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Celestina era una cabra muy especial. No solo le encantaba comer tréboles frescos y retozar en los campos llenos de amapolas, sino que, además, ¡podía volar! Tenía unas alitas pequeñas y blancas que aleteaban con fuerza, llevándola por encima de las colinas y los ríos, saludando a los pájaros y las mariposas. Pero Celestina tenía un secreto, un secreto que la llenaba de tristeza. Celestina no podía tirar pedos.
Todas las demás cabras, desde la más pequeña hasta la más vieja, podían hacerlo. ¡Puf! ¡Paff! ¡Pum! Sus pedos eran ruidosos, a veces apestosos, pero siempre motivo de risa y camaradería. Celestina, en cambio, nada. Se sentía diferente, excluida. ¿Qué clase de cabra era ella, una cabra voladora que no podía hacer… eso?
Un día, mientras volaba sobre el Bosque Susurrante, vio a un grupo de cabras reunidas alrededor de una gran roca. Se acercó cautelosamente y escuchó. “¡Ay, mi pancita!”, se quejaba una cabra anciana llamada Abuela Margarita. “¡Está llena de aire y no puedo… ya saben…!”
Las demás cabras intentaban ayudarla, dándole golpecitos en la panza y haciéndola saltar, pero nada funcionaba. Celestina, viendo la desesperación de Abuela Margarita, sintió un impulso. Aleteó con fuerza y se acercó a la roca. “Abuela Margarita”, dijo tímidamente, “quizás… quizás yo pueda ayudarte.”
Las cabras la miraron con sorpresa. “¿Tú, Celestina? ¿La cabra voladora que nunca…? ¡Imposible!”, dijo una cabra joven llamada Benito, con un tono burlón.
Pero Celestina no se dejó intimidar. Aleteó suavemente frente a Abuela Margarita, creando una pequeña corriente de aire. “Intenta respirar hondo, Abuela”, le dijo Celestina. “Y luego… exhala con fuerza.”
Abuela Margarita, con la confianza a punto de agotarse, hizo lo que Celestina le pedía. Inhaló profundamente y exhaló con todas sus fuerzas. Celestina aleteó con más fuerza, dirigiendo el aire hacia la panza de la Abuela Margarita. Y entonces… ¡POOOM!
Un pedo estruendoso retumbó en el bosque, haciendo que las hojas de los árboles temblaran. Abuela Margarita dejó escapar un suspiro de alivio. “¡Oh, Celestina! ¡Me has salvado! ¡Eres una maravilla!”, exclamó, abrazando a Celestina con sus patas temblorosas.
Las demás cabras miraban con asombro. Benito, avergonzado, se acercó a Celestina. “Lo siento, Celestina. No sabía que podías hacer algo así. Eres increíble.”
Celestina sonrió. Se dio cuenta de que no necesitaba tirar pedos para ser una cabra valiosa. Su habilidad para volar, su amabilidad y su disposición para ayudar a los demás la hacían especial.
Desde ese día, Celestina se convirtió en la heroína del rebaño. Usaba sus alas para ayudar a las cabras con problemas de digestión, para refrescar a los corderitos en los días calurosos y para llevar mensajes a los pastores que vivían en las montañas.
Y aunque nunca aprendió a tirar pedos, Celestina aprendió algo mucho más importante: que lo que nos hace diferentes es lo que nos hace especiales, y que todos tenemos algo valioso que ofrecer al mundo. Incluso una cabra voladora que no puede… ya sabes.
Un día, mientras sobrevolaba el campo de tréboles, Celestina sintió algo diferente. Una pequeña vibración en su interior. Aleteó con cautela y… ¡PLOP! Un pedo suave y casi inaudible escapó de su trasero. Celestina se echó a reír. No era un pedo estruendoso ni apestoso, pero era suyo. Y era perfecto. Aleteó más alto que nunca, celebrando su pequeña victoria. Porque a veces, las cosas que creemos que nos faltan, llegan cuando menos lo esperamos, y de la forma más inesperada. Y a veces, lo que realmente importa es ser uno mismo, con todos nuestros defectos y virtudes. Y para Celestina, eso significaba ser una cabra voladora, amable, valiente y, ahora, también, una cabra que podía tirar pedos, aunque fueran pequeños y silenciosos. La felicidad de Celestina resonó por todo el valle, una melodía suave y alegre, una sinfonía de aleteos y pequeños… plops.
Celestina continuó volando, ayudando a otros y disfrutando de su singularidad. Aprendió que la verdadera amistad y aceptación provienen de amarnos a nosotros mismos tal como somos, pedos o no. Y cada vez que sentía esa pequeña vibración en su interior, recordaba que incluso las cosas más pequeñas pueden traer una gran alegría. Y así, Celestina, la cabra voladora que no podía tirar pedos (hasta que pudo), vivió feliz para siempre, volando alto y dejando una estela de alegría y… bueno, a veces, un pequeño plop.
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