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Celestino era un gallo peculiar. No le importaba mucho el sol. Mientras los otros gallos del corral se estiraban y cacareaban al alba, Celestino bostezaba y se daba la vuelta para seguir durmiendo. Lo que realmente le gustaba a Celestino era la luna. Le fascinaba su brillo plateado, su forma cambiante y su misterioso silencio.
Cada noche, cuando la luna comenzaba a asomarse por el horizonte, Celestino se despertaba con entusiasmo. Subía al tejado del gallinero, estiraba el cuello y comenzaba a cantar. No era el típico canto estridente de un gallo. Era una melodía suave y melancólica, una serenata dedicada a su amada luna.
Los demás animales del corral no entendían a Celestino. Las gallinas lo miraban con desaprobación. "¡Qué gallo tan raro!", cacareaban. "Debería estar cantando al sol, no a la luna." El perro, Bruno, ladraba con impaciencia. "¡Cállate, Celestino! No me dejas dormir." Incluso el viejo burro, Bartolomé, que normalmente era muy tranquilo, resoplaba molesto. "¡Basta de cantos lunáticos!"
Pero a Celestino no le importaban las críticas. Él seguía cantando a la luna, expresando con su melodía todo el amor y la admiración que sentía por ella. Una noche, mientras Celestino cantaba con más pasión que nunca, una estrella fugaz cruzó el cielo. Celestino cerró los ojos y pidió un deseo: "Deseo poder hablar con la luna."
Al abrir los ojos, notó algo diferente. La luna brillaba con una luz aún más intensa, y una voz suave y melodiosa resonó en su cabeza. "Celestino", dijo la voz, "he escuchado tus canciones todas las noches. Me has conmovido con tu sinceridad y tu amor."
Celestino se quedó sin palabras. ¡La luna le estaba hablando! "Luna...", balbuceó. "¿De verdad me estás escuchando?"
"Por supuesto que te escucho", respondió la luna. "Y me encanta tu canto. Es el único que me recuerda que no estoy sola en la inmensidad del universo."
Celestino y la luna comenzaron a conversar todas las noches. Celestino le contaba sobre el corral, las gallinas, el perro, el burro y sus pequeñas preocupaciones. La luna le contaba sobre las estrellas, los planetas, las constelaciones y los secretos del universo.
Una noche, Celestino le preguntó a la luna: "Luna, ¿por qué brillas tanto?"
"Brillo porque reflejo la luz del sol", respondió la luna. "Pero también brillo porque llevo en mi corazón la luz de todos los que me aman, como tú, Celestino."
El tiempo pasó, y la amistad entre Celestino y la luna se hizo cada vez más fuerte. Los demás animales del corral, al ver lo feliz que era Celestino, comenzaron a entender su amor por la luna. Las gallinas dejaron de criticarlo, Bruno dejó de ladrarle y Bartolomé incluso tarareaba suavemente su melodía mientras dormía.
Un día, la luna le dijo a Celestino: "Celestino, tengo que partir. Una nube oscura cubrirá el cielo y no podré verte ni escucharte durante un tiempo."
Celestino se sintió muy triste. "¿Qué haré sin ti, Luna?"
"No te preocupes, Celestino", respondió la luna. "Aunque no me veas, siempre estaré contigo en tu corazón. Y cuando la nube se disipe, volveré a brillar para ti."
Esa noche, la luna se despidió de Celestino con una canción de despedida. Celestino, con lágrimas en los ojos, le respondió con su canto más hermoso y sincero. Al día siguiente, una nube oscura cubrió el cielo y la luna desapareció.
Celestino se sintió muy solo. Ya no tenía a quien cantarle, a quien contarle sus historias. Pero recordó las palabras de la luna: "Siempre estaré contigo en tu corazón." Cerró los ojos y sintió la presencia de la luna en su interior.
Pasaron los días, y Celestino siguió cantando, aunque ya no pudiera ver a la luna. Cantaba para recordar su amistad, para mantener viva su luz en su corazón. Y sorprendentemente, su canto se volvió aún más hermoso y conmovedor.
Un día, la nube oscura comenzó a disiparse. Poco a poco, la luna volvió a asomarse por el horizonte. Celestino, al verla, sintió una gran alegría. Subió al tejado del gallinero, estiró el cuello y comenzó a cantar.
La luna, al escuchar su canto, brilló con una luz aún más intensa. "Celestino", dijo la luna, "tu canto me ha demostrado que el amor verdadero puede superar cualquier obstáculo. Gracias por no olvidarme."
Celestino y la luna volvieron a ser amigos, y su amistad se hizo aún más fuerte que antes. Y así, Celestino, el gallo que le cantaba a la luna, demostró a todos que el amor y la amistad pueden iluminar incluso las noches más oscuras.
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