia vida. 2. Primera prueba: el jabón “Voy a hacer algo adulto”. Eso pensé mientras salía a la tienda de la esquina. No podía pagar impuestos, ni comprar un carro, ni adoptar un hijo. Así que decidí enfrentar la primera prueba: comprar jabón. En mi cabeza, la tienda se transformó en la Arena de Gladiador. Los pasillos se alargaban como en Stranger Things cuando aparece el Upside Down. El tendero se convirtió en un buitre con cara de Don Vito Corleone, preguntándome con voz grave: —¿Qué jabón quieres, muchacho? En el estante había tres: El más barato, con olor a hospital público y aspecto de barra medieval. El intermedio, que prometía “aroma a campo fresco” pero olía a insecticida. El caro, que costaba casi lo que una entrada al cine, y que venía en caja elegante, como si me fuera a convertir en Ryan Gosling en La La Land. Mi cerebro empezó a colapsar como Homer cuando intenta recordar “cómo usar el tenedor”. “Si compro el barato, soy un tacaño. Si compro el caro, me ven como un presumido. Si compro el intermedio, soy un mediocre sin identidad. ¿Qué hago?” El gato, sentado sobre el mostrador como si fuera su trono, se lamía una pata y murmuraba: —Mira, la vida es esto: elegir entre jabones que todos huelen igual a derrota. Ni que fuera la poción multijugos de Harry Potter. Al final agarré el intermedio. Y sí, olía a insecticida. 3. El dragón telefónico Siguiente misión: pedir una cita médica. Un adulto normal lo hace en dos minutos. Yo lo viví como si tuviera que enfrentarme a Bowser en Mario Bros. Marqué el número. Sonó la voz automática: “Si desea odontología, marque uno. Si desea medicina general, marque dos. Si desea perder toda esperanza, marque tres.” El teléfono se transformó en un dragón gigantesco, de esos que ni Gokú en modo Super Saiyajin se animaría a enfrentar. Marqué el dos. Error. “Ha marcado una opción inexistente. Por favor, intente de nuevo.” El dragón rugió en mi oído. Yo sudaba como Eleven con la nariz sangrando en Stranger Things. El gato, estirándose sobre el auricular: —Te juro que si Aristóteles hubiera tenido que llamar a pedir una cita, la filosofía occidental nunca habría existido. Hubiera dicho: “¿Sabes qué? Mejor me muero de apendicitis”. Colgué. Y decidí que prefería morir lentamente a volver a pelear con el dragón burocrático. 4. Filosofía de cafetería Me encontré con un amigo en la esquina. Él siempre fue como un perro labrador: optimista, enérgico, convencido de que todo tenía solución. —¿Ya decidiste qué vas a estudiar? —me preguntó mientras sorbía un tinto más aguado que el café de Friends. Mi cerebro proyectó un mapa como en The Legend of Zelda: Psicología: jefe final con mil tentáculos de incertidumbre. Diseño: monstruo que te devora el alma y la cuenta bancaria. Filosofía: Hydra infinita, cada pregunta respondida genera dos más. Comunicación: un enemigo disfrazado de payaso, riéndose mientras te roba la motivación. El gato estaba sobre la mesa, tirando el azúcar con la pata. —Ni siquiera sabes qué quieres cenar hoy. ¿Y ya planeas tu vida entera? Sócrates estaría orgulloso de tu ignorancia. Yo reí nervioso. Mi amigo siguió hablando del futuro como si estuviera en un episodio de How I Met Your Mother, con risas enlatadas. Yo solo veía la pantalla en negro. 5. El retorno del cuarto Volví derrotado. Tiré el jabón en el baño como si fuera el anillo único: poderoso pero inútil. Me dejé caer en la cama y pensé: “No puedo ni comprar jabón ni pedir una cita. ¿Cómo voy a pagar impuestos, criar hijos o firmar una hipoteca?”. El gato se acomodó en mi estómago, con esa cara de emperador romano que sabe que jamás será cuestionado. —La adultez no llega como un jefe final al que derrotas. Es como un virus que se instala en segundo plano: no lo notas, pero un día descubres que te emocionas porque bajó el precio del detergente. Y ahí, amigo, ya será demasiado tarde. Lo miré con una mezcla de odio y gratitud. 6. Epílogo ambiguo Abrí mi lista de “cosas que hacen a un adulto”. La leí de nuevo, con la solemnidad con la que Rafiki levanta a Simba en El Rey León. Y escribí una última línea: 5. Aprender a fracasar sin morirse del susto. El gato bostezó, se dio la vuelta y dijo: —Bienvenido al club de los que nunca están listos. Yo sonreí, sin saber si estaba condenado o simplemente empezando a crecer.

Empezar a leer ↓Publicado el 14/04/2026

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En mi mesa había una hoja arrugada que decía en letras grandes:

Cosas que hacen a un adulto

Pagar cuentas.

No llorar por tonterías.

Saber qué estudiar.

No depender de mamá.

La miraba como si fuera el Mapa del Merodeador en Harry Potter. Esperando que de pronto se iluminara y me dijera: “Aquí está tu camino hacia la adultez, camina recto y no mires atrás”. Pero no: era solo una lista estúpida escrita con marcador seco.

Y ahí estaba él: mi conciencia. Un gato negro con barriga de panza cervecera y una expresión de aburrimiento eterno.

No un gato elegante tipo Salem de Sabrina, ni un felino místico de Miyazaki. El mío parecía salido de un meme de internet: acostado de lado, con la mirada perdida en el infinito, juzgando cada uno de mis movimientos como si fuera un crítico de cine.

—¿De verdad crees que la adultez cabe en cuatro renglones? —maulló bostezando, mientras se acomodaba encima de mis cuadernos de colegio.

—Es una guía, algo tenía que empezar a escribir.

—Una guía... —repitió él, con tono de Moe Szyslak explicando un chiste malo en Los Simpson—. Eso es como pensar que con un manual de Pokémon puedes atrapar a Mewtwo con una pokebola rota.

Yo bufé. Ya estaba empezando el día sintiéndome como Milhouse: un eterno secundario en mi propia vida.

2. Primera prueba: el jabón

“Voy a hacer algo adulto”.

Eso pensé mientras salía a la tienda de la esquina. No podía pagar impuestos, ni comprar un carro, ni adoptar un hijo. Así que decidí enfrentar la primera prueba: comprar jabón.

En mi cabeza, la tienda se transformó en la Arena de Gladiador. Los pasillos se alargaban como en Stranger Things cuando aparece el Upside Down. El tendero se convirtió en un buitre con cara de Don Vito Corleone, preguntándome con voz grave:

—¿Qué jabón quieres, muchacho?

En el estante había tres:

El más barato, con olor a hospital público y aspecto de barra medieval.

El intermedio, que prometía “aroma a campo fresco” pero olía a insecticida.

El caro, que costaba casi lo que una entrada al cine, y que venía en caja elegante, como si me fuera a convertir en Ryan Gosling en La La Land.

Mi cerebro empezó a colapsar como Homer cuando intenta recordar “cómo usar el tenedor”.

“Si compro el barato, soy un tacaño. Si compro el caro, me ven como un presumido. Si compro el intermedio, soy un mediocre sin identidad. ¿Qué hago?”

El gato, sentado sobre el mostrador como si fuera su trono, se lamía una pata y murmuraba:

—Mira, la vida es esto: elegir entre jabones que todos huelen igual a derrota. Ni que fuera la poción multijugos de Harry Potter.

Al final agarré el intermedio. Y sí, olía a insecticida.

3. El dragón telefónico

Siguiente misión: pedir una cita médica.

Un adulto normal lo hace en dos minutos. Yo lo viví como si tuviera que enfrentarme a Bowser en Mario Bros.

Marqué el número. Sonó la voz automática:

“Si desea odontología, marque uno.

Si desea medicina general, marque dos.

Si desea perder toda esperanza, marque tres.”

El teléfono se transformó en un dragón gigantesco, de esos que ni Gokú en modo Super Saiyajin se animaría a enfrentar.

Marqué el dos. Error.

“Ha marcado una opción inexistente. Por favor, intente de nuevo.”

El dragón rugió en mi oído. Yo sudaba como Eleven con la nariz sangrando en Stranger Things.

El gato, estirándose sobre el auricular:

—Te juro que si Aristóteles hubiera tenido que llamar a pedir una cita, la filosofía occidental nunca hubiera existido. Hubiera dicho: “¿Sabes qué? Mejor me muero de apendicitis”.

Colgué. Y decidí que prefería morir lentamente a volver a pelear con el dragón burocrático.

4. Filosofía de cafetería

Me encontré con un amigo en la esquina. Él siempre fue como un perro labrador: optimista, enérgico, convencido de que todo tenía solución.

—¿Ya decidiste qué vas a estudiar? —me preguntó mientras sorbía un tinto más aguado que el café de Friends.

Mi cerebro proyectó un mapa como en The Legend of Zelda:

Psicología: jefe final con mil tentáculos de incertidumbre.

Diseño: monstruo que te devora el alma y la cuenta bancaria.

Filosofía: Hydra infinita, cada pregunta respondida genera dos más.

Comunicación: un enemigo disfrazado de payaso, riéndose mientras te roba la motivación.

El gato estaba sobre la mesa, tirando el azúcar con la pata.

—Ni siquiera sabes qué quieres cenar hoy. ¿Y ya planeas tu vida entera? Sócrates estaría orgulloso de tu ignorancia.

Yo reí nervioso. Mi amigo siguió hablando del futuro como si estuviera en un episodio de How I Met Your Mother, con risas enlatadas. Yo solo veía la pantalla en negro.

5. El retorno del cuarto

Volví derrotado. Tiré el jabón en el baño como si fuera el anillo único: poderoso pero inútil. Me dejé caer en la cama y pensé:

“No puedo ni comprar jabón ni pedir una cita. ¿Cómo voy a pagar impuestos, criar hijos o firmar una hipoteca?”.

El gato se acomodó en mi estómago, con esa cara de emperador romano que sabe que jamás será cuestionado.

—La adultez no llega como un jefe final al que derrotas. Es como un virus que se instala en segundo plano: no lo notas, pero un día descubres que te emocionas porque bajó el precio del detergente. Y ahí, amigo, ya será demasiado tarde.

Lo miré con una mezcla de odio y gratitud.

6. Epílogo ambiguo

Abrí mi lista de “cosas que hacen a un adulto”. La leí de nuevo, con la solemnidad con la que Rafiki levanta a Simba en El Rey León. Y escribí una última línea:

5. Aprender a fracasar sin morirse del susto.

El gato bostezó, se dio la vuelta y dijo:

—Bienvenido al club de los que nunca están listos.

Yo sonreí, sin saber si estaba condenado o simplemente empezando a crecer.

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Publicado el 14/04/2026

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