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Gratis · elegí una vozCatalina era una niña pequeña con un corazón gigante y una curiosidad aún mayor. Vivía en un valle verde, rodeado de montañas altísimas. La más alta de todas, la Montaña Cantarina, siempre la había fascinado. Dicen que en la cima, el viento silbaba melodías hermosas. Catalina soñaba con escucharlas.
Un día, Catalina decidió que era hora de subir la Montaña Cantarina. Empacó una mochila con una manzana roja, una botella de agua y su osito de peluche, Tito. Le dijo a su mamá que iba a jugar en el bosque, pero en secreto, se dirigió hacia la base de la montaña.
El camino era empinado y pedregoso. Catalina resbaló varias veces, pero se levantó con determinación. Tito, colgado de su mochila, parecía animarla con sus pequeños ojos de botón. Al principio, el bosque era denso y oscuro, lleno de árboles altos y helechos frondosos. Catalina escuchaba el canto de los pájaros y el susurro del viento entre las hojas. A medida que subía, el bosque se hacía más claro y el sol brillaba con más intensidad.
De repente, Catalina se encontró con una ardilla parlanchina llamada Coco. Coco tenía un sombrero diminuto hecho de una hoja y una nuez en la mano. "¡Hola, pequeña!", dijo Coco. "¿A dónde vas con tanta prisa?".
"Voy a subir la Montaña Cantarina para escuchar su música", respondió Catalina.
Coco frunció el ceño. "¡Uf! Es un camino largo y difícil. ¿Estás segura de que estás preparada?".
"¡Claro que sí!", dijo Catalina con entusiasmo. "Tengo a Tito conmigo y una manzana para el camino".
Coco sonrió. "Bueno, si insistes... Ten cuidado con el Duende Gruñón. Vive a mitad de camino y no le gusta que lo molesten".
Catalina le dio las gracias a Coco y continuó su camino. Después de un rato, llegó a una cueva oscura y húmeda. Un cartel hecho de ramas decía: "¡Cuidado! Duende Gruñón". Catalina tragó saliva y respiró hondo. Se armó de valor y entró en la cueva.
En el fondo de la cueva, sentado en una roca, estaba el Duende Gruñón. Era pequeño y regordete, con una barba larga y desgreñada y un gorro puntiagudo. Estaba refunfuñando y jugando con unas piedras.
"¡Hola!", dijo Catalina con voz temblorosa. El Duende Gruñón la miró con ojos furiosos. "¿Qué quieres? ¡No ves que estoy ocupado!".
"Sólo quería pasar", dijo Catalina. "Voy a subir la Montaña Cantarina".
El Duende Gruñón se cruzó de brazos. "¡Nadie pasa por mi cueva sin darme algo! ¿Qué me ofreces?".
Catalina pensó rápidamente. Sacó su manzana roja de la mochila y se la ofreció al Duende Gruñón. "Toma, es mi manzana favorita", dijo.
El Duende Gruñón miró la manzana con desconfianza. Luego, la tomó y le dio un mordisco grande. Sus ojos se iluminaron. "¡Deliciosa!", exclamó. "Está bien, puedes pasar. Pero no hagas ruido".
Catalina le dio las gracias al Duende Gruñón y salió de la cueva lo más rápido que pudo. Siguió subiendo, y el paisaje se volvió aún más impresionante. Vio flores silvestres de todos los colores y mariposas revoloteando a su alrededor.
Finalmente, Catalina llegó a la cima de la Montaña Cantarina. El viento soplaba con fuerza, creando un sonido suave y melódico. Era como una canción, una melodía mágica que la llenaba de alegría. Tito, desde su mochila, parecía sonreír.
Catalina se sentó en una roca y cerró los ojos. Escuchó la música del viento y sintió la cálida brisa en su rostro. Era la melodía más hermosa que jamás había escuchado. Se dio cuenta de que la montaña no sólo cantaba con el viento, sino también con los pájaros, las flores y el silencio.
Después de un rato, Catalina decidió que era hora de regresar a casa. Despidió de la Montaña Cantarina y comenzó a bajar. Cuando llegó al valle, su mamá la estaba esperando preocupada.
"¡Catalina! ¿Dónde has estado?", exclamó su mamá.
Catalina la abrazó con fuerza. "Mamá, subí la Montaña Cantarina. ¡Y escuché su música!", dijo.
Su mamá sonrió. "Me alegro mucho, mi amor. Pero la próxima vez, avísame antes de irte".
Catalina asintió con la cabeza. Esa noche, se durmió con una sonrisa en el rostro, soñando con la Montaña Cantarina y su melodía mágica. Sabía que siempre recordaría su aventura y que siempre llevaría la música de la montaña en su corazón. Tito, a su lado, también soñaba con la gran aventura.
Desde ese día, Catalina subió la Montaña Cantarina muchas veces más, siempre respetando a la naturaleza y disfrutando de su belleza. Y aunque nunca más volvió a encontrarse con Coco o el Duende Gruñón, siempre recordaba sus consejos y la importancia de ser valiente y amable.
Fin.
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