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Gratis · elegí una vozCata amaba los animales más que a nada en el mundo. Cada vez que tenía un día libre, sabía exactamente a dónde ir: a los Pantanos de Villa, un lugar mágico lleno de aves, peces y pequeñas criaturas. Y no iba sola; siempre la acompañaba Kiyari, su hermosa yegua de pelaje castaño brillante. Kiyari era su mejor amiga, su confidente y la compañera perfecta para sus aventuras.
Un día soleado, Cata ensilló a Kiyari y se dirigieron hacia los Pantanos. El aire olía a sal y a tierra húmeda, una mezcla que a Cata le encantaba. Primero, decidieron ir a la playa. El sol brillaba sobre la arena dorada, y las olas jugaban con la orilla. Cata se bajó de Kiyari y le dio una palmada en el cuello. "¡Corre, Kiyari, corre!", gritó con alegría.
Kiyari, con la melena ondeando al viento, galopó a lo largo de la playa, dejando una estela de huellas en la arena. Cata corría a su lado, riendo a carcajadas. Era una sensación de libertad pura, una conexión especial entre la niña y su yegua.
Después de un rato, regresaron a los Pantanos. Cata se bajó de Kiyari y la ató a un árbol cercano, asegurándose de que tuviera agua fresca y heno. "Ahora vamos a explorar, amiga", le dijo a Kiyari, dándole una manzana crujiente.
Cata caminó con cuidado entre los totorales y las lagunas. Observaba a las aves zancudas que buscaban comida en el barro, a los peces que nadaban entre las algas y a las libélulas que revoloteaban sobre el agua. Le encantaba la tranquilidad del lugar, el sonido de la naturaleza que lo llenaba todo.
De repente, escuchó un pequeño gemido. Cata se detuvo y aguzó el oído. El gemido se repitió, débil y lastimero. Siguió el sonido hasta llegar a un arbusto. Allí, escondido entre las ramas, vio un pequeño cuyo. Estaba temblando y tenía una pata herida.
Cata sintió una punzada en el corazón. Con cuidado, se acercó al cuyo y lo tomó en sus manos. Era tan pequeño y frágil. "Pobrecito", murmuró Cata, "¿qué te ha pasado?".
Sabía que no podía dejar al cuyo allí solo. Tenía que ayudarlo. Pero, ¿cómo?
Cata recordó que había visto a un trabajador de los Pantanos cerca de la entrada. Era un hombre amable que siempre estaba dispuesto a ayudar a los animales. Sin pensarlo dos veces, Cata corrió hacia donde lo había visto.
"¡Señor! ¡Señor!", gritó Cata, con el cuyo en sus manos. "¡Hay un cuyo herido! Necesita ayuda".
El trabajador, un hombre de rostro amable y manos callosas, se acercó a Cata con preocupación. "¿Un cuyo herido? ¿Dónde está?", preguntó.
Cata lo guió hasta el arbusto donde había encontrado al cuyo. El trabajador lo examinó con cuidado. "Tiene una fractura en la pata", dijo. "Necesitamos llevarlo al centro de rescate de animales".
Con mucho cuidado, el trabajador colocó al cuyo en una pequeña jaula y lo llevó al centro de rescate. Cata lo acompañó, sintiéndose aliviada de que el pequeño animal estuviera en buenas manos.
Cuando vio que los veterinarios estaban curando al cuyo, Cata se sintió feliz. Sabía que el pequeño animal recibiría la atención que necesitaba y que pronto estaría de vuelta en los Pantanos.
Se despidió del trabajador y corrió de vuelta a donde había dejado a Kiyari. La yegua la recibió con un relincho alegre. Cata la abrazó con fuerza. "Gracias por esperarme, amiga", le dijo.
Montó a Kiyari y se alejaron galopando hacia su hípica. El sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo con colores anaranjados y rosados. Cata sonrió. Había sido un día maravilloso, un día en el que había podido ayudar a un animal necesitado. Sabía que siempre estaría ahí para proteger a los animales de los Pantanos de Villa, su lugar favorito en el mundo.
Al llegar a su hípica, Cata le dio a Kiyari una buena ración de zanahorias y la cepilló con cuidado. Mientras lo hacía, pensaba en el pequeño cuyo y en la alegría que sentía al saber que estaba a salvo. Sabía que siempre recordaría ese día en los Pantanos de Villa, un día en el que había aprendido que incluso las acciones más pequeñas pueden marcar una gran diferencia en la vida de un animal.
Esa noche, Cata soñó con los Pantanos de Villa, con Kiyari galopando libremente y con el pequeño cuyo corriendo feliz entre los totorales. Y supo que siempre regresaría a ese lugar mágico, un lugar donde los animales eran amados y protegidos.
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