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Celestina era una mariposa muy peculiar. En lugar de revolotear entre las flores, buscando néctar, pasaba la mayor parte del tiempo pegada a su celular. No era un celular normal, ¡era un Zoom-Zoom 5000, el último modelo para insectos! Sus antenas vibraban con cada notificación, y sus alitas casi se olvidaban de cómo volar.
Vivía en un jardín precioso, lleno de margaritas sonrientes, rosas perfumadas y campanillas juguetonas. Pero Celestina apenas les prestaba atención. Estaba demasiado ocupada viendo videos de orugas haciendo acrobacias, chateando con otras mariposas sobre el último filtro de Instagram, y jugando a "Aplasta-Pulgones" en su Zoom-Zoom.
Un día, la abuela Mariposa, una anciana sabia con alas llenas de polvo de estrellas, la visitó. "Celestina, querida", dijo con voz suave, "¿por qué siempre estás pegada a ese aparato? El mundo es mucho más hermoso de lo que puedes ver a través de una pantalla".
Celestina levantó la vista, momentáneamente despegada de su juego de "Aplasta-Pulgones". "Abuela, pero aquí puedo ver todo, ¡y es más divertido! Puedo volar a la Luna sin mover una sola ala".
La abuela Mariposa sonrió tristemente. "Pero te estás perdiendo la verdadera Luna, Celestina. Estás perdiendo el olor de las flores, el calor del sol, el sonido del viento entre las hojas. Estás perdiendo la vida real".
Celestina no le hizo mucho caso. Volvió a su Zoom-Zoom, ignorando el consejo de su abuela. Los días se convirtieron en semanas, y Celestina seguía igual. Cada vez volaba menos, cada vez hablaba menos con sus amigos del jardín. Incluso empezó a usar gafas de sol todo el tiempo, porque sus ojos se habían acostumbrado a la luz de la pantalla.
Un día, el jardín se llenó de un silencio inusual. Celestina, intrigada, levantó la vista de su Zoom-Zoom. ¡Las flores estaban marchitas! Las margaritas ya no sonreían, las rosas habían perdido su perfume, y las campanillas estaban tristes y calladas.
"¿Qué está pasando?", preguntó Celestina, sintiendo un escalofrío en sus alas.
Una abeja zumbó cerca de ella, con la voz llena de tristeza. "El sol se ha escondido, Celestina. Y sin sol, las flores no pueden vivir".
Celestina se dio cuenta de que no había notado la ausencia del sol. Había estado tan absorta en su Zoom-Zoom que no se había dado cuenta de nada a su alrededor. Se sintió muy avergonzada.
"Pero… ¿por qué se ha escondido el sol?", preguntó Celestina.
La abeja suspiró. "Porque nadie le prestaba atención. Todos estaban demasiado ocupados con sus… cosas brillantes. El sol se sintió solo y decidió irse a dormir".
Celestina sintió un nudo en el estómago. Se dio cuenta de que su adicción al Zoom-Zoom no solo la estaba afectando a ella, sino a todo el jardín. Decidió que tenía que hacer algo.
Con determinación, Celestina voló hasta la flor más alta del jardín, una rosa roja que aún conservaba un poco de color. Tomó su Zoom-Zoom y, con cuidado, lo colocó en el centro de la flor.
"¡Atención, insectos del jardín!", gritó Celestina, usando su Zoom-Zoom como un megáfono. "¡El sol se ha ido porque nadie le prestaba atención! Tenemos que demostrarle que lo extrañamos y que queremos que vuelva".
Al principio, nadie le hizo caso. Pero Celestina siguió gritando, contando historias sobre lo maravilloso que era el sol, sobre cómo calentaba las alas de las mariposas y cómo hacía florecer las flores.
Poco a poco, los insectos empezaron a escuchar. Las hormigas dejaron de transportar hojas, los escarabajos dejaron de rodar bolitas de estiércol, y las arañas dejaron de tejer sus telas. Todos se reunieron alrededor de Celestina, escuchando sus palabras.
"¡Todos juntos!", gritó Celestina. "¡Gritemos al sol que lo queremos de vuelta! ¡Sol, sol, vuelve a brillar!".
Y todos los insectos del jardín gritaron con todas sus fuerzas: "¡Sol, sol, vuelve a brillar!".
El silencio reinó por un momento. Entonces, una pequeña rendija de luz apareció entre las nubes. La rendija se hizo más grande, hasta que el sol, tímido, asomó su cara radiante.
El jardín se iluminó con una luz dorada. Las flores empezaron a recuperar su color, las margaritas volvieron a sonreír, y las rosas volvieron a perfumar el aire.
Celestina sintió una inmensa alegría. Había salvado el jardín, ¡y todo gracias a su Zoom-Zoom! Pero esta vez, lo había usado para algo bueno.
Desde ese día, Celestina aprendió una valiosa lección. No dejó de usar su Zoom-Zoom por completo, pero aprendió a equilibrar su vida digital con la vida real. Volvía a revolotear entre las flores, a sentir el sol en sus alas, y a charlar con sus amigos del jardín. Y, de vez en cuando, usaba su Zoom-Zoom para compartir fotos y videos de la belleza del mundo real con sus amigos virtuales. La abuela Mariposa sonrió, sabiendo que Celestina finalmente había encontrado el equilibrio. El Zoom-Zoom era útil, pero la verdadera magia estaba afuera, en el jardín, bajo el sol brillante.
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